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Michel Torres

“Soldados caídos”, derechos y privilegios

By | Análisis | No Comments
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El pasado lunes 23 de abril, un hombre de 25 años rentó una camioneta tipo van y se subió a la banqueta en la zona norte de la ciudad de Toronto, con la intención de atropellar a todos y todo lo que se cruzó por su camino. Sus acciones resultaron en 10 personas muertas y 15 heridas, algunas de gravedad. Siendo Toronto una de las ciudades más incluyentes del mundo, cuyas autoridades se enorgullecen en mantener un ambiente (y también, por qué no decirlo, una imagen) de convivencia social pacífica en la que hay cabida para todos y con un nivel de vida alto, hubo mucho cuidado en no saltar a la lógica conclusión del terrorismo como motivo del ataque.

En realidad, el sujeto estaba, según información que él mismo compartió en redes sociales antes de sus acciones, profundamente enojado por el constante rechazo del que era objeto por parte de las mujeres. Se considera a sí mismo un ‘guerrero’ ‘InCel’ (término que deriva de las palabras en inglés Involuntary Celibate, célibe involuntario) y pretendía que su ataque iniciara una rebelión en la cual los sujetos como él (esa horda de pobres ‘Hombres Buenos’ rechazados e incomprendidos, que tienden a formar grupos en internet y redes sociales) reclamarían su derecho a tener mujeres. Sí: hasta en una de las ciudades más liberales y diversas del mundo, la masculinidad tóxica encuentra formas de ejercer violencia para reivindicar lo que algunos individuos, invariablemente hombres, consideran que es un derecho que les corresponde y que la sociedad les niega.

 

 

Aunque en países hispanoparlantes el fenómeno podría parecer completamente inédito, pues no hay memoria colectiva de actividades violentas realizadas de manera similar, el origen del problema no es enteramente extraño, incluso se puede establecer una cierta relación con todos los videos e imágenes que circulan en redes en las que algún joven es rechazado, siempre por una mujer, después de una declaración amorosa o matrimonial, generalmente hecha en público. Claro, la ‘estrategia’ parece brillante: si se agrega la presión social, pues a la mujer no le queda más que aceptar, para no quedar en ridículo. Pero no siempre resulta ser así (de ahí que las imágenes y videos se vuelvan tan populares), el protagonista queda humillado y de inmediato recibe el status de ‘soldado caído’: porque claro, iniciar una relación amorosa, o contraer matrimonio, es equivalente a una guerra. Desde luego, esta ‘soltería involuntaria’ no es exclusiva de los países angloparlantes, aunque la especificidad con que se nombran a sí mismos, sí. Y aunque el fácil acceso a armas de fuego facilite los episodios de violencia en Estados Unidos, el discurso misógino y ultra violento que sustenta a los grupos de ‘InCels’ no es exclusivo de ese país.

Desde luego, los individuos que se identifican a sí mismos como InCels son poco afectos a la introspección: no se les ocurre, ni por error, que haya algo en su carácter, o en las expectativas que construyen sobre las mujeres y sus relaciones con ellas, que les dificulte encontrar lo que aparentemente están buscando, con el resultado de encontrarse cada vez más y más aislados. Además, parte de esta búsqueda implica necesariamente que la mujer que los ‘satisfaga’ tiene que ajustarse a sus preferencias físicas. Ninguna mujer que se salga de la convención estética a la que se adscriben merece siquiera consideración en sus demandas. 

El individuo en Toronto trató de cometer lo que llaman “suicidio por policía”, es decir, amenazar y provocar hasta que algún policía pierda el control y le dispare. Si lo hubiera logrado, se habría sumado a la larga lista de patanes privilegiados que se han vuelto mártires en los foros misóginos que culpan a las mujeres, y en especial a las feministas, de su comportamiento patético y de su ‘soledad’. Y tiene muy poco o nada que ver con salud mental: hay millones de personas genuinamente enfermas que no descargan su ira en desconocidos. Lo he dicho antes: en el fondo de los ataques violentos perpetrados por individuos sin relación con grupos terroristas, a menudo subyace un serio problema de masculinidad tóxica. Son hombres que juegan un juego social impuesto por otros hombres, y que cuando pierden culpan a las mujeres, o a los homosexuales, o a los migrantes, o a las minorías que les ‘arrebatan’ lo que creían que les pertenecía por derecho.

Sobre este atentado específico se ha escrito copiosamente desde que se dio a conocer la motivación del autor. Pero sobre las agrupaciones de InCels se ha venido escribiendo desde antes, pues no es la primera vez que alguno de sus miembros lleva a cabo un ataque. En 2014 Elliot Rodger protagonizó un episodio parecido, asesinando a seis personas después de dar a conocer un manifiesto en el cual exponía su desprecio por las mujeres, tanto las que lo rechazaron, como las que podrían haberlo rechazado en el futuro. Dado que Rodger falleció en el evento, es ‘reconocido’ como un mártir de la causa misógina, y por poner en el mapa a toda una comunidad que ve en la violencia una forma legítima de hacerse notar.

Cosas que pasan

By | Análisis, Conversemos, Cultura de la violación, Feminismo, Food for thought, Reflexiones, Sexismo | No Comments
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Aunque no seamos del todo conscientes de ello, nuestras elecciones en el lenguaje que usamos cotidianamente no son casuales. Pueden ser, y a menudo lo son, descuidadas, pero incluso este descuido está relacionado mucho más con la familiaridad que con la casualidad. Por eso mismo, cuando se habla de un crimen, no es una coincidencia la forma en que se habla de la víctima y la forma en que se habla del victimario, incluso si la identidad de este segundo es un enigma. Mucho se ha hablado en otros espacios de la tendencia social a culpar a la víctima de los delitos y acciones criminales a los que una persona decide someterle. Especialmente, cuando se trata de violencia sexual, y cuando las víctimas son mujeres. Es más fácil convencerse de que podemos evitar ser víctimas de la violencia sexual que alguien decida ejercer sobre nuestros cuerpos si creemos que hacemos todo lo necesario para no ponernos en peligro.

