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El feto ingeniero y por qué su mensaje va más allá de un meme

By | Educación, Feminismo | No Comments
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Quizá han visto circular el meme del feto ingeniero por sus redes sociales. A lo mejor no entienden en lo absoluto a qué se refiere el meme, quizá vieron una parte y no la idea completa, por lo cual su idea del mismo es incompleta.

Pues bien, por si no tienen ni idea, les cuento de qué trata y también por qué es más que un meme. La imagen que inició todo fue un cartel de una persona anti derecho a decidir en Argentina, que en una protesta contra la libertad de elección de cada mujer de continuar o interrumpir el embarazo (tema que se está discutiendo en esos lares), sacó el siguiente cartel:

Feto Ingeniero

Por supuesto, de inmediato se volvió burla de quienes conocen al menos un poco de biología.

Acá pueden ver algunos de los chistes que surgieron a raíz de esto:  http://cosecharoja.org/10-memes-para-el-feto-que-quiere-ser-ingeniero/

Un feto como el de la imagen, antes de las 12 semanas, no cuenta con sistema nervioso, no piensa, por lo tanto, no puede tener vocación alguna.

En cambio, la mujer que carga ese embrión puede ser alguien cuya vida se pone en peligro por terminar ese embarazo, violada, a quien le falló el método anticonceptivo y ya tiene otras bocas que alimentar y de las cuales preocuparse, y sí, alguien que se embarazó por accidente, pero que sabe que no tiene los recursos ni la capacidad física y emocional para tener un embarazo.

Es, por decir lo menos, una imposición criminal la que quieren hacer todas esas personas que pretenden ponerle aspiraciones y personalidad a un embrión que no se ha desarrollado ni tiene conciencia de sí mismo.

¿Les parece exagerado lo que digo de que es una imposición criminal? Nada más hace falta acordarse de las menores violadas que han tenido que peregrinar por hospitales porque los médicos, “por dictado de su conciencia”, les imponen lo que ellos creen y les imponen un embarazo y un bebé del que después, por supuesto, ni se preocupan.

Es criminal cuando se piensa que algunos han llegado al extremo de, aunque la vida de la madre corra peligro, hacerlas terminar el embarazo para que nazca un bebé (por poner un ejemplo, como en este caso: http://cosecharoja.org/la-dejaron-morir-en-nombre-de-la-moral/ ).

Y es absurdo cómo los anti-elección consideran que una persona hecha y derecha, con preocupaciones, aspiraciones, carencias, salud muy reales, es decir, la mujer embarazada, son secundarias a lo que puede ocurrir con embrión, que no es persona, bajo ningún concepto, porque no piensa, no tiene sistema nervioso y por tanto no siente, que incluso podría no nacer por causas naturales (porque el cuerpo hace eso por sí mismo muchas veces, terminar un embarazo de forma espontánea).

También basta pensar en el desequilibrio de cómo se toman las decisiones para ver por qué es absurdo lo que propone el cartel del cual se hicieron tantos chistes, burlándose: si un hombre “determina” que no quiere que se lleve a término ese embarazo, pero que tampoco se encargará si la mujer por sí misma continúa, a ella la sociedad siempre la juzgará y catalogará de dos maneras: o “asesina” si decide terminar su embarazo antes de las 12 semanas, o “mamá luchona” (mote de burla que sustituyó a madre soltera) si decide tenerlo y criarlo. ¿A él? A él no le pasará absolutamente nada, seguirá su vida tan tranquilo, sin obligaciones ni estigmas.

Aquí hay que notar algo más: la decisión que menos cuenta en todo este asunto, para esos anti-elección, es el de la mujer. Sí, esa mujer que pasará por cambios físicos muy importantes en su cuerpo, que podría poner su salud en peligro -porque el embarazo en muchos lugares es factor de riesgo, si no, vea las estadísticas en México de muertes en mujeres embarazadas-, que deberá soportar burlas posiblemente, que deberá cambiar su vida entera.

Aunque ELLA sea la directamente afectada, para muchas “buenas conciencias” (eufemismo para gente que se mete en lo que no le importa y no ayuda cuando sí es necesario ayudar) es la que menos puede decidir. ¿Fascismo, dijo alguien?

Yo espero que, más allá de quedarse en meme que sirvió como burla contra esa gente, algunos comprendan el subtexto de la imagen del feto ingeniero, que resumió magistralmente esta persona:

“Espero que todo el mame del feto Ingeniero, les ayude a reflexionar sobre que los fetos no son personas y no pueden tomar decisiones propias, las mujeres si podemos y por eso el aborto debería ser seguro, legal y gratuito.

