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Cultura de la violación

Por qué es tiempo de prestar atención al terrorismo misógino

Por qué es tiempo de prestar atención al terrorismo misógino

By | Cultura de la violación | No Comments
Tiempo de lectura: 3 minutos

Recientemente el New York Times publicó un artículo sobre el más reciente asesinato masivo con un vehículo, ocurrido en Toronto, donde un hombre atropelló a personas en una acera, mató a 10 e hirió a 15 más.

La mayoría de las personas que fallecieron en ese trágico evento fueron mujeres y por una razón: el hombre que condujo la vagoneta rentada ese lunes era un misógino que buscaba venganza ante que su enferma idea de que las mujeres le “negaban sexo injustamente”.

Como bien lo dice el artículo, este tipo de ideologías y quienes las están llevando a cabo no son un fenómeno reciente. Su primer prácticamente fue Elliot O. Rodger, quien en 2014 mató a seis personas en Isla Vista, California.

Tras este asesinato también se descubrió que tenía un manifiesto misógino, además de que promovía, a través de su canal de YouTube, el odio a las mujeres, llamándolas “zorras”, “malcriadas”, “presumidas” y peores calificativos.

Todo ello, como bien lo dice el artículo, ocurre porque desde hace varios años diversos grupos misóginos han surgido en Internet pero, lo que es más alarmante, se ha vuelto cada vez más evidente que sus acciones están pasando poco a poco de lo virtual a lo real.

Lo que hacen no puede considerarse más que terrorismo, terrorismo misógino, para ser precisos. ¿Y por qué llamarlo así? Las comunidades anti-mujeres son un hecho y han crecido exponencialmente, pasando desde los grupos de “derechos de los hombres” (MREs, por sus siglas en inglés) hasta los “artistas del ligue” (como se podría traducirse el término “pickup artists”).

Igualmente, sus ideas de odio a las mujeres son cada vez más organizadas y promovidas. Todos comparten la tendencia a creer, erróneamente, que las mujeres, sobre todo las más atractivas, les DEBEN atención.

Algunos de los defensores de estas ideas, como el grupo “incel” (involuntary celibate o celibato involuntario) en el que estaba el asesino de Toronto promueven la violación como una forma de terminar su situación. Algunos incluso han abogado por la “legalización” de la violación.

En algunos de estos grupos los asesinos de mujeres son elogiados como héroes. Algunos han seguido sus pasos, como un hombre que mató a 9 en Oregon en 2015, que nombró a Rodger en su manifiesto.

Grupos feministas, por cierto, sí han advertido acerca de estos grupos de odio y su propensión a comenzar acciones violentas en la vida real, incluso por más de una década. Quienes han alertado respecto a estas ideas, en vez de ser tomadas en cuenta, han sido descalificadas e incluso atacadas por esos mismos grupos a los que denuncian.

Pero creo que debe tomárseles en serio. Estos grupos fomentan acciones de miedo sobre la mitad de la población, algunos de ellos alientan a sus miembros más enfermos a llevarlas a cabo, otros incluso les dan ideas y sugerencias de cómo hacer lo peor.

Y si no creen que sea grave, que se esté extendiendo esta tendencia, solamente hay que revisar el caso de La Manada: un grupo en WhatsApp, de 21 hombres, que ‘bromeó’ sobre violar mujeres, ofreció sugerencias de qué ‘herramientas’ usar y, finalmente, logró su objetivo: que una chica fuera atacada por 5 de estos engendros, para después solamente ser acusados por abuso, en vez de violación, porque el juez no tomó en cuenta todas estas acciones premeditadas expuestas en su WhatsApp para su sentencia.

Creo que es tiempo de prestarle atención a estos grupos, al igual que se les presta a los extremistas de cualquier ideología o religión, porque poco a poco van convenciendo a sus adeptos de actuar respecto a sus equivocadas ideas y acabar con tantas mujeres como sea posible. No es posible que las autoridades no sepan de qué se trata ni tomen en cuenta la incitación al odio que ocurre en línea cuando hay un crimen. Ya es suficiente.