Poco importa, en la mentalidad colectiva, que esto último sea una falsedad y que los hechos lo demuestren constantemente. La sensación de seguridad es más urgente que el entendimiento de las complejidades del comportamiento social en torno a la sexualidad. Así, podemos encontrar a menudo que hay dos líneas de pensamiento que orientan la forma en que la gran mayoría de las personas van a hablar de las víctimas de violencia sexual, primordialmente estas víctimas son mujeres adultas. La primera, es la que las hace culpables inequívocamente: desde el “si ya sabe cómo están las cosas, ¿para qué se arriesga?” al “si no quería que la violaran, ¿qué estaba haciendo ahí?”. Poco importan las circunstancias: la víctima tenía conocimiento y experiencia suficiente para prever (o haber previsto) las acciones de su victimario, pero un error de juicio la llevó a jugársela de todos modos. Sobre esto volveremos más adelante.

La segunda línea se presenta como menos prejuiciosa, incluso más “humanitaria”, si se quiere ser generoso. La víctima no tiene la culpa de “lo que le pasó”. Aquí, lo problemático no es que pasara o no pasara algo, sino que al eliminar a un sujeto activo de la expresión, se está de todos modos dejando a la víctima sola, como único elemento humano presente en las acciones que sucedieron. Porque cuando algo malo “le pasa” a alguien, no siempre sucede porque alguien más lo haya hecho, o siquiera porque lo haya querido: fue un accidente sin culpables, un desafortunado suceso que nadie quería que ocurriera. Pero resulta que las violaciones y los feminicidios no son sucesos desafortunados que nadie puede prevenir: son el resultado de decisiones criminales y perjudiciales que alguien toma para ejecutarlas en perjuicio de alguien más. Un hombre decide violar a una mujer; un hombre decide quitarle la vida.

Un caso muy reciente, y que evidencia completamente el problema discursivo de describir las acciones como “cosas que pasaron” es el que involucra a Karen Grodzinki y Axel Arenas. A lo largo de las últimas dos semanas, tuvieron lugar el feminicidio de la primera, la captura del segundo como presunto culpable, y su liberación al acreditarse, mediante las pruebas presentadas, que no estaba dentro del país al momento del delito. Cabe mencionar que, siendo que se trata de un caso sin resolver, pero en el cual la no culpabilidad del acusado ha sido comprobada, no estamos hablando del delito en sí, sino de la forma en que algunas personas han hablado en torno a las acciones.

Como suele suceder en estos casos, el acusado tiene a su alrededor una red de conocidos y seres cercanos a quienes el señalamiento de su probable culpabilidad indignó y tomó por sorpresa. Nada de malo hay en ello: todos, incluso el más cruel de nosotros, tiene familia, amigos, colegas. Nada de malo tiene, tampoco, que esta red de conocidos haga todo lo que crea conveniente para probar su inocencia, especialmente si están convencidos de ella y tienen forma de comprobarlo. El problema es que uno de estos conocidos, un antiguo colega del acusado, durante una entrevista, lamentó “lo que le pasó a la chica”. Es poco probable que hubiera una intención dolosa detrás de la forma de expresarlo, o que lo dijera con toda consciencia de ello. Pero la hay: cuando se presenta un delito como “algo que le pasó” a la víctima, no estamos diciendo que no sepamos quién lo cometió, estamos menospreciando la intencionalidad detrás de ese delito. Y lo mismo podría decirse de que el joven actor, Axel, haya sido señalado como culpable: no “le pasó” que lo acusaron, sino que una o unas personas concretas, que trabajan en una institución cuya función primordial es brindar justicia expedita, lo acusaron falsamente, sin pruebas que sustentaran los cargos. No fue casualidad, no fue una coincidencia: fue una enorme perversión de los atributos de dicha institución.

Mucho se ha discutido sobre los cambios que tienen que llevarse a cabo en la sociedad para que el problema de violencia sistémica en contra de las mujeres se solucione. Y mucho se habla de la educación y sensibilización como elementos fundamentales de cualquier propuesta que llegue a implementarse. Sensibilizar sobre la violencia no se limita a entender las acciones, sino también la manera en que, con nuestras palabras, elegimos justificar o minimizar dichas acciones.

 

#25N Movilización Nacional Contra el Acoso Digital

By | Acoso Sexual, Autocuidado, Autodefensa, Campañas, Ciberactivismo, Denuncia Pública, Difusión, Eco, Feminismo, Legal, Medios, Políticas Públicas, Redes Sociales, Respuesta Pública, Seguridad, Tecnología | No Comments
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Hasta hace relativamente poco tiempo, la idea del acoso digital (en redes y medio electrónicos) y sus efectos parecían ser una más de las “desventajas” que supone ser habitantes de un mundo cada vez más conectado. La realidad es que el respeto a la privacidad, a la imagen pública y, sobre todo, a la seguridad de nuestra información, es un asunto serio, y el vacío legal a su alrededor ha sido aprovechado por algunas personas para ejercer una forma de violencia específica, casi siempre en detrimento de mujeres que dan por terminada una relación, que denuncian acoso “real”, o que, en casos más extremos, se atreven a tener una opinión propia. La difusión de su información personal (dirección, lugar de trabajo, direcciones de correo y números telefónicos privados) ha sido una forma de venganza que busca vulnerar la seguridad de una mujer, asustarla. Conviene aclarar, por si fuera necesario, que aunque no es lo mismo que el llamado cyber-bullying, que es un problema en sí mismo, es un ejemplo todavía más violento y brutal, pues busca dañar toda la imagen pública de la víctima, incluso involucrando a compañeros de trabajo, siempre que sea posible. En cada vez más y más sociedades se ha abordado el tema, y en fechas recientes, se ha buscado en México legislar para controlar el problema. En La Cuarta, nos unimos a la campaña de Movilización Nacional contra el Acoso Digital, que se llevará a cabo a lo largo de este fin de semana, en distintas ciudades del país. Además, habrá la actividad “Tendedero de la Violencia Digital”, para que quienes deseen compartir su experiencia de acoso digital como una forma de concientizar sobre sus implicaciones, o de evidenciar el daño que causa, puedan hacerlo. Estas son unas de las razones:

