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Autocuidado

Mucho ruido que despolitiza conceptos

By | Autocuidado, Autodefensa, Reflexiones | No Comments
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En prácticamente cualquier ámbito, surgen las famosas buzzwords cuando se empieza a tener notoriedad. Estas palabras pueden ser nuevas o bien, utilizan conceptos ya existentes que de pronto tienen gran popularidad (que no trascendencia). El feminismo no ha sido inmune a estas tácticas comunicacionales y hay palabras que son utilizadas en casi cualquier publicación en redes sociales con el feminismo entre sus letras. Es innegable la rápida propagación e implantación mental de estos vocablos y justo esa velocidad en que se empiezan a enunciar y a compartir contribuye a que de a poco se vaya diluyendo su importancia, relevancia y significado.

Haré mención de las que para mí tienen suma relevancia en el feminismo y que de tanto repetirlas, están adquiriendo tintes de buzzword.

Empoderamiento

Empezaré por decir que empoderamiento no es una acción que se puede transmitir o construir en terceros, es un proceso horizontal en donde una es sujeta activa y sentirse empoderada no es lo mismo que tener poder real y para ello, me apoyaré en la definición de Weber:

Por poder se entiende cada oportunidad o posibilidad existente en una relación social que permite a un individuo cumplir su propia voluntad.

El empoderamiento personal que tanto se plantea como si se tratara de un aspiracional y resulta tan atractivo, no hace mas que distraer sobre la estructura de opresión que vivimos.

Autocuidado

Continuaré por mencionar al autocuidado como clave en el proceso de deconstrucción, principalmente en la mujeres a quienes histórica y culturalmente nos han asignado el cuidado de los otros, como si nosotras mismas no importáramos. Autocuidado también es resistencia. Es enfrentar al sistema y decidir que no vamos a depender de sus satisfactores vacíos.

Una de las diversas formas y quizá la mas común en que se ejerce, es en esas situaciones en las que debemos tomar decisiones con respecto a las personas con quienes convivimos y las dinámicas de relacionamiento a fin de evitar repetir o caer en patrones tóxicos. Se ha vuelto tan cotidiano que es justo ahí donde se tergiversa su propósito y se utiliza para justificar la intolerancia y la censura. No es lo mismo poner un alto y marcar distancia ante las agresiones que sentirse agredida porque no comparten nuestra perspectiva o nos incomodan las certezas.

Autodefensa

Por último y muchas veces relacionada con la anterior, está la autodefensa. Autodefensa tiene que ver con romper esas ataduras psicológicas, emocionales, físicas, mentales, simbólicas y culturales que nos han sido impuestas en nuestra socialización para callar y no responder ante las injusticias y violencias que se ejercen de manera sistémica contra nosotras. Es un concepto que implica gran transformación, no es para darle excusa o rienda suelta al ejercicio de nuestra violencia.

Si con las palabras le damos significado e interpretación al mundo, si las palabras como componente clave del lenguaje, evolucionan, se transforman o mueren, mi propuesta es que las evolucionemos y las trascendamos poniendo en práctica los conceptos con que empoderamiento, autocuidado y autodefensa se acuñaron. No quiero que nos sean devueltas como palabras vacías. Menos aun, que mueran sin lograr el progreso social.

Feminismo desde el anonimato, siempre cuestionado, pero ¿los machos anónimos qué?

Feminismo desde el anonimato, siempre cuestionado, pero ¿los machos anónimos qué?

By | Autocuidado | No Comments
Tiempo de lectura: 2 minutos

Hoy me encontré con un artículo en el sitio eldiario.es donde se cuenta que se realizó una mesa redonda sobre la invisibilidad de las mujeres.

Supuestamente existe un debate entre las feministas (aunque estas afirmaciones muchas veces son  generalizaciones) de que no es posible el activismo desde el anonimato.

En ella, se criticó a una tuitera y columnista por esconder su verdadera identidad, a pesar de que ella explicó que recibía amenazas y que su activismo podría dificultarle volver a su antigua profesión, si lo necesitara.

Incluso otra mujer criticó que sea anónima pues, según ella, “no da un gran ejemplo”, más cuando otras mujeres se arriesgan y son asesinadas, razón que me parece justifica todavía más su anonimato.

Es curioso cómo, para algunas personas, el anonimato de una feminista es más terrible que las razones por las cuales existe.

El hecho de que en muchos países efectivamente ocurran situaciones que te pueden obligar a esconderte, no sólo por ser feminista, sino por tus simples opiniones, es algo que no toman en cuenta para este tipo de crítica.

Y eso sin considerar el otro anonimato, el que se usa para esconderse al agredir, callar y rebajar a otros.

Trolles machistas, uno de los más grandes problemas de Internet

Entre estos anónimos que usan esta condición para sus fines se encuentran los trolles machistas.

Muchos los han experimentado, sobre todo las mujeres que tienen una opinión feminista: te atreves a decir algo que moleste a al menos uno de esos trolles y te verás atacada por una buena cantidad de ellos, al menos hasta que se agoten sus ganas, su tiempo o si no les das una respuesta que los anime a seguir.

Nada más esta semana una mujer se “atrevió” a criticar que la cuenta de Doritos en México le respondiera a una pregunta llamándola “bebita”.

Enseguida le cayeron cientos (y no exagero) de personajes insultándola, denigrándola, buscando callarla, la mayoría de ellos anónimos: ninguno tiene una foto de una persona real, ni nombre, una ubicación general, nada que indique que son otra cosa que gente que usa el anonimato para molestar o trolls pagados para otros fines.

¿No deberían ser ese tipo de anonimatos contra los que se debería encontrar remedio? Contra activistas (hombres y mujeres), feministas, luchadores sociales no es contra quien deberían concentrar sus baterías cualquier crítico.

Twitter, Facebook y muchas otras redes sociales deberían subir su nivel en el momento de crearse cuentas y en cómo regulan las ya creadas. Para muchos, estos medios son su único medio de expresión y difusión de causas.