Cosas que pasan

By | Análisis, Conversemos, Cultura de la violación, Feminismo, Food for thought, Reflexiones, Sexismo | No Comments
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Aunque no seamos del todo conscientes de ello, nuestras elecciones en el lenguaje que usamos cotidianamente no son casuales. Pueden ser, y a menudo lo son, descuidadas, pero incluso este descuido está relacionado mucho más con la familiaridad que con la casualidad. Por eso mismo, cuando se habla de un crimen, no es una coincidencia la forma en que se habla de la víctima y la forma en que se habla del victimario, incluso si la identidad de este segundo es un enigma. Mucho se ha hablado en otros espacios de la tendencia social a culpar a la víctima de los delitos y acciones criminales a los que una persona decide someterle. Especialmente, cuando se trata de violencia sexual, y cuando las víctimas son mujeres. Es más fácil convencerse de que podemos evitar ser víctimas de la violencia sexual que alguien decida ejercer sobre nuestros cuerpos si creemos que hacemos todo lo necesario para no ponernos en peligro.

Poco importa, en la mentalidad colectiva, que esto último sea una falsedad y que los hechos lo demuestren constantemente. La sensación de seguridad es más urgente que el entendimiento de las complejidades del comportamiento social en torno a la sexualidad. Así, podemos encontrar a menudo que hay dos líneas de pensamiento que orientan la forma en que la gran mayoría de las personas van a hablar de las víctimas de violencia sexual, primordialmente estas víctimas son mujeres adultas. La primera, es la que las hace culpables inequívocamente: desde el “si ya sabe cómo están las cosas, ¿para qué se arriesga?” al “si no quería que la violaran, ¿qué estaba haciendo ahí?”. Poco importan las circunstancias: la víctima tenía conocimiento y experiencia suficiente para prever (o haber previsto) las acciones de su victimario, pero un error de juicio la llevó a jugársela de todos modos. Sobre esto volveremos más adelante.

La segunda línea se presenta como menos prejuiciosa, incluso más “humanitaria”, si se quiere ser generoso. La víctima no tiene la culpa de “lo que le pasó”. Aquí, lo problemático no es que pasara o no pasara algo, sino que al eliminar a un sujeto activo de la expresión, se está de todos modos dejando a la víctima sola, como único elemento humano presente en las acciones que sucedieron. Porque cuando algo malo “le pasa” a alguien, no siempre sucede porque alguien más lo haya hecho, o siquiera porque lo haya querido: fue un accidente sin culpables, un desafortunado suceso que nadie quería que ocurriera. Pero resulta que las violaciones y los feminicidios no son sucesos desafortunados que nadie puede prevenir: son el resultado de decisiones criminales y perjudiciales que alguien toma para ejecutarlas en perjuicio de alguien más. Un hombre decide violar a una mujer; un hombre decide quitarle la vida.

Un caso muy reciente, y que evidencia completamente el problema discursivo de describir las acciones como “cosas que pasaron” es el que involucra a Karen Grodzinki y Axel Arenas. A lo largo de las últimas dos semanas, tuvieron lugar el feminicidio de la primera, la captura del segundo como presunto culpable, y su liberación al acreditarse, mediante las pruebas presentadas, que no estaba dentro del país al momento del delito. Cabe mencionar que, siendo que se trata de un caso sin resolver, pero en el cual la no culpabilidad del acusado ha sido comprobada, no estamos hablando del delito en sí, sino de la forma en que algunas personas han hablado en torno a las acciones.