  • En México no se ha imputado ni sentenciado a ninguna persona que haya violentado a una mujer en espacios digitales, precisamente por las lagunas legales y el escaso conocimiento del derecho digital por parte de las autoridades correspondientes, las mujeres no cuentan con un entorno de confianza para denunciar.
  • Algunos estados de la república no tienen policía cibernética, tampoco capacitación en materia de derechos digitales.
  • Cuando se trata de una menor de edad la tipificación y protección es por el delito de pornografía infantil que es un delito que se persigue de oficio, pero cuando es una mujer mayor de 18 años a la que han obligado a desnudarse, han acosado y exhibido en redes sociales sin consentimiento NO EXISTE NINGÚN DELITO QUE PERSEGUIR.
  • 90% de los contenidos con violencia publicados en redes sociales, tienen como víctima a una mujer o niña.
  • Facebook no tiene reglas de privacidad que protejan la dignidad humana. La última política adaptada por esta red social para contrarrestar el daño por la pornovenganza es realmente alarmante.
  • Nos preocupa que Mark Zuckerberg haya decidido convocar a miles de mujeres con miedo a ser explotadas virtualmente a subir ellas mismas sus contenidos y de esta manera se le entregue nuestra intimidad a Facebook así la red social se apropia del contenido para cifrarlo de manera que nadie más pueda volver a hacerlo púbico, o sea quiere Facebook evadir su responsabilidad y crear el pack más grande del mundo resguardado por el algortimo de esta plataforma.
  • Existen medios de comunicación que reproducen contenidos íntimos sin consentimiento, justifican sus publicaciones bajo la libertad de expresión para dañar la dignidad de las mujeres al meter a su agenda de contenidos, notas como: “Niña de calzones pequeños y apretadita fue violada”, “Lady Oxxo”, “Maestra tiene relaciones con sus alumnos y los graba” que en su mayoría son fake news pero el daño que causa a las mujeres es irreversible.

Galería de carteles por Sede

 

Participa. Lleva tu captura impresa y visibilicemos juntas esta #ViolenciaDigital que #SíExiste y #SiDaña

A Sergio Zurita le molestan las mujeres o de cómo la ignorancia es atrevida

By | Análisis, Autodefensa, Cultura de la violación, Feminismo, Medios, Redes Sociales, Sexismo | No Comments
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Una queja constante de un gran segmento de la población contemporánea, más o menos ilustrada y más o menos con preocupaciones intelectuales/sociales/políticas, es el advenimiento de la muy temida “corrección política”. Como con muchas cosas a lo largo de la historia, y como con muchas ideas y movimientos, la llamada “corrección política” suele ser fuente de enojo y de temor por parte de individuos que ven una amenaza directa a sus circunstancias de vida, incluso si tales circunstancias no le favorecen en realidad. Además, esta molestia es profundamente flexible: mientras en un país como los Estados Unidos, con una población migrante que está a punto de ser mayoría, la queja de quienes ostentan un número de privilegios sociales, educativos, raciales y de identidad sexual contra la corrección política es que les impide usar un vocabulario que anteriormente les permitía referirse a las minorías con una serie de epítetos en contra de los cuales no protestaba nadie, porque no había suficientes voces en contra de tales prácticas, y porque ninguna queja, si la hubiera, tenía suficiente autoridad para imponerse. Pero que en México no haya una población tan diversa en lo racial como la hay más al norte, no quiere decir que haya menos personas que se lamenten de la imposición de la “corrección política” y las aparentes limitantes que le impone en la vida. Por ejemplo, “ya no” le permiten al individuo heterosexual, mestizo, con cierto poder adquisitivo, burlarse abiertamente del indígena, del homosexual, del pobre. Y aparentemente, esta “prohibición”, lejos de ser una cuestión de la más elemental cortesía o del más fundamental respeto, en realidad se trata de una imposición arbitraria, de una conspiración para acabar con su derecho a la disminución, la burla y la discriminación.

Pero hay otra arista en este prisma de persecución paranoica del individuo privilegiado: la que se refiere al profundo cambio social que, lenta pero indudablemente, se está gestando gracias al feminismo. Y en este sentido, abundan en México las voces que, cobijadas por la seguridad que otorga el privilegio, y bien entonadas por la valentía que otorga la ignorancia, decretan la muerte de la sociedad a manos de esas mujeres que se atreven a discordar, a protestar, a rebelarse, a no dejarse matar en silencio, a no dejarse abusar, ni controlar. Las mujeres, y especialmente las mujeres feministas, vamos a lograr acabar con el mundo antes de que los estragos del cambio climático lo hagan, o eso pareciera que temen todos aquellos pobres infelices que, temblando por el cambio que se gesta ante sus propios ojos, lanzan un grito desesperado para volver al status quo, a las buenas costumbres, a ese pasado idílico cuando las mujeres sabíamos cuál era nuestro lugar y lo aceptábamos serenamente.