Cuando un grupo de trolles violentos acosan a una persona por expresarse, efectivamente reducen su posibilidad de lograr un cambio. Algunos de esos cambios son muy necesarios, aunque claro, a algunos les parece que perderían si se lograran -y en algunos muy específicos casos así es, pero porque hay un desequilibrio en los derechos de unos y otras-.

Esto es suficiente razón para defender la libertad de expresión que sólo el anonimato puede garantizar en los casos de quienes luchan por una causa, incluyendo causas feministas.

#25N Movilización Nacional Contra el Acoso Digital

By | Acoso Sexual, Autocuidado, Autodefensa, Campañas, Ciberactivismo, Denuncia Pública, Difusión, Eco, Feminismo, Legal, Medios, Políticas Públicas, Redes Sociales, Respuesta Pública, Seguridad, Tecnología | No Comments
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Hasta hace relativamente poco tiempo, la idea del acoso digital (en redes y medio electrónicos) y sus efectos parecían ser una más de las “desventajas” que supone ser habitantes de un mundo cada vez más conectado. La realidad es que el respeto a la privacidad, a la imagen pública y, sobre todo, a la seguridad de nuestra información, es un asunto serio, y el vacío legal a su alrededor ha sido aprovechado por algunas personas para ejercer una forma de violencia específica, casi siempre en detrimento de mujeres que dan por terminada una relación, que denuncian acoso “real”, o que, en casos más extremos, se atreven a tener una opinión propia. La difusión de su información personal (dirección, lugar de trabajo, direcciones de correo y números telefónicos privados) ha sido una forma de venganza que busca vulnerar la seguridad de una mujer, asustarla. Conviene aclarar, por si fuera necesario, que aunque no es lo mismo que el llamado cyber-bullying, que es un problema en sí mismo, es un ejemplo todavía más violento y brutal, pues busca dañar toda la imagen pública de la víctima, incluso involucrando a compañeros de trabajo, siempre que sea posible. En cada vez más y más sociedades se ha abordado el tema, y en fechas recientes, se ha buscado en México legislar para controlar el problema. En La Cuarta, nos unimos a la campaña de Movilización Nacional contra el Acoso Digital, que se llevará a cabo a lo largo de este fin de semana, en distintas ciudades del país. Además, habrá la actividad “Tendedero de la Violencia Digital”, para que quienes deseen compartir su experiencia de acoso digital como una forma de concientizar sobre sus implicaciones, o de evidenciar el daño que causa, puedan hacerlo. Estas son unas de las razones:

  • En México no se ha imputado ni sentenciado a ninguna persona que haya violentado a una mujer en espacios digitales, precisamente por las lagunas legales y el escaso conocimiento del derecho digital por parte de las autoridades correspondientes, las mujeres no cuentan con un entorno de confianza para denunciar.
  • Algunos estados de la república no tienen policía cibernética, tampoco capacitación en materia de derechos digitales.
  • Cuando se trata de una menor de edad la tipificación y protección es por el delito de pornografía infantil que es un delito que se persigue de oficio, pero cuando es una mujer mayor de 18 años a la que han obligado a desnudarse, han acosado y exhibido en redes sociales sin consentimiento NO EXISTE NINGÚN DELITO QUE PERSEGUIR.
  • 90% de los contenidos con violencia publicados en redes sociales, tienen como víctima a una mujer o niña.
  • Facebook no tiene reglas de privacidad que protejan la dignidad humana. La última política adaptada por esta red social para contrarrestar el daño por la pornovenganza es realmente alarmante.
  • Nos preocupa que Mark Zuckerberg haya decidido convocar a miles de mujeres con miedo a ser explotadas virtualmente a subir ellas mismas sus contenidos y de esta manera se le entregue nuestra intimidad a Facebook así la red social se apropia del contenido para cifrarlo de manera que nadie más pueda volver a hacerlo púbico, o sea quiere Facebook evadir su responsabilidad y crear el pack más grande del mundo resguardado por el algortimo de esta plataforma.
  • Existen medios de comunicación que reproducen contenidos íntimos sin consentimiento, justifican sus publicaciones bajo la libertad de expresión para dañar la dignidad de las mujeres al meter a su agenda de contenidos, notas como: “Niña de calzones pequeños y apretadita fue violada”, “Lady Oxxo”, “Maestra tiene relaciones con sus alumnos y los graba” que en su mayoría son fake news pero el daño que causa a las mujeres es irreversible.

Galería de carteles por Sede

 

Participa. Lleva tu captura impresa y visibilicemos juntas esta #ViolenciaDigital que #SíExiste y #SiDaña

De víctimas a victimarias cuando se trata de violencia simbólica

By | Acoso Callejero, Autocuidado, Feminismo, Sexismo | No Comments
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Este texto lo compartió ayer una amiga feminista que trabaja desde hace tiempo el tema del acoso callejero. Está inspirado en una ponencia para un congreso llamado “Violencia, maltrato y abuso: víctimas y victimarios” que se realizó a finales del 2011 en Buenos Aires, Argentina.

Diana Maffía, mujer argentina, doctora en filosofía, investigadora y autora de muchas publicaciones lo escribió.


Definitivamente, las feministas somos unas amargas. Vemos machismo, patriarcado, androcentrismo, homofobia, lesbofobia, transfobia y violencia incluso en las situaciones más divertidas. Eso nos pone en un raro lugar: somos víctimas de permanentes ataques simbólicos, y a la vez victimarias por arruinar con nuestras respuestas destempladas las situaciones que gran parte de la sociedad considera entretenidas, glamorosas, seductoras, caballerescas, románticas y hasta corteses. Y lo peor de la confusión es que como pertenecemos a esa misma sociedad, tales situaciones también tienen eficacia simbólica sobre nosotras, también nos reímos y emocionamos con ellas; sólo que un Pepe Grillo feminista nos susurra al oído permanentes advertencias analíticas para que no caigamos en la trampa, para que no seamos literales, para que no sonriamos amablemente –como es de esperar- a los gestos corteses.

“¿Qué quieren las mujeres?” se preguntaba Freud, y el error de nosotras era estar expectantes a su respuesta. Mi propuesta de hoy es muy modesta. Contar algunas anécdotas, señalar algunas situaciones que encienden mi alarma, procurar tímidamente un puente comunicativo para hacer grietas en los implícitos sociales y generar vínculos que no lesionen con su reiteración a ningunx de lxs participantes en ellos.