Como suele suceder en estos casos, el acusado tiene a su alrededor una red de conocidos y seres cercanos a quienes el señalamiento de su probable culpabilidad indignó y tomó por sorpresa. Nada de malo hay en ello: todos, incluso el más cruel de nosotros, tiene familia, amigos, colegas. Nada de malo tiene, tampoco, que esta red de conocidos haga todo lo que crea conveniente para probar su inocencia, especialmente si están convencidos de ella y tienen forma de comprobarlo. El problema es que uno de estos conocidos, un antiguo colega del acusado, durante una entrevista, lamentó “lo que le pasó a la chica”. Es poco probable que hubiera una intención dolosa detrás de la forma de expresarlo, o que lo dijera con toda consciencia de ello. Pero la hay: cuando se presenta un delito como “algo que le pasó” a la víctima, no estamos diciendo que no sepamos quién lo cometió, estamos menospreciando la intencionalidad detrás de ese delito. Y lo mismo podría decirse de que el joven actor, Axel, haya sido señalado como culpable: no “le pasó” que lo acusaron, sino que una o unas personas concretas, que trabajan en una institución cuya función primordial es brindar justicia expedita, lo acusaron falsamente, sin pruebas que sustentaran los cargos. No fue casualidad, no fue una coincidencia: fue una enorme perversión de los atributos de dicha institución.

Mucho se ha discutido sobre los cambios que tienen que llevarse a cabo en la sociedad para que el problema de violencia sistémica en contra de las mujeres se solucione. Y mucho se habla de la educación y sensibilización como elementos fundamentales de cualquier propuesta que llegue a implementarse. Sensibilizar sobre la violencia no se limita a entender las acciones, sino también la manera en que, con nuestras palabras, elegimos justificar o minimizar dichas acciones.

 

A Sergio Zurita le molestan las mujeres o de cómo la ignorancia es atrevida

By | Análisis, Autodefensa, Cultura de la violación, Feminismo, Medios, Redes Sociales, Sexismo | No Comments
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Una queja constante de un gran segmento de la población contemporánea, más o menos ilustrada y más o menos con preocupaciones intelectuales/sociales/políticas, es el advenimiento de la muy temida “corrección política”. Como con muchas cosas a lo largo de la historia, y como con muchas ideas y movimientos, la llamada “corrección política” suele ser fuente de enojo y de temor por parte de individuos que ven una amenaza directa a sus circunstancias de vida, incluso si tales circunstancias no le favorecen en realidad. Además, esta molestia es profundamente flexible: mientras en un país como los Estados Unidos, con una población migrante que está a punto de ser mayoría, la queja de quienes ostentan un número de privilegios sociales, educativos, raciales y de identidad sexual contra la corrección política es que les impide usar un vocabulario que anteriormente les permitía referirse a las minorías con una serie de epítetos en contra de los cuales no protestaba nadie, porque no había suficientes voces en contra de tales prácticas, y porque ninguna queja, si la hubiera, tenía suficiente autoridad para imponerse. Pero que en México no haya una población tan diversa en lo racial como la hay más al norte, no quiere decir que haya menos personas que se lamenten de la imposición de la “corrección política” y las aparentes limitantes que le impone en la vida. Por ejemplo, “ya no” le permiten al individuo heterosexual, mestizo, con cierto poder adquisitivo, burlarse abiertamente del indígena, del homosexual, del pobre. Y aparentemente, esta “prohibición”, lejos de ser una cuestión de la más elemental cortesía o del más fundamental respeto, en realidad se trata de una imposición arbitraria, de una conspiración para acabar con su derecho a la disminución, la burla y la discriminación.

Pero hay otra arista en este prisma de persecución paranoica del individuo privilegiado: la que se refiere al profundo cambio social que, lenta pero indudablemente, se está gestando gracias al feminismo. Y en este sentido, abundan en México las voces que, cobijadas por la seguridad que otorga el privilegio, y bien entonadas por la valentía que otorga la ignorancia, decretan la muerte de la sociedad a manos de esas mujeres que se atreven a discordar, a protestar, a rebelarse, a no dejarse matar en silencio, a no dejarse abusar, ni controlar. Las mujeres, y especialmente las mujeres feministas, vamos a lograr acabar con el mundo antes de que los estragos del cambio climático lo hagan, o eso pareciera que temen todos aquellos pobres infelices que, temblando por el cambio que se gesta ante sus propios ojos, lanzan un grito desesperado para volver al status quo, a las buenas costumbres, a ese pasado idílico cuando las mujeres sabíamos cuál era nuestro lugar y lo aceptábamos serenamente.