Un muy nefasto ejemplo de estas actitudes se puede encontrar en el programa radiofónico “Dispara, Margot, dispara”  en la emisión del 7 de septiembre del año en curso, en el que Sergio Zurita, uno de los conductores, emite una serie de juicios, de tono burlón y profundamente ofensivo, en contra, inicialmente, de “cierto tipo” de mujeres, para seguirse en contra de todas, porque claro, las mujeres somos un colectivo uniforme, que nos comportamos y movemos en grupo, y que tenemos la misma intención detrás de nuestras acciones. El asunto que trae a colación las “quejas” del locutor es una imagen que se hizo viral en días pasados, la del cartel pegado afuera de una escuela, presumiblemente pública, que pide a las madres de familia que conserven “el decoro” en la vestimenta a la hora de recoger a sus hijos a la salida. Firmada cobardemente por “sus hijos”, el cartel en cuestión suplica “atentamente” a las madres se abstengan de vestir en shorts, faldas cortas, camisetas de tirantes y otras prendas reveladoras, pues además de que provocarán que los compañeros se burlen de sus hijos, se pueden hacer acreedoras a que se les falte al respeto. Porque como sabemos, el respeto no es un valor que un individuo otorgue a los demás en virtud de su simple existencia: no, el respeto, y sobre todo hacia las mujeres, es un premio al cual una se hace acreedora sólo si pasa las pruebas que los demás le ponen.

En una lección magistral de cómo empeorar una profunda muestra de sexismo y discriminación, y de cómo el hecho de ser hombre y no conocer del feminismo ni su definición en el diccionario más básico,  Zurita se queja de que las mujeres estamos a punto de declarar que es nuestro derecho dispararle en la cara a quien nos de la gana. Claro, siempre se podrá argumentar que es una exageración para demostrar un punto, pero incluso discutiéndolo, el punto que se pretende demostrar es una construcción muy pobre: que las mujeres nos atribuimos derechos que no nos corresponden. En una sociedad donde la violencia sexual contra las mujeres se ejerce casi sistemáticamente, donde el feminicidio se sigue cuestionando incluso frente a los siete asesinatos de mujeres al día, a Zurita le molesta que las mujeres nos salgamos del huacal y nos atribuyamos el derecho de matar a quien nos de la gana.

Y continua con su exposición de prejuicios y de ignorancia:

«Ya por ser mujeres creen que todo es su derecho, hasta vestirse como quieren»
«Eso no es feminismo, es estupidismo»
«Si tienen hijos su felicidad es lo más importante, y si van vestidas como pirujas, ellos sufren»
«Quieren ir vestidas como golfas y los niños de sexto ya traen las pilas bien puestas, obvio les van a decir cosas»
«o las van a insultar por guangas o por verse como pirujas»

Ahora bien: siendo México, por lo menos en el nombre, una democracia, es verdad que, dentro de ciertos parámetros legales, un individuo puede decir en público lo que le de la gana. Y en lo privado, puede pensar lo que quiera y también expresarlo. Pero cuando quien se ostenta como comunicador emite un mensaje que normaliza la violencia sexual, que degrada a una parte de la población, y que muestra con tanta claridad su enorme desconocimiento de un tema que pretende conocer (el feminismo), cabe preguntarse si está ejerciendo su profesión con la responsabilidad que amerita. Porque el señor Zurita puede opinar lo que quiera, pero su opinión no va a cambiar el derecho de las mujeres, y de todos los individuos para el caso, a vestirse como les de la gana, y a esperar que se respete la mínima garantía social de que se respete su decisión.

Pienso, luego tengo derechos (2)

By | Autocuidado, Conversemos, Sexismo | No Comments
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En la columna pasada, mencionaba el desprecio que la actividad intelectual parece generar en algunos grupos sociales. Hay muchos matices a este desprecio, por ejemplo, el resentimiento y la desconfianza que generan las llamada élites intelectuales entre grupos de población cuyo acceso a la educación no está garantizado, ya sea por escasez de planteles escolares, ya por falta de recursos. Ese es un aspecto del desprecio por ciertos comportamientos que se asocian con “lo intelectual” que es innegable y que tiene unas características y causas bien definidas. Pero el problema en el que quiero centrarme se parece en mucho al primero, pero tiene, como mencioné anteriormente, otros aspectos. No se trata de condenar a quien piensa, pues con todo, la ignorancia sigue sin considerarse del todo un valor. Se trata de normar “qué tanto” o en qué manera piensan las mujeres. Y se trata de que las mujeres no piensen demasiado, principalmente porque va en detrimento de una supuesta condición natural: la de ser sentimental. En su novela autobiográfica Rito de iniciación, Rosario Castellanos rememora un momento de su adolescencia, en el que empieza a darse cuenta de que la misma característica que le ganó la simpatía entre sus familiares: el ser inteligente, articulada, “sabidilla”, al llegar a la adolescencia provoca que seres queridos y amistades escolares la rechacen, la critiquen, se alejen de ella. Aunque se trata de una experiencia obviamente personal, no deja de ser llamativo cómo el fenómeno se reproduce hasta nuestros días. A menudo, quien piensa demasiado puede resultar insolente, insoportable. Y también, aparentemente, deshumanizado.

Es aparentemente inocuo, o de plano profundamente inútil, discutir el daño resultante de mantener una cierta forma de pensamiento mágico cuando este no impide que la persona se desarrolle de manera funcional en la sociedad. Pero, como en todas las suposiciones sociales que se dan por sentado, y que tienden a establecer el marco normativo tácito dentro del cual se espera que ciertos individuos se comporten, achacar esta supuesta naturaleza marcadamente sentimental al género femenino constituye una tremenda desventaja no sólo para las mujeres, sino también para los hombres. Si unas tienen que luchar contra el estigma de sabihondas a lo largo del tiempo, a otros se les restringe justamente ese aspecto emocional y sentimental, relacionado con “sentir en vez de pensar”, lo que genera un serio desequilibrio psíquico. Mutilar sentimentalmente a los hombres es una más de las manifestaciones de la masculinidad tóxica cuyos daños se padecen no sólo entre mujeres, también entre los hombres. Suprimir, o por lo menos intentarlo, la compleja red de sentimientos que nos motivan en aras de una pretendida estoicidad mental, en realidad es muy poco inteligente. A menudo se malinterpreta el origen detrás de acciones tan inocentes como evidenciar de manera física el cariño entre los niños, por ejemplo, y especialmente si es hacia otro miembro del sexo masculino. La hombría es fría, seca, contenida: el agrado, el afecto, la solidaridad, no deben nunca dejarse ver, y mucho menos su prima fea, la debilidad, la tristeza, el descontento.