Cuando inicié la carrera de filosofía, un profesor llamado Adolfo Carpio me dijo: “¿qué hace usted acá, no sabe que las mujeres no pueden hacer filosofía? Tiene lindos ojos, aprenda repostería y búsquese un novio”. Me ubicaba así en una disyuntiva común a muchas mujeres profesionales: o carrera o familia. La filosofía era un sacerdocio que requería no ocuparse del trajín de la vida cotidiana, por eso era para varones, que como todo el mundo sabe vienen equipados con mujeres que se dedican a las tareas de reproducción y cuidado, entonces ellos no deben renunciar a nada que les corresponda para dedicarse a la vida contemplativa. Esta deliberación es objeto de muchas indagaciones feministas, de excelente nivel, que ponen eje en el quiebre subjetivo de las mujeres que deciden innovar. Como ejemplo diré que en una investigación sobre carreras científicas de varones y mujeres, encontramos como dato significativo que el 25% de los investigadores superiores del Conicet eran solteros (su carrera era un sacerdocio) pero esa cifra trepaba al 75% en las mujeres, además de tener muchas menos oportunidades de llegar a la cima.

Muchos años después, ya doctorada y con el permanente esfuerzo de equilibrar familia y trabajo, ocupo la cátedra que fue de Carpio. Últimamente he pensado si no será un gozo enfermizo estar en este lugar, si fue una aspiración verdadera o movida por el desafío y la revancha. Y eso me lleva a reflexionar sobre los deseos de las mujeres y su concepto de éxito. Tenemos paradigmas que producen indicadores precisos de lo que la sociedad reconoce como éxito personal y profesional, y el costo subjetivo de esos indicadores para las mujeres es doble: si acompañan a un varón exitoso, es posible que tengan a su cargo la parte menos glamorosa de ese éxito vicario; si ellas mismas lo son, es posible que alcanzada la meta no encuentren la felicidad prometida sino una incomprensible insatisfacción. Para las innovadoras, que decidimos desafiar la dicotomía conciliando familia y profesión, la culpa de no alcanzar el ideal de perfección en ninguno de los roles (que obviamente requieren la renuncia al otro) es permanente.

Asi las cosas, claro, no estamos para chistes. Sin embargo ¡nos hacen chistes! Cuando me recibí, el profesor Eduardo Rabossi me felicitó haciéndome el extraño homenaje de contarme un chiste, precisamente este: Un hombre decide contratar una prostituta. Va a su departamento y encuentra que entre los previsibles adornos sugerentes había una pequeña biblioteca. Se acerca curioso y ve en ella libros de Kant, de Hegel, de Wittgenstein… Toma uno de ellos y ve que está subrayado y con acotaciones manuscritas. Le pregunta de quién son esos libros y la prostituta contesta que son de ella, que es filósofa. El hombre, extrañado, le pregunta cómo siendo filósofa trabaja de prostituta, y ella le contesta: “tuve suerte”. Fin del chiste. No me reí. Quedé como una amarga con mi profesor de derechos humanos.

Una brillante alumna mía, muy linda, terminó su carrera y no logró una beca o una plaza docente para comenzar a trabajar. Terminó de mesera en un restaurante muy caro de Puerto Madero, en plena era menemista, al que concurrían políticos y empresarios favorecidos por el gobierno (dicho sea de paso, algunos siguen concurriendo y siguen siendo favorecidos, pero ese es otro tema). Uno de los clientes en particular era muy pesado, con comentarios subidos de tono sobre su aspecto físico dichos a los gritos y festejados por sus contertulios. Un día mi alumna decidió contestarle con una frase de Nietszche. El diputado, sorprendido, le preguntó de dónde había sacado eso y ella le dijo que era filósofa. La pregunta fue inmediata: “¿y qué hacés trabajando aquí?”, y la respuesta de ella también: “esta es la Argentina en la que vivo, yo soy mesera y usted es diputado”. Los contertulios festejaron el chiste, el político no se rió, ella sintió una satisfacción interior que duró poco porque ese mismo día la echaron de su trabajo por hacer comentarios indecorosos a los clientes.

¿Podemos reaccionar a la violencia de los chistes y los comentarios que nos ponen como objeto pasivo de frases soeces bajo la pretensión de ser piropos, cuando todo el sistema opera contra nuestra vivencia de esas situaciones? La observación rompe un código, a veces violentamente, y entonces pasamos de víctimas a victimarias. A veces ni siquiera tenemos la oportunidad de intervenir, porque la frase se refiere a nosotras pero se pronuncia entre machos en un intercambio que nos excluye y que tiene que ver con el derecho de propiedad. Porque como decía Locke en “Dos Tratados sobre el Gobierno”, para justificar filosóficamente la necesidad del pacto social que dio origen al Estado Liberal Moderno, la violencia entre los seres humanos es consecuencia de la lucha por la propiedad; y hay dos cosas que producen el máximo conflicto entre los seres humanos: la propiedad de la tierra y la propiedad de las mujeres. El pacto social, precedido del pacto sexual, reguló ambas propiedades dando origen a la familia nuclear y garantizando así la legitimidad de la progenie para cuidar la herencia en la acumulación de capital.

Los ambientes ilustrados no están libres de estos métodos disciplinadores del lugar de las mujeres. Cuando finalizaba la dictadura, comenzamos en la UBA un movimiento de estudiantes y graduados que permitiera recuperar las autoridades legítimas una vez alcanzada la democracia. Se creó así una Asociación de Graduados que hizo su primera elección. Los candidatos a presidirla éramos Silvio Maresca, un filósofo muy ligado a la política del peronismo , y yo, una pichi. Inesperadamente gané esa elección, y entonces Silvio le dijo a mi marido, también graduado en filosofía: “te felicito, ahora tenés una mujer pública”. No me lo dijo a mí, se lo dijo a él, que recibió así la advertencia de que un hombre que deja que su mujer circule por los espacios de poder de la política debe aceptar que reciba el calificativo con el que se describe a una prostituta: una mujer pública, una mujer de la calle, una mujer que no es de su casa y por eso ha renunciado a ser de un hombre para estar disponible para cualquier hombre.