Un muy nefasto ejemplo de estas actitudes se puede encontrar en el programa radiofónico “Dispara, Margot, dispara”  en la emisión del 7 de septiembre del año en curso, en el que Sergio Zurita, uno de los conductores, emite una serie de juicios, de tono burlón y profundamente ofensivo, en contra, inicialmente, de “cierto tipo” de mujeres, para seguirse en contra de todas, porque claro, las mujeres somos un colectivo uniforme, que nos comportamos y movemos en grupo, y que tenemos la misma intención detrás de nuestras acciones. El asunto que trae a colación las “quejas” del locutor es una imagen que se hizo viral en días pasados, la del cartel pegado afuera de una escuela, presumiblemente pública, que pide a las madres de familia que conserven “el decoro” en la vestimenta a la hora de recoger a sus hijos a la salida. Firmada cobardemente por “sus hijos”, el cartel en cuestión suplica “atentamente” a las madres se abstengan de vestir en shorts, faldas cortas, camisetas de tirantes y otras prendas reveladoras, pues además de que provocarán que los compañeros se burlen de sus hijos, se pueden hacer acreedoras a que se les falte al respeto. Porque como sabemos, el respeto no es un valor que un individuo otorgue a los demás en virtud de su simple existencia: no, el respeto, y sobre todo hacia las mujeres, es un premio al cual una se hace acreedora sólo si pasa las pruebas que los demás le ponen.

En una lección magistral de cómo empeorar una profunda muestra de sexismo y discriminación, y de cómo el hecho de ser hombre y no conocer del feminismo ni su definición en el diccionario más básico,  Zurita se queja de que las mujeres estamos a punto de declarar que es nuestro derecho dispararle en la cara a quien nos de la gana. Claro, siempre se podrá argumentar que es una exageración para demostrar un punto, pero incluso discutiéndolo, el punto que se pretende demostrar es una construcción muy pobre: que las mujeres nos atribuimos derechos que no nos corresponden. En una sociedad donde la violencia sexual contra las mujeres se ejerce casi sistemáticamente, donde el feminicidio se sigue cuestionando incluso frente a los siete asesinatos de mujeres al día, a Zurita le molesta que las mujeres nos salgamos del huacal y nos atribuyamos el derecho de matar a quien nos de la gana.

Y continua con su exposición de prejuicios y de ignorancia:

«Ya por ser mujeres creen que todo es su derecho, hasta vestirse como quieren»
«Eso no es feminismo, es estupidismo»
«Si tienen hijos su felicidad es lo más importante, y si van vestidas como pirujas, ellos sufren»
«Quieren ir vestidas como golfas y los niños de sexto ya traen las pilas bien puestas, obvio les van a decir cosas»
«o las van a insultar por guangas o por verse como pirujas»

Ahora bien: siendo México, por lo menos en el nombre, una democracia, es verdad que, dentro de ciertos parámetros legales, un individuo puede decir en público lo que le de la gana. Y en lo privado, puede pensar lo que quiera y también expresarlo. Pero cuando quien se ostenta como comunicador emite un mensaje que normaliza la violencia sexual, que degrada a una parte de la población, y que muestra con tanta claridad su enorme desconocimiento de un tema que pretende conocer (el feminismo), cabe preguntarse si está ejerciendo su profesión con la responsabilidad que amerita. Porque el señor Zurita puede opinar lo que quiera, pero su opinión no va a cambiar el derecho de las mujeres, y de todos los individuos para el caso, a vestirse como les de la gana, y a esperar que se respete la mínima garantía social de que se respete su decisión.