Como mencioné en un texto anterior, el impacto del deterioro de la salud mental de los hombres en los últimos años es un problema al cual no se le ha brindado todavía la atención que merece. Reprimir los sentimientos puede desencadenar serios problemas de salud mental. Del mismo modo, reprimir la curiosidad natural y su ejercicio intelectual degrada sistemáticamente a las personas. Y ninguna de esas actitudes debería definir a las personas y su género: todos somos por igual complejamente inteligentes y complejamente sentimentales.

Pienso, luego tengo derechos (1)

By | Autocuidado, Feminismo, Sexismo | No Comments
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Hace ya varios años, mantuve, o creía que estaba manteniendo, una conversación con alguien. Argumentábamos sobre las formas en que “el feminismo” ha sido representado en los medios de comunicación en México. Como un par de días antes leí un artículo muy interesante sobre la ‘designación’, allá por los años 20 del siglo pasado, del 10 de mayo como el día “oficial” de las madres y cómo, por lo menos en México, esta efeméride se inventó para contrarrestar el impulso que estaba teniendo el entonces todavía novedoso feminismo, consideré pertinente mencionar la lectura y relacionarla con casos específicos en los que la representación de las mujeres ‘feministas’ en el cine y la televisión se usaban como una forma de comedia, como una “moraleja” sentimental, como una lección “moral”. Como respuesta obtuve lo siguiente: “te encanta el rollo”, una frase que me dejó tan completamente perpleja, pero principalmente, tan decepcionada de mi interlocutor, que sólo alcancé a responder “es un resultado de mi formación académica”. Y lo es, honestamente. Y sigue siendo, para mí, profundamente revelador que una persona que aspiraba a estudiar Literatura usara un recurso tan pedestre, tan aparentemente inocente, con el claro y transparente fin de concluir una conversación que no le estaba gustando.

Desafortunadamente, no es la primera vez que se me acusa de ‘gustarme el rollo’, o de ‘pensar demasiado’ o de ‘cerebral’. Y todavía peor, no soy la única mujer a quien se le achaca ‘pensar demasiado’ como un vicio de carácter y no cómo un hábito intelectual o académico. Lo digo porque sí hay una circunstancia en la que ‘pensar demasiado’ es contraproducente, y se trata del momento en que nos impide hacer cosas que podrían beneficiarnos, pero el miedo (que es la motivación detrás de considerar tantas posibilidades y dedicarle tanto espacio neuronal al asunto) nos detiene. La razón detrás de este desprecio por la mujer que piensa es, como muchas otras cosas en el mundo, la suposición de que hay un código de comportamiento femenino y uno masculino, y que los individuos deberían mantenerse dentro de esos márgenes para que el mundo siga funcionando. Así, lo que se contrapone a “pensar”, cuando se trata de una mujer, no es necesariamente “actuar”, sino “sentir”. Porque esta visión del mundo no requiere tampoco que la mujer “haga” mucho, sino que “sienta” mucho. Y todo esto que siente, a su vez, es la piedra angular de su construcción social: la mujer que siente es comprensiva, cariñosa, maternal, etérea. Claro, podría parecer que quiero ver la realidad a través de mi experiencia y no sólo eso: a través de un momento en particular. Pero para desengañarse, basta con asomarse a ciertas corrientes de pensamiento que podrían considerarse new age… si no fuera porque repiten como novedoso un prejuicio tan antiguo como el menosprecio por las mujeres.

Hay muchísimas personas informadas, con diversos niveles de educación formal, que están convencidas de una de las variantes del pensamiento mágico que propone que la verdadera esencia de lo femenino es obligatoriamente pasivo y “espiritual”. Con la mejor de las intenciones (aparentemente) en su mente, consideran que es un status quo que se va borrando y que, por consiguiente, genera los conflictos de violencias, en sus distintas formas, hacia las mujeres. Si las mujeres le hiciéramos más caso al corazón y menos a la cabeza, estaríamos en paz. Recuerdo la certeza con que una conocida me dijo alguna vez “bueno, es que los hombres siempre son más de pensar y nosotras de sentir, ¿no?”. No: pensar, en todas sus formas, lo mismo como un hábito que como un ejercicio casual, es una actividad que debería practicarse ante todo momento de decisión, e incluso si no se está ante una disyuntiva. Pensar no carece de humanidad, todo lo contrario, es nuestra capacidad de pensamiento una de las principales características de la especie. Y no está restringida a un solo sexo. (Continua la próxima semana)

Suicidio y masculinidad tóxica

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Antes que nada, tengo que decir que no tengo ninguna formación profesional en el ámbito de lo psicológico. Sin embargo, no es necesario saber de los procesos de la mente y las emociones para notar lo susceptibles que somos ante sus múltiples desajustes.