Y así seguramente se lo enseñan a los hombres. Los cuerpos que circulan en la calle son cuerpos disponibles, y si no dan señales inequívocas de recato son cuerpos abordables sin permiso por el solo hecho de estar allí. Abordables físicamente y simbólicamente, con manoseos o con pretendidos piropos que nos ponen en situación de presa y a ellos en situación de dominio.

Salgo de mi casa un día de lluvia para un acto protocolar a la mañana, vestida con más cuidado que de costumbre. En la vereda hay un hombre acostado sobre unos cartones, totalmente borracho, harapiento que daba pena, y cuando paso me dice: “te haría cualquier cosa”. Ese hombre que no podia ni siquiera ponerse en pie, abandonado de todo, no había perdido sin embargo su poder patriarcal sobre mí, su poder de incomodarme y ubicarme en una situación pasiva que sólo podía ser respondida de modo desagradable o cambiando el código. Otras veces lo he hecho, ante ese habitual comentario “decime qué querés que te haga, mamita” pararme, mirarlo y decir: “recordame el teorema de Göedel”, o “recitame la Odisea en griego”. La respuesta produce pavor, la mirada del piropeador se llena de espanto: la violenta soy yo.

Los comentarios sobre nuestro aspecto físico nos desvían de nuestro lugar de interlocutoras a objeto. Incluso cuando pretenden ser amables nos están sacando de la relevancia del argumento para poner de relevancia nuestro cuerpo sexuado. A veces la violencia es más explícita, y cuesta menos verla. En una manifestación docente donde hay represión policial encuentro a un diputado kirchnerista con sus asesores. Me pregunta con ironía qué hago allí, y yo le digo qué hace él que no está procurando que su gobierno no reprima la protesta social. El, molesto y bajando un poco la mirada de mi cara me dice “¿por qué te pusiste ese escote?”, sus compañeros se ríen, yo le repregunto “¿qué te pasa, extrañás a tu mamá?”, sus compañeros se ríen más. La violenta soy yo que lo pongo en ridículo ante sus subordinados.

Otras veces el comentario es menos burdo, y simplemente nos retrae del lugar donde nos habíamos instalado. En una sesión legislativa salgo de mi banca y me acerco a un diputado del hemiciclo opuesto para reprocharle uno de los mil modos de mala praxis legislativa que acostumbran. Mientras le estoy diciendo que faltó a su palabra me interrumpe: “ahora que te veo de cerca, qué lindos ojos tenés”. ¿Tengo que alegrarme, sentirme orgullosa de algo en lo que no tengo ningún mérito, cambiar mi enojo por un agradecimiento a su observación gentil? Opto por reprocharle doblemente su falta de palabra y el comentario desubicado y quedo como una amarga. La víctima es él: dijo algo agradable y se encontró con mi respuesta destemplada.

La filósofa mexicana Graciela Hierro, especialista en ética feminista, nos advertía sobre estos modos que toma el patriarcado para imponerse a los que llamaba “el trato galante”. Socialmente aparecen como un signo de caballerosidad, pero nos ubican en un papel de debilidad, de objeto de tutela, de incapacidad, de pasividad superlativa. Los usos sociales están llenos de mandatos que los varones pueden tomar como lo que se espera de ellos, y muchas mujeres como signos de protección masculina.

Mañana se cumplen 60 años del voto femenino. Quizás sea oportuno recordar que hasta ese momento el código civil nos ponía con los incapaces, los presos, los dementes y los proxenetas para fundamentar nuestras ineptitudes para la política. Cuando luego de muchos años de lucha del socialismo feminista, y por expresa voluntad de Eva Perón, la ley de sufragio femenino finalmente llega a un recinto formado exclusivamente por varones, los argumentos en contra cubrieron  todo el arco: desde señalar la natural incapacidad de las mujeres para la vida pública, a decir que íbamos a votar lo que nos dijera el cura y la iglesia iba a aumentar así su poder político, o ensalzar las más altas virtudes femeninas que nos destinan a la excelsa tarea divina de cuidar a nuestras crías (lo que lógicamente está reñido con la disputa electoral), o describir la política como un pantano donde no debería posarse el delicado pie que cual pétalo de rosa sostiene nuestra gracia, y como último recurso generar pánico recordando que nos volvemos locas una vez por mes y así existía la alta probabilidad de que en ese estado de enajenación temporal una cuarta parte de nosotras esté a la vez menstruando y decidiendo los destinos de la patria.

Para esos patriarcas de la democracia, que ya contaba con una “ley del voto universal y obligatorio” que no sólo nos excluía del universal sino que no registraba siquiera la exclusión, eso éramos las mujeres. Ellos sí tenían una respuesta, no como Freud que nos dejó esperando.

Procurando hacer un ejercicio de empatía, comprender cuál es la reacción de quien tiene esta visión de las mujeres ante los avances que el feminismo nos ha procurado en tantos órdenes de la vida, pienso que hay una percepción de cierta masculinidad de estar en retroceso. Una vivencia del poder sustancial y del territorio que torna amenazante el ingreso de las mujeres a las instituciones y a la vida pública, todavía ahora. La pérdida del monopolio de la palabra no alcanza para abrir el diálogo. El diálogo tiene condiciones lógicas, semánticas, éticas y políticas, no se trata de hablar por turno y menos aún de arrebatar el micrófono. ¡Y ni hablar si se usan dos micrófonos, como hace la presidenta desde el atril!

Eso es lo que llamo “el síndrome del macho acorralado”, que es victimario violento y a la vez víctima, que me desvela cuando pienso en las formas de lograr una sociedad incluyente de verdad, y que me inspira para decir toda vez que puedo a modo de letanía pedagógica que “cuando una mujer avanza, ningún hombre retrocede”.