TELENOVELAS: El héroe violador

By | Cultura de la violación, Feminismo | 2 Comments
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Entre los muchos recuerdos de mi infancia tengo presente a mis tías y madre viendo las telenovelas; y no voy a negarlo, muchas veces se me permitió verlas en compañía de las mujeres adultas de mi familia siempre y cuando ante ciertas escenas acatara la orden de darme la media vuelta porque pues decían mi madre y mis tías “hay escenas que una niña no debe ver”; sin embargo, esa prohibición  lejos de asustarme picaban mi curiosidad, y más de una vez me las apañé para ver esas escenas prohibidas donde los personajes aparecían haciendo cosas que años más tarde, cuando comenzaba a entrar en la pubertad entendí que era tener relaciones sexuales.

No voy a negar que ver telenovelas me entretenía; sin embargo, pese a que me gustaran, más de una vez me encontré irritada ante ciertas situaciones ocurridas en la trama y preguntándome porque todas las mujeres de las novela,  tanto si eran las buenas o las villanas, eran lo que para mí era una “vieja pendeja”. Me molestaba ver a la protagonista buena mostrada siempre como virgen, creyéndose menos valiosa si la violaban (o creía que había sido violada), me molestaba ver que siempre le perdonara sus puterias al protagonista masculino y que al final después de que este follara con casi todo el elenco femenino e  incluso que este la culpara y dudara de ella por chismes ajenos siempre terminara perdonándolo y casándose con él; me molestaba también ver a las villanas sin razón de ser, haciendo cosas estúpidas o postergando proyectos personales sólo por enfocarse en “quitarle” el galán a la buena. Siempre me hice preguntas como: ¿Por qué la villana pendeja se niega a salir de ese pueblo e irse a Europa sólo por quedarse cerca del protagonista? Ya quisiera yo poder ver los lugares que ella con su dinero puede visitar mientras yo me tengo que conformar con verlos en el libro de Geografía ¿Por qué la estúpida protagonista lo perdona después de que le dio la espalda en los peores momentos?

Muchas preguntas me hice en mi mente; pero la gota que derramó el vaso e hizo que esas preguntas en mi mente fueran expresadas fue aquella telenovela transmitida entre 1997 y 1998 llamada “LEONELA”.

La transmisión de LEONELA, fue de esas que por casualidad me vi toda, y que esto sucediera y comenzara a cuestionarme coincidió con ciertas cosas que estaban ocurriendo en mi vida: Yo ya tenía 10 años así que comenzaban a hablarme de sexualidad en la escuela, mi madre en casa comenzaba a hablarme de la sexualidad y ya no me prohibía que mirara esas escenas, y pues a esa hora en que estaba la telenovela al aire por casualidades de la vida no había ningún anime que yo quisiera ver; así que nada se interponía para que mirara esa novela; ese bodrio que hace apología a la violación, y creo poder decir es la más machista y misógina de entre todas las telenovelas habidas y por haber.

Así pues, en LEONELA se nos presenta como protagonista a una chica (cuyo personaje se llama como la telenovela) millonaria que acaba de terminar sus estudios en el extranjero y está por casarse con su prometido quien pertenece a la misma clase social que ella. El día de su fiesta de compromiso, su prometido que es un rico prepotente golpea y humilla al protagonista; el cual, por casualidades del destino y todavía estando bajo los efectos del alcohol, más tarde se encuentra con Leonela quien a altas horas de la noche camina sola por la playa, y como un acto de venganza contra el novio de esta decide violarla.

Una vez habiendo pasado aquel suceso, el protagonista se arrepiente y entonces busca a la protagonista (quien al principio parece estar en negación ante lo ocurrido) para ofrecerse a casarse con ella como una manera de  “reparar su error”. Para colmo de males, Leonela queda embarazada y su violador comienza a acosarla por todos lados para impedirle que aborte al fruto de la violación; por lo cual la familia de Leonela para ponerle fin a lo que era un acoso constante (aunque el televidente no lo quería ver así) manda matar al protagonista violador pero este en defensa propia termina matando a uno de los sicarios y es ahí que la protagonista aprovecha para ser la abogada en su contra y encargarse de que el tipo vaya a prisión aunque sea pagando un delito que no cometió, ya que por el que dirán Leonela no se atreve a hacer del conocimiento público que fue violada; y para que el tipo sufra más decide que una vez que el hijo nazca lo dará en adopción.