Hace unos días el cantante de un grupo famoso de música de rock se suicidó. Desafortunadamente, no es el primero ni será el último. Mucho puede discutirse sobre si tenía una causa o una razón para suicidarse, y aunque haya miles de personas que pongan en duda la validez de sus acciones, o la justificación de su decisión, incluso su pertinencia, es incuestionable que el peso de experiencias pasadas llegó a un punto avasallador, imposibilitándole toda esperanza en el futuro. Lamentablemente, somos una sociedad que cuestiona la fortaleza de los individuos y su ‘temple’ cuando se quiebran ante condiciones síquicas y emocionales que, aunque comunes, no son universales necesariamente. En este caso especial, el joven había sido víctima de abuso sexual durante la infancia, y aunque una vez adulto encontró un canal para ventilar toda la situación y sus ramificaciones en su vida y en sus sentimientos, mientras sucedía el abuso e inmediatamente después, optó por el silencio, cobijado por su familia. Esta es, tristemente, una situación demasiado común. El abuso sexual infantil es un problema mucho mayor y mucho más añejo de lo que parece. Millones de personas lo han padecido a lo largo de la historia, y sin embargo, poco se ha venido haciendo para prevenirlo, y desde muy recientemente.

Pero hay un detalle importante que cabe acotar en esta problemática y su impacto social: la enorme diferencia que se establece cuando se habla de víctimas del sexo femenino y del sexo masculino. Y estas diferencias están enraizadas en conceptos profundamente sexistas, cuyas consecuencias son innegablemente devastadoras no sólo para las víctimas, sino para toda la sociedad en tanto que afecta las relaciones que los sobrevivientes del abuso establecen con otras personas a lo largo de su vida.

“Los chicos no lloran” es una expresión y, desafortunadamente, un sentimiento demasiado común. La idea tóxica de la masculinidad como una columna de piedra impenetrable, resistente a todos los embates de la vida, en realidad es una construcción social imposible y extremadamente dañina.

Es verdad que el estigma del abuso sexual infantil se trata de evitar a toda costa, independientemente del género, pero es también verdad que una enorme mayoría está más dispuesta a recibir con compasión y con entendimiento a una sobreviviente que pertenezca al género femenino que a uno del masculino. Y es que, en el imaginario colectivo, una víctima de violencia sexual infantil es débil y desprotegida, y un niño está en una especie de entrenamiento permanente para no caber en ninguna de esas descripciones. Además, en el orden “normal” de las relaciones, el sexo es algo que “se le hace” a una mujer, pero no a un hombre. Puede parecer tremendamente descabellado hablar así de una relación sexual, pero para acallar dicha incredulidad, me gustaría remitirme a un ejemplo clarísimo en la cultura mexicana: consúltese la parte correspondiente a Los hijos de la Chingada en El Laberinto de la Soledad, de Octavio Paz. A pocas personas les queda claro que la violencia sexual no es una cuestión de deseo, sino de poder, y por consiguiente, el entendimiento que debería extenderse hacia los sobrevivientes suele estar manchado por el prejuicio de qué tanto la persona lo permitió o, en casos tristemente enfermizos, lo provocó.

Desde hace por lo menos cinco años, algunos especialistas han detectado una alarmante tendencia en las estadísticas: en ciertas sociedades, especialmente las más ‘desarrolladas’, la tasa de suicidio masculino es mucho mayor que la de los suicidios de mujeres, y aunque muchas personas tratan de desestimar las causas de esta tendencia, es evidente (para quienes estamos en la disposición de reconocerlo) que tiene sus orígenes en la fractura que sucede entre lo que se espera de los hombres y su comportamiento y lugar en la sociedad, y lo que sucede en la realidad. Ese muro insondable detrás del cual se espera que se escondan no es tal, y no es sano. Cuando a un individuo se le niega la posibilidad de expresar sus sentimientos en general, pero especialmente, cuando se le condiciona a reprimir las devastadoras consecuencias del abuso sexual en su comportamiento y en su desarrollo emocional y psíquico, cuando se le educa a “portarse como hombrecito”, en realidad no se está atendiendo el problema.

Nuestras sociedades sienten un profundo malestar con respecto a la salud mental y su importancia en la salud pública. La depresión a menudo suele confundirse con “enorme tristeza” y se quiere hacer ver como un estado pasajero del ánimo, y no como un malestar profundo y devastador para la vida de los individuos que la padecen. La ansiedad es otra de las “enfermedades del ánimo” que son incomprendidas y menospreciadas por muchas personas, y hay muchas otras condiciones de la mente humana que, para muchas personas, es mejor ignorar y pretender que se trata de una debilidad de carácter, incluso si esas personas están relacionadas directamente con alguna otra persona que las padezca. Pero además de la capa de incomprensión sobre la salud mental, está el enorme obstáculo de las expectativas de género que permean la forma en que debería comportarse un hombre y la forma en que debería comportarse una mujer. Mientras no se atienda el cada vez más evidente impacto que la concepción machista de los géneros tiene en la salud mental de los individuos, la tendencia al suicidio, entre muchas otras formas de lidiar con estos desajustes, seguirá creciendo.

Trincheras

By | Autocuidado, Conversemos, Feminismo | No Comments
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Era aproximadamente medio día. El vestíbulo estaba lleno de jóvenes como yo, veinteañeros desvelados, esperando la hora de ingresar al auditorio, ya fuera para escuchar la conferencia del día, o quizá para reponer las horas de sueño robadas a la noche anterior a causa de la fiesta en la que el congreso de Comunicación se convertía en cuanto se ponía el sol. No recuerdo, quizá no recordaré nunca, de qué se trató aquella conferencia, pero recuerdo claramente, y es uno de mis recuerdos más apreciados y más vívidos de juventud, a la joven mujer con el cabello azul. Recuerdo que vestía de negro y que su apariencia no estaba dentro del canon convencional de belleza, pero mucho más allá de esos detalles, recuerdo que caminaba con firmeza, que la gente le abría el paso sin que tuviera que pedirlo, que no buscaba la aprobación de la muchedumbre. Poco más de veinte años después, y gracias indudablemente al feminismo, supe ponerle nombre a la cualidad que envolvía a aquella joven y que dejó en mí una huella tan profunda: se llama seguridad. Es muy probable que ella, como yo entonces y ahora, como todos nosotros, tuviera y tenga todavía momentos de dudas profundísimas, sobre sí misma y sobre muchos aspectos de su vida. Pero, entonces, en ese momento, dos décadas atrás, era indudable que la seguridad de sus pasos se originaba muy adentro de sí.