 

Recomendaciones de seguridad para antes, durante y después de una marcha o protesta

Recomendaciones de seguridad para antes, durante y después de una marcha o protesta

By | Autocuidado, Educación, Guías, Noticias, Seguridad, Social | No Comments
Tiempo de lectura: 3 minutos

Originalmente publicado en Witness en español y Infoactivismo.org (Texto Creative Commons)

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Tanto la protesta social pacífica como su documentación son un derecho. Con el fin de que participes y/o hagas cobertura de forma segura y protejas tu información y equipos, te compartimos las siguientes recomendaciones para antes, durante y después de asistir a una manifestación.

Ten en cuenta que tus protección es integral, pues incluyen aspectos físicos, digitales y emocionales.

Antes

ELIGE ropa y calzado cómodos. Considera llevar algún tipo de protección (como casco, máscara antigas o pañuelo), si lo crees pertinente.

LLEVA agua, carteles, plumones y algún refrigerio. Sólo lo indispensable, para no cargar demasiado. Evita llevar objetos punzocortantes.

ACUERDA con algunas personas mantener comunicación constante. Infórmales cuál será tu recorrido.

ESTABLECE un punto y hora de encuentro con tu contingente, por si llegan a separarse.

TEN a mano teléfonos para casos de emergencia médica y legal.

ABSTENTE de llevar cosas como agendas o directorios con información sensible relacionada.

RESPALDA la información de tus dispositivos móviles. Así se minimiza el daño si son robados o confiscados.

INTRODUCE un patrón de bloqueo o contraseña a tus dispositivos.

CARGA tu teléfono al 100%. Puedes llevar una pila externa (powerbank) si lo crees conveniente.

PROCURA tener saldo para poder hacer llamadas y mandar mensajes.

REVISA que tengas espacio de almacenamiento suficiente. Puedes borrar archivos o apps que no utilices.

ANALIZA si el uso de metadatos es conveniente para ti. Si desconoces qué son los metadatos, cómo y cuándo se generan, para qué sirven, qué riesgos implican y cómo gestionarlos a tu favor, haz una pausa aquí para revisar los recursos vinculados.

UTILIZA apps que te permitan gestionar los metadatos de tus archivos de foto o video. Algunas pueden añadir metadatos adicionales; mientras que otras pueden removerlos. En cada caso hay ventajas, desventajas y aspectos a considerar.

DESCARGA la app CameraV si lo que quieres es documentar en foto o video de forma segura, privada y verificable, haciendo uso de los metadatos que se generan al momento de crear los archivos.

Durante

MARCHA con algún contingente definido.

MANTÉN comunicación con quien lo habías acordado.

EVITA disturbios y provocaciones.

DOCUMENTA abusos de autoridad, si detectas alguno, desde una distancia prudente.

PRESTA atención a tu alrededor, mantente alerta.

GUARDA bien los equipos electrónicos que no estés usando.

EVALÚA si quieres mostrar tu cara o la de tus compañerxs.

CONSIDERA si es conveniente registrar tu ubicación en un momento dado.

CIERRA aplicaciones que no estés usando, pues aún en segundo plano consumen batería.

NOTIFICA si tienes algún problema o si haces alguna parada.

Después

REGRESA acompañada a algún punto donde puedas emprender de forma segura el viaje de regreso a casa.

AVISA cuando ya te encuentres en tu casa o algún lugar seguro.

RESPALDA los archivos que hayas creado durante la manifestación y guarda esos respaldos en un lugar seguro.

CONSERVA las fotos o videos originales, sin editar, como evidencia legal, si lo consideras necesario.

TOMA EN CUENTA que cualquier alteración del archivo original, incluyendo el remover los metadatos, puede afectar su valor como prueba. Si requieres editar tu material, haz copias para ello.

REVISA los metadatos de los archivos que quieras compartir.

RECUERDA que los metadatos, como cualquier tipo de información, pueden poner en riesgo tanto a quienes filman como a quienes aparecen en el video.

GESTIONA los metadatos de tus archivos. Ya sea que decidas conservarlos o removerlos, es importante que tomes la decisión sabiendo las implicaciones de una u otra opción.

REMUEVE los metadatos de tus archivos. Si consideras que, por seguridad, es mejor removerlos puedes usar la app ObscuraCam para ello.

ANONIMIZA las caras de las personas en tu foto o video si lo consideras pertinente para su seguridad y la tuya. ObscuraCam también es una buena opción para ello.

Más recursos

Por último, te recomendamos que revises otras recomendaciones en las infografías, recursos y recomendaciones para la cobertura de protestas de Witness en Español: https://es.witness.org/portfolio_page/infografico-cobertura-de-protestas/

Qué son los Metadatos:
http://us3.campaign-archive2.com/?u=22622883108b9dd9ae857a057&id=0230d66d89&e=%5BUNIQID%5D

Cómo gestionar los metadatos a tu favor: 

Guía de uso de OsbcuraCam

https://securityinabox.org/es/guide/obscuracam/android/

 

Sarahah no puede asegurar que tus comentarios honestos sean anónimos

By | Autocuidado, Ciberactivismo, Difusión, Legal, Noticias, Redes Sociales, Seguridad, Tecnología | No Comments
Tiempo de lectura: 3 minutos

¿Tienes un minutito para leer sobre los términos de uso de las apps?

El posicionamiento de la empresa por medio de un tuit: “el equipo de Sarahah informa que el rumor sobre exposición de identidades del día 1 de agosto es falso”.

La reacción del público fue de alivio. Obviamente, muchas declaraciones de crushes misteriosos, insultos, toques -amistosos-, amenazas y comentarios constructivos después, sería una tragedia personal para muchos usuarios que se revelaran sus identidades tras hablar sobre otros de forma anónima.

Sarahah (traducido como “franqueza”, del árabe) es un sitio/app que permite a cualquier persona crear un perfil y recibir comentarios anónimos. Creado en Arabia Saudita, adquirió una popularidad absurda en el país (Brasil) y, en esta semana, se convirtió en la app más descargada en iPhone y Android. En el mundo, la app también está en la lista de las más descargadas, por encima de Instagram.