Hasta ese momento de la telenovela, todos los televidentes parecían minimizar el delito de la violación por cómo se nos presenta a los personajes: Por un lado, la protagonista es una chica millonaria a la nos muestran como un mujer superficial, frívola, que nunca ha pasado carencias, vive según las normas sociales, en un primer momento quiere abortar, refunde en la cárcel al protagonista por un crimen que no cometió y finalmente decide que en cuanto tenga al fruto de la violación lo dará en adopción en vez de entregarlo a la familia del violador como una manera de vengarse. Por otro lado, en la telenovela se trata de glorificar al violador encarnándolo en la piel de un actor bastante atractivo, nos lo muestra como un tipo humilde, trabajador, que quiere a su familia, está arrepentido, quiere casarse con la protagonista o que mínimo le entreguen al hijo producto del crimen que cometió. Y es así como entonces los televidentes comenzaron a odiar a la “malvada” de Leonela y compadecerse del “pobrecito” de Pedro Luis. Aún puedo recordar a mis tías y a las señoras que miraban esa novela maldiciendo a la desnaturalizada Leonela por no poder sentir amor por el hijo que llevaba en las entrañas y reivindicando al violador porque pues “Pobrecito, se arrepintió y aparte está bien guapo”, mientras yo, sin haber vivido muchos años les preguntaba: ¿Pero por qué tiene que querer a un hijo que le hicieron a la fuerza? ¿Por qué no la dejan abortar en paz? ¿Por qué ese idiota violó a Leonela para vengarse del novio y no le hizo el daño directamente al novio de ella? No, que ella sea mamona y creída no justifica que la violen ¿Por qué ese idiota (y me vale que sea guapo) se cree con el derecho de seguirla? ¿Por qué ese idiota la odia por el daño que según ella le hizo? ¿Por qué cree el pendejo que lo que hizo es una nimiedad?

En verdad me daba coraje ver como las televidentes parecían idiotizadas y no querer darse cuenta: Señoras orgasmeandose con el protagonista, señoras juzgando a Leonela por rechazar la maternidad producto de una violación, señoras odiando a Leonela porque mandó a violador a la cárcel por un crimen que no cometió (y cierto, el asesinato fue en defensa propia, pero parecía que se les olvidaba que el tipo era un VIOLADOR que encima la acosaba y que igual merecía el peor de los castigos).

Sin embargo ahí no termina la cosa, la familia del tipo, la cual estaba bien hundida en la miseria logra adoptar al bebé (yo no sabía que hubiera un país donde fuera tan fácil adoptar y encima escoger cual niño quieres como si se tratara de elegir peluches en la juguetería, pero en LEONELA así ocurre) y pasados pocos años, antes de lo esperado el protagonista logra que le reduzcan la condena y sale convertido en un abogado millonario (porque tuvo la suerte de conocer a un prisionero de celda que le heredó sus bienes) con el propósito de vengarse de Leonela; mientras que la protagonista se ha convertido en una mujer amargada,  incapaz de tener una relación sexo-afectiva y además está arrepentida de haber dado al hijo en adopción.

Para no hacer el cuento largo, quien sabe cómo los protagonistas se terminan enamorando, se casan, y después de muchos intentos fallidos de tener sexo porque ella está traumada, finalmente el tipo recrea la escena de la violación y entonces como por arte de magia parece que los traumas de la protagonista desaparecen como si nada.

En fin, a la fecha cada que recuerdo esa telenovela y a las televidentes (en su mayoría eran mujeres) reivindicando y solidarizándose con el protagonista se me revuelven las entrañas. Y sin temor a equivocarme creo que es ahí cuando sin saberlo y a corta edad comenzó mi devenir feminista, aunque ese sólo fue el inicio pues todavía me faltaba mucho camino por recorrer en mi proceso de construcción.