“El cuerpo es un territorio personal” dice Roxane Gay en su colección de ensayos personales Bad Feminist, y con el tiempo he pensado constantemente en esa joven, a quien no conozco, y en esta idea, que suena tan profundamente obvia y que, sin embargo, pareciera estarle prohibida a ciertas personas. Me explico: es evidente que, en circunstancias socialmente aceptadas como “normales”, la primera autonomía que ejercemos es la de nuestro cuerpo y nuestra mente. Y sin embargo, ningún territorio es tan peleado, ninguno tiene que defenderse tan constantemente, como nuestro cuerpo y el derecho a hacer con él lo que nos venga en gana. Especialmente, durante la infancia y juventud, pero también cuando se es mujer. Una de las principales batallas por este territorio es, desde luego, la autonomía del cuerpo de la mujer para decidir sobre un embarazo, pero hay muchas otras, más cotidianas, más ‘pequeñas’, por decirlo de algún modo, que quiero abordar en esta reflexión.

Hace un par de años veía un documental sobre Trish y Snooky, las dos hermanas radicadas en Nueva York, fundadoras de la empresa Manic Panic, una de las marcas más famosas y más vendidas de tintes “extravagantes” para el cabello. Porque hay que establecer la diferencia: Manic Panic se especializa en todos esos colores fuera de la gama “natural” en la que se presenta el cabello humano. Verdes, magentas, azules y amarillos, en todas sus variantes posibles. Estas dos mujeres, integrantes de la primera ola del movimiento Punk en América, abrieron una boutique específicamente para las necesidades estéticas de sus contemporáneos en 1977, y comenzaron a preparar los tintes que eventualmente las harían famosas. Varios años después, mientras conversaban con una clienta, les confesó que nunca se había sentido a gusto consigo misma hasta que probó uno de sus tintes y cambió su cabello rubio por un tono de verde. Esa confesión, según las hermanas, las conmovió profundamente, y a mí me ha hecho reflexionar muchas veces sobre la idea que construimos de nuestra apariencia y la forma en que nos relacionamos con nuestro cuerpo y con cómo queremos ser vistos.

Porque es a partir de las palabras de esa joven que comencé a pensar en que, incluso dentro de lo ‘artificial’, como son el maquillaje y el tinte para el pelo, hay apariencias que la sociedad acepta casi sin chistar, y hay otras que no. Pintarse las canas de algún tono de castaño es válido, pintar el pelo de color verde o rosa, no tanto. Y es en esta contradicción, aparentemente sin importancia, donde se libra una batalla constante por la autonomía del cuerpo, y en donde puede verse con toda claridad una de las fracturas más profundas del discurso social sobre el ejercicio de esta autonomía.

Pienso, por ejemplo, en todas las veces que escuché a lo largo de mi infancia y adolescencia que debía cuidar mi cuerpo, pues es un templo y es sagrado. Pero este discurso encubre, la mayoría de las veces, una intención que está más allá del cuidado propio, y que pocas veces se enuncia con toda claridad: en realidad, se nos educa a cuidar nuestro cuerpo porque va a ser un regalo para alguien más. Porque va a ser aceptado o rechazado de acuerdo con la expectativa de alguien más, porque vamos a ser amadas y respetadas por alguien más. Y eso justifica entonces que haya que depender del “permiso” de alguien más para ejercer en nuestro cuerpo cambios que a su vez deben mantenerse dentro de un cierto canon estético, para mantenernos dentro de él y garantizarnos un lugar en la sociedad, donde cumpliremos un papel socialmente predestinado.

Es indudable que una persona que se encuentra en crecimiento, tanto físico como psíquico y emocional, no está necesariamente capacitada para tomar las mejores decisiones con respecto a lo que beneficia o perjudica su cuerpo y por ende su apariencia. Pero, en la mayoría de los casos, los padres que ejercen este permiso como una más de sus atribuciones como tutores, olvidan decirle a sus protegidas que llega un momento en que pueden y deberían ejercerlo por sí mismas. Y lo olvidan porque la costumbre dicta que esa tutela se transmite, casi siempre, al adulto a cargo. Y todavía, para muchas personas, el adulto a cargo es el esposo. Y en ausencia de él, sigue estando la voz de la sociedad, que se atribuye el derecho de tachar de ridiculez y de señalar con risa y con denostaciones todas aquellas exploraciones estéticas que quieran ejercerse fuera del canon. No es gratuito que la frase “única y especial” se use con sorna, como una forma de ridiculizar a las personas, especialmente jóvenes, que eligen experimentar con su apariencia.

Y tampoco es como si fuera universalmente aprobada la práctica de “ocultar las canas”. Porque la idea general es que lo ‘falso’ es malo, que lo ‘artificial’ es obligatoriamente engañoso. Así, la preferencia personal pareciera no significar nada: “cuida tu cuerpo porque es tuyo, siempre y cuando se ajuste a lo que decimos que está bien”.

Sí, el cuerpo es un territorio personal, y es, también, la primera trinchera de la primera batalla por la autonomía.

Ser y no ser

By | Conversemos, Definiciones, Sororidades | No Comments
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Hasta hace poco tiempo me di cuenta de un comportamiento aprendido que, sin quererlo, sin saberlo, me estaba condicionando profundamente la forma de percibir la realidad. Aunque tengo más o menos una idea de quién soy, me costaba nombrarme a mí misma. O mejor dicho: me costaba mucho trabajo y una cierta incomodidad anímica asumirme como “mujer”.