Con la popularidad, comenzaron también a surgir rumores sobre una posible filtración de las identidades. La distópica idea podría pertenecer a un episodio de Black Mirror, como publicó en Facebook el consultor de redes sociales Alexandre Inagaki:

“Un episodio de Black Mirror en que un programador crea una app que permite enviar mensajes anónimos para cualquier persona. Las personas sufren bullying, reciben mensajes nocivos, tienen relaciones intempestivas, etcétera. Una semana después, todos los posts enviados de forma anónima pasan a aparecer debidamente identificados. Junto con una novedad, un mensaje del desarrollador: ‘Una persona inteligente se decepciona una sola vez con un amigo’.”

Si estás en Sarahah, tu identidad no está protegida

La distopia propuesta está más cerca de volverse realidad de lo que piensas. Aunque la empresa asegura que no habrá revelaciones de identidades, el valor legal de un tuit es altamente cuestionable. Lo que vale realmente son las reglas descritas en los términos de uso de las aplicaciones. Y ahí, mi amigo, es donde importa.

Sarahah garantiza que mantendrá la privacidad y la confidencialidad de sus datos y que no expondrá a nadie, a menos de que exista una petición legal, para cumplir ciertas determinaciones legales o para defender o proteger los derechos de propiedad del sitio.

La empresa también dice que todas las información son recolectadas con consentimiento y no serán vendidas a tercero, a menos que autorices expresamente que estos sean parte de una masa de datos usada para estadísticas y búsquedas que no tengan algo que te identifique. Además, estas informaciones solo serán enviadas si son solicitadas por una autoridad u organización legal.

Cuando entras a Sarahah, tu IP de acceso es registrado, junto con tus datos, hora o tipo de navegador o el sitio que te llevó a ésta. Tus datos son almacenados por la empresa, aunque las condiciones no son claras, y también pueden ser utilizados para exhibir anuncios pagados por otras empresas. Segundo, Sarahah puede utilizar los datos sobre tus visitas al sitio y a otros sitios para ofrecer publicidad dirigida.

No hay nada, en los términos de uso y privacidad, que garantice el completo anonimato en la plataforma.

Comentarios anónimos y bullying

Sarahah no es la primera app con comentarios anónimos que aparece por ahí. En el pasado, Formspring, Ask.fm y, más recientemente, Curious Cat fueron del gusto de los adolescentes, principalmente, para recibir mensajes sin identificación.

Es divertido, claro. Pero las experiencias anteriores también demostraron que este tipo de plataforma es, también, un terreno fértil para agresiones virtuales, amenazas y ciberbullying. Sarahah afirma que el propósito es crear feedbacks positivos, pero también se separa de cualquier responsabilidad en caso de daños provocados por sus mensajes. Sus términos de uso afirman que cualquier consecuencia negativa de su uso es total responsabilidad de los usuarios.

Es importante recordar que en Brasil el Marco Civil del Internet obliga a los proveedores de aplicaciones a guardar registros; es decir, informaciones sobre IP, datos y lugar de acceso del servicio. Además, según el mismo Marco Civil, cada conexión tuya a Internet queda registrada, junto con los datos catastrales del proveedor de Internet.

Las informaciones de ambos y el tipo de registro pueden ser accederse por orden judicial y, cruzando ambos, es fácil saber el nombre y otros datos personales con la IP que uso la app a determinada hora.

También recuerda que tú te comunicas con las personas de Sarahah usando un link, que identifica a cada usuario. Por eso, dependiendo de las configuraciones del navegador y con quién estés hablando, queda registrado el historial de navegación, algo que no pasa con ningún otro tipo de chat.

Si no se quiere parar aquí, hay más: tú bajas la app de PlayStore o App Store, que debe tener tu e-mail y, a veces, hasta tu tarjeta de crédito. Bien, digamos entonces que, con todos estos rastros, el anonimato no llega lejos.


Este texto es una traducción del texto “Nem o Sarahah garante que seus feedbacks honestos são anônimos” de Coding Rights, publicado por el Huffington Post Brasil el 4 de agosto de 2017.

Pienso, luego tengo derechos (2)

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En la columna pasada, mencionaba el desprecio que la actividad intelectual parece generar en algunos grupos sociales. Hay muchos matices a este desprecio, por ejemplo, el resentimiento y la desconfianza que generan las llamada élites intelectuales entre grupos de población cuyo acceso a la educación no está garantizado, ya sea por escasez de planteles escolares, ya por falta de recursos. Ese es un aspecto del desprecio por ciertos comportamientos que se asocian con “lo intelectual” que es innegable y que tiene unas características y causas bien definidas. Pero el problema en el que quiero centrarme se parece en mucho al primero, pero tiene, como mencioné anteriormente, otros aspectos. No se trata de condenar a quien piensa, pues con todo, la ignorancia sigue sin considerarse del todo un valor. Se trata de normar “qué tanto” o en qué manera piensan las mujeres. Y se trata de que las mujeres no piensen demasiado, principalmente porque va en detrimento de una supuesta condición natural: la de ser sentimental. En su novela autobiográfica Rito de iniciación, Rosario Castellanos rememora un momento de su adolescencia, en el que empieza a darse cuenta de que la misma característica que le ganó la simpatía entre sus familiares: el ser inteligente, articulada, “sabidilla”, al llegar a la adolescencia provoca que seres queridos y amistades escolares la rechacen, la critiquen, se alejen de ella. Aunque se trata de una experiencia obviamente personal, no deja de ser llamativo cómo el fenómeno se reproduce hasta nuestros días. A menudo, quien piensa demasiado puede resultar insolente, insoportable. Y también, aparentemente, deshumanizado.

Es aparentemente inocuo, o de plano profundamente inútil, discutir el daño resultante de mantener una cierta forma de pensamiento mágico cuando este no impide que la persona se desarrolle de manera funcional en la sociedad. Pero, como en todas las suposiciones sociales que se dan por sentado, y que tienden a establecer el marco normativo tácito dentro del cual se espera que ciertos individuos se comporten, achacar esta supuesta naturaleza marcadamente sentimental al género femenino constituye una tremenda desventaja no sólo para las mujeres, sino también para los hombres. Si unas tienen que luchar contra el estigma de sabihondas a lo largo del tiempo, a otros se les restringe justamente ese aspecto emocional y sentimental, relacionado con “sentir en vez de pensar”, lo que genera un serio desequilibrio psíquico. Mutilar sentimentalmente a los hombres es una más de las manifestaciones de la masculinidad tóxica cuyos daños se padecen no sólo entre mujeres, también entre los hombres. Suprimir, o por lo menos intentarlo, la compleja red de sentimientos que nos motivan en aras de una pretendida estoicidad mental, en realidad es muy poco inteligente. A menudo se malinterpreta el origen detrás de acciones tan inocentes como evidenciar de manera física el cariño entre los niños, por ejemplo, y especialmente si es hacia otro miembro del sexo masculino. La hombría es fría, seca, contenida: el agrado, el afecto, la solidaridad, no deben nunca dejarse ver, y mucho menos su prima fea, la debilidad, la tristeza, el descontento.

Como mencioné en un texto anterior, el impacto del deterioro de la salud mental de los hombres en los últimos años es un problema al cual no se le ha brindado todavía la atención que merece. Reprimir los sentimientos puede desencadenar serios problemas de salud mental. Del mismo modo, reprimir la curiosidad natural y su ejercicio intelectual degrada sistemáticamente a las personas. Y ninguna de esas actitudes debería definir a las personas y su género: todos somos por igual complejamente inteligentes y complejamente sentimentales.

Pienso, luego tengo derechos (1)

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Hace ya varios años, mantuve, o creía que estaba manteniendo, una conversación con alguien. Argumentábamos sobre las formas en que “el feminismo” ha sido representado en los medios de comunicación en México. Como un par de días antes leí un artículo muy interesante sobre la ‘designación’, allá por los años 20 del siglo pasado, del 10 de mayo como el día “oficial” de las madres y cómo, por lo menos en México, esta efeméride se inventó para contrarrestar el impulso que estaba teniendo el entonces todavía novedoso feminismo, consideré pertinente mencionar la lectura y relacionarla con casos específicos en los que la representación de las mujeres ‘feministas’ en el cine y la televisión se usaban como una forma de comedia, como una “moraleja” sentimental, como una lección “moral”. Como respuesta obtuve lo siguiente: “te encanta el rollo”, una frase que me dejó tan completamente perpleja, pero principalmente, tan decepcionada de mi interlocutor, que sólo alcancé a responder “es un resultado de mi formación académica”. Y lo es, honestamente. Y sigue siendo, para mí, profundamente revelador que una persona que aspiraba a estudiar Literatura usara un recurso tan pedestre, tan aparentemente inocente, con el claro y transparente fin de concluir una conversación que no le estaba gustando.

Desafortunadamente, no es la primera vez que se me acusa de ‘gustarme el rollo’, o de ‘pensar demasiado’ o de ‘cerebral’. Y todavía peor, no soy la única mujer a quien se le achaca ‘pensar demasiado’ como un vicio de carácter y no cómo un hábito intelectual o académico. Lo digo porque sí hay una circunstancia en la que ‘pensar demasiado’ es contraproducente, y se trata del momento en que nos impide hacer cosas que podrían beneficiarnos, pero el miedo (que es la motivación detrás de considerar tantas posibilidades y dedicarle tanto espacio neuronal al asunto) nos detiene. La razón detrás de este desprecio por la mujer que piensa es, como muchas otras cosas en el mundo, la suposición de que hay un código de comportamiento femenino y uno masculino, y que los individuos deberían mantenerse dentro de esos márgenes para que el mundo siga funcionando. Así, lo que se contrapone a “pensar”, cuando se trata de una mujer, no es necesariamente “actuar”, sino “sentir”. Porque esta visión del mundo no requiere tampoco que la mujer “haga” mucho, sino que “sienta” mucho. Y todo esto que siente, a su vez, es la piedra angular de su construcción social: la mujer que siente es comprensiva, cariñosa, maternal, etérea. Claro, podría parecer que quiero ver la realidad a través de mi experiencia y no sólo eso: a través de un momento en particular. Pero para desengañarse, basta con asomarse a ciertas corrientes de pensamiento que podrían considerarse new age… si no fuera porque repiten como novedoso un prejuicio tan antiguo como el menosprecio por las mujeres.

Hay muchísimas personas informadas, con diversos niveles de educación formal, que están convencidas de una de las variantes del pensamiento mágico que propone que la verdadera esencia de lo femenino es obligatoriamente pasivo y “espiritual”. Con la mejor de las intenciones (aparentemente) en su mente, consideran que es un status quo que se va borrando y que, por consiguiente, genera los conflictos de violencias, en sus distintas formas, hacia las mujeres. Si las mujeres le hiciéramos más caso al corazón y menos a la cabeza, estaríamos en paz. Recuerdo la certeza con que una conocida me dijo alguna vez “bueno, es que los hombres siempre son más de pensar y nosotras de sentir, ¿no?”. No: pensar, en todas sus formas, lo mismo como un hábito que como un ejercicio casual, es una actividad que debería practicarse ante todo momento de decisión, e incluso si no se está ante una disyuntiva. Pensar no carece de humanidad, todo lo contrario, es nuestra capacidad de pensamiento una de las principales características de la especie. Y no está restringida a un solo sexo. (Continua la próxima semana)

Acciones para existir de manera sana y segura en los espacios digitales

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El pasado 27 de julio asistí al FemHack, un evento impulsado por SocialTIC a través de Ciberseguras. El arranque fue maravilloso: mediante un ejercicio de introspección compartimos nuestras experiencias, miedos y prácticas de uso en Facebook. Entre los relatos de las asistentes hubieron grandes coincidencias y se revelaron algunas prácticas –un tanto complicadas– como mantener 2 o mas perfiles para filtrar contactos y contenido.

Punto de partida.

Ya usamos la plataforma, es parte de nuestras actividades cotidianas desde hace varios años, por eso la importancia de conocer y comprender cómo funciona, identificar los cambios que se le realizan y aprender a usar la configuración del perfil de acuerdo a nuestras necesidades, porque la autogestión y el autocuidado son nuestras acciones para existir de manera sana y segura en los espacios digitales.