Eso no quiere decir que tenga una duda o que prefiera una forma distinta de asumir mi sexo o mi género: soy una mujer heterosexual. Pero hay una cierta carga de significados asociados con la palabra mujer que, todavía en este momento, mientras intento abordar el tema, me tratan de convencer de que es mejor usar el término “persona” que “mujer”. Y la cuestión es que sí hay ocasiones en que de hecho es preferible hablar de “personas” y no especificar tanto en “mujeres”, en ciertas circunstancias: cuando se habla de alguien a quien no conocemos y cuya forma de percibirse no nos ha sido compartida, por ejemplo.  Puedo asumir que esa persona con quien no he entablado una conversación o a quien ni siquiera he visto a la cara, sea un hombre o una mujer, pero dado que desconozco su propia forma de percibirse, no puedo darlo por sentado. Pero estas consideraciones no tendrían que ser tan importantes, tan minuciosas y específicas cuando estoy hablando de mí y del cuerpo que he habitado por poco más de cuarenta años. Y sin embargo, existen, y son, y pesan.

Pero, como mencioné antes, pesan y existen porque son un comportamiento aprendido, como casi todo lo emocional, en el ámbito familiar. Verán: en mi casa hubo siempre abuelas, madres, hermanas, tías, primas, niñas, jóvenes, señoras, señoritas, chavas, nenas, peques, doñitas, viejitas, y hasta viejas. Pero pocas veces se usaba el término mujer. Conforme fui creciendo, me acostumbré a pensar en las mujeres de mi casa, y por extensión en mí, como una persona que tiene un grado de parentesco con alguien: mi abuela, mi madre, mi hermana, mis tías, etc. Y aunque en conjunto son mujeres, este conjunto a menudo es una masa informe y sin rostro que, más bien, se reserva para casos de personajes indefinidos: “las mujeres de mi casa”, “las mujeres mayores”… mujeres, pues, son “ellas”, las otras con quienes no guardo relación.

La forma en que mi familia influyó en la percepción del significado de la palabra “mujer”, tiene que ver, obviamente, con las connotaciones sexuales con las que viene relacionada: cuando alguna pasaba cierta edad, o comenzaba su madurez sexual, entonces ya “era grande”, pero pocas veces se decía “ya es mujer”. Porque “mujer”, en el imaginario familiar, tenía que ver con las posibilidades reproductivas. Y es que, en el fondo, y como sucede con la mayoría de las familias mexicanas de cierto nivel educativo y económico, lo sexual debía manejarse con el mayor recato, incluso con negación, siempre que fuera posible. Difícilmente se iba a mencionar que la prima X había iniciado su camino a la madurez sexual. En mi familia, aparentemente, el sexo era algo que practicaban los demás (hay, desde luego, muchas evidencias de lo contrario, pero no voy a ventilarlas en este momento).

Desde luego, estas connotaciones sexuales tenían estrictamente prohibido acercarse a las posibilidades auténticamente placenteras de la sexualidad. Las mujeres, en mi casa, pertenecen y son enteramente del ámbito hogareño en el más estricto sentido: son para los otros, están para los otros, y siempre cubiertas de un halo inmaculado de paciencia y bondad. Allá, lejos, las otras, las que destinan su feminidad a causas más bien turbias. Acá, de nuevo: las tías, las primas, las hermanas, las mamás y las abuelas. El calor familiar y el servicio. La sumisión y la ternura.

Fue un arduo proceso darme cuenta de que “mujer” tenía una carga pesada que no le corresponde. Fue un largo y doloroso camino el que me separó del imaginario familiar y me trajo hasta aquí, el momento en que me asumo como tal, con todo y las connotaciones sexuales (y los usos que se le quieran dar) que le quieran achacar. Pero hay que reconocer que en ese uso de la palabra, mi familia no estaba sola. La sociedad contribuye, de manera poderosísima, a la percepción de la palabra mujer y ha construido a su alrededor una muralla de significados dificilísimos de retirarle.

Por ejemplo, la preferencia general del término “niñas”. La expresión “es una niña muy tierna”, supone un halago lleno de simpatía y admiración hacia la facilidad del trato de quien se habla, pero en realidad encierra una profunda infantilización de su persona y su carácter. Y no se trata, necesariamente, de una fantasía sexual con tintes de perversión: se trata de un acuerdo tácito según el cual hay ciertas personas del sexo femenino que, por ser cordiales, agradables, comprensivas, se merecen una cierta deferencia, incluso protección. No importa si para protegerlas (propósito que no se alcanza casi nunca, dicho sea de paso) se les somete a un trato que empequeñece su crecimiento psíquico y su madurez. Uno de los aspectos que más me enoja de esta propuesta, ahora que puedo verla con toda claridad en su funcionamiento social, es que una debería estar agradecida por esta infantilización: si te dicen “niña”, quiere decir también que te homenajean apelando al valor social por naturaleza: la eterna juventud.

Así fue como me di cuenta de que mi rechazo aprendido a autodenominarme “mujer”, no es algo aislado, ni exclusivo de mi familia. Es más común de lo que parece, y aunque por la superficie pareciera una exageración de mi percepción, una construcción alocada en la base débil y temblorosa de mi experiencia, está bien cimentada en un código social que establece no sólo cómo debería comportarme, sino incluso los términos en los que debería pensar sobre mí misma.

Para que algo exista, debe nombrarse. Nombrarse con todas sus letras: aceptarle como es, con toda su gama de grises y sus posibilidades. Pero ese primer paso no le corresponde solamente al individuo que reflexiona sobre sí mismo: para visibilizar la compleja problemática de la violencia social contra las mujeres, hay que empezar por aceptar que somos, de hecho, mujeres, y que no hay ninguna cosa despreciable en serlo.