Como parte del ejercicio principal de revisión sobre nuestros hábitos de uso y evaluar la depuración del contenido que tenemos en ese servicio, iniciamos con identificar qué es lo que nos preocupa de usarla hasta medir qué tanto de lo publicado debería continuar ahí.

Acá les compartimos el ejercicio:

Puedes descargarlo aquí.

Tómate un tiempo para revisar tu perfil y tu actividad para que elijas qué dinámicas modificar y cuáles conservar.  Visita frecuentemente la sección de configuración, las aplicaciones a las que les has dado autorización para que usen tus datos personales otorgados a Facebook y las sesiones que tengas abiertas. Compártenos tus tips de seguridad también.

La buena noticia, es que hay mas opciones para socializar que FB y en próximas notas las describiremos.

Suicidio y masculinidad tóxica

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Antes que nada, tengo que decir que no tengo ninguna formación profesional en el ámbito de lo psicológico. Sin embargo, no es necesario saber de los procesos de la mente y las emociones para notar lo susceptibles que somos ante sus múltiples desajustes.

Hace unos días el cantante de un grupo famoso de música de rock se suicidó. Desafortunadamente, no es el primero ni será el último. Mucho puede discutirse sobre si tenía una causa o una razón para suicidarse, y aunque haya miles de personas que pongan en duda la validez de sus acciones, o la justificación de su decisión, incluso su pertinencia, es incuestionable que el peso de experiencias pasadas llegó a un punto avasallador, imposibilitándole toda esperanza en el futuro. Lamentablemente, somos una sociedad que cuestiona la fortaleza de los individuos y su ‘temple’ cuando se quiebran ante condiciones síquicas y emocionales que, aunque comunes, no son universales necesariamente. En este caso especial, el joven había sido víctima de abuso sexual durante la infancia, y aunque una vez adulto encontró un canal para ventilar toda la situación y sus ramificaciones en su vida y en sus sentimientos, mientras sucedía el abuso e inmediatamente después, optó por el silencio, cobijado por su familia. Esta es, tristemente, una situación demasiado común. El abuso sexual infantil es un problema mucho mayor y mucho más añejo de lo que parece. Millones de personas lo han padecido a lo largo de la historia, y sin embargo, poco se ha venido haciendo para prevenirlo, y desde muy recientemente.

Pero hay un detalle importante que cabe acotar en esta problemática y su impacto social: la enorme diferencia que se establece cuando se habla de víctimas del sexo femenino y del sexo masculino. Y estas diferencias están enraizadas en conceptos profundamente sexistas, cuyas consecuencias son innegablemente devastadoras no sólo para las víctimas, sino para toda la sociedad en tanto que afecta las relaciones que los sobrevivientes del abuso establecen con otras personas a lo largo de su vida.

“Los chicos no lloran” es una expresión y, desafortunadamente, un sentimiento demasiado común. La idea tóxica de la masculinidad como una columna de piedra impenetrable, resistente a todos los embates de la vida, en realidad es una construcción social imposible y extremadamente dañina.

Es verdad que el estigma del abuso sexual infantil se trata de evitar a toda costa, independientemente del género, pero es también verdad que una enorme mayoría está más dispuesta a recibir con compasión y con entendimiento a una sobreviviente que pertenezca al género femenino que a uno del masculino. Y es que, en el imaginario colectivo, una víctima de violencia sexual infantil es débil y desprotegida, y un niño está en una especie de entrenamiento permanente para no caber en ninguna de esas descripciones. Además, en el orden “normal” de las relaciones, el sexo es algo que “se le hace” a una mujer, pero no a un hombre. Puede parecer tremendamente descabellado hablar así de una relación sexual, pero para acallar dicha incredulidad, me gustaría remitirme a un ejemplo clarísimo en la cultura mexicana: consúltese la parte correspondiente a Los hijos de la Chingada en El Laberinto de la Soledad, de Octavio Paz. A pocas personas les queda claro que la violencia sexual no es una cuestión de deseo, sino de poder, y por consiguiente, el entendimiento que debería extenderse hacia los sobrevivientes suele estar manchado por el prejuicio de qué tanto la persona lo permitió o, en casos tristemente enfermizos, lo provocó.

Desde hace por lo menos cinco años, algunos especialistas han detectado una alarmante tendencia en las estadísticas: en ciertas sociedades, especialmente las más ‘desarrolladas’, la tasa de suicidio masculino es mucho mayor que la de los suicidios de mujeres, y aunque muchas personas tratan de desestimar las causas de esta tendencia, es evidente (para quienes estamos en la disposición de reconocerlo) que tiene sus orígenes en la fractura que sucede entre lo que se espera de los hombres y su comportamiento y lugar en la sociedad, y lo que sucede en la realidad. Ese muro insondable detrás del cual se espera que se escondan no es tal, y no es sano. Cuando a un individuo se le niega la posibilidad de expresar sus sentimientos en general, pero especialmente, cuando se le condiciona a reprimir las devastadoras consecuencias del abuso sexual en su comportamiento y en su desarrollo emocional y psíquico, cuando se le educa a “portarse como hombrecito”, en realidad no se está atendiendo el problema.

Nuestras sociedades sienten un profundo malestar con respecto a la salud mental y su importancia en la salud pública. La depresión a menudo suele confundirse con “enorme tristeza” y se quiere hacer ver como un estado pasajero del ánimo, y no como un malestar profundo y devastador para la vida de los individuos que la padecen. La ansiedad es otra de las “enfermedades del ánimo” que son incomprendidas y menospreciadas por muchas personas, y hay muchas otras condiciones de la mente humana que, para muchas personas, es mejor ignorar y pretender que se trata de una debilidad de carácter, incluso si esas personas están relacionadas directamente con alguna otra persona que las padezca. Pero además de la capa de incomprensión sobre la salud mental, está el enorme obstáculo de las expectativas de género que permean la forma en que debería comportarse un hombre y la forma en que debería comportarse una mujer. Mientras no se atienda el cada vez más evidente impacto que la concepción machista de los géneros tiene en la salud mental de los individuos, la tendencia al suicidio, entre muchas otras formas de lidiar con estos desajustes, seguirá creciendo.