Bendiciones bbs. ❤”

Cosas que pasan

By | Análisis, Conversemos, Cultura de la violación, Feminismo, Food for thought, Reflexiones, Sexismo | No Comments
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Aunque no seamos del todo conscientes de ello, nuestras elecciones en el lenguaje que usamos cotidianamente no son casuales. Pueden ser, y a menudo lo son, descuidadas, pero incluso este descuido está relacionado mucho más con la familiaridad que con la casualidad. Por eso mismo, cuando se habla de un crimen, no es una coincidencia la forma en que se habla de la víctima y la forma en que se habla del victimario, incluso si la identidad de este segundo es un enigma. Mucho se ha hablado en otros espacios de la tendencia social a culpar a la víctima de los delitos y acciones criminales a los que una persona decide someterle. Especialmente, cuando se trata de violencia sexual, y cuando las víctimas son mujeres. Es más fácil convencerse de que podemos evitar ser víctimas de la violencia sexual que alguien decida ejercer sobre nuestros cuerpos si creemos que hacemos todo lo necesario para no ponernos en peligro.

Poco importa, en la mentalidad colectiva, que esto último sea una falsedad y que los hechos lo demuestren constantemente. La sensación de seguridad es más urgente que el entendimiento de las complejidades del comportamiento social en torno a la sexualidad. Así, podemos encontrar a menudo que hay dos líneas de pensamiento que orientan la forma en que la gran mayoría de las personas van a hablar de las víctimas de violencia sexual, primordialmente estas víctimas son mujeres adultas. La primera, es la que las hace culpables inequívocamente: desde el “si ya sabe cómo están las cosas, ¿para qué se arriesga?” al “si no quería que la violaran, ¿qué estaba haciendo ahí?”. Poco importan las circunstancias: la víctima tenía conocimiento y experiencia suficiente para prever (o haber previsto) las acciones de su victimario, pero un error de juicio la llevó a jugársela de todos modos. Sobre esto volveremos más adelante.

La segunda línea se presenta como menos prejuiciosa, incluso más “humanitaria”, si se quiere ser generoso. La víctima no tiene la culpa de “lo que le pasó”. Aquí, lo problemático no es que pasara o no pasara algo, sino que al eliminar a un sujeto activo de la expresión, se está de todos modos dejando a la víctima sola, como único elemento humano presente en las acciones que sucedieron. Porque cuando algo malo “le pasa” a alguien, no siempre sucede porque alguien más lo haya hecho, o siquiera porque lo haya querido: fue un accidente sin culpables, un desafortunado suceso que nadie quería que ocurriera. Pero resulta que las violaciones y los feminicidios no son sucesos desafortunados que nadie puede prevenir: son el resultado de decisiones criminales y perjudiciales que alguien toma para ejecutarlas en perjuicio de alguien más. Un hombre decide violar a una mujer; un hombre decide quitarle la vida.

Un caso muy reciente, y que evidencia completamente el problema discursivo de describir las acciones como “cosas que pasaron” es el que involucra a Karen Grodzinki y Axel Arenas. A lo largo de las últimas dos semanas, tuvieron lugar el feminicidio de la primera, la captura del segundo como presunto culpable, y su liberación al acreditarse, mediante las pruebas presentadas, que no estaba dentro del país al momento del delito. Cabe mencionar que, siendo que se trata de un caso sin resolver, pero en el cual la no culpabilidad del acusado ha sido comprobada, no estamos hablando del delito en sí, sino de la forma en que algunas personas han hablado en torno a las acciones.

Como suele suceder en estos casos, el acusado tiene a su alrededor una red de conocidos y seres cercanos a quienes el señalamiento de su probable culpabilidad indignó y tomó por sorpresa. Nada de malo hay en ello: todos, incluso el más cruel de nosotros, tiene familia, amigos, colegas. Nada de malo tiene, tampoco, que esta red de conocidos haga todo lo que crea conveniente para probar su inocencia, especialmente si están convencidos de ella y tienen forma de comprobarlo. El problema es que uno de estos conocidos, un antiguo colega del acusado, durante una entrevista, lamentó “lo que le pasó a la chica”. Es poco probable que hubiera una intención dolosa detrás de la forma de expresarlo, o que lo dijera con toda consciencia de ello. Pero la hay: cuando se presenta un delito como “algo que le pasó” a la víctima, no estamos diciendo que no sepamos quién lo cometió, estamos menospreciando la intencionalidad detrás de ese delito. Y lo mismo podría decirse de que el joven actor, Axel, haya sido señalado como culpable: no “le pasó” que lo acusaron, sino que una o unas personas concretas, que trabajan en una institución cuya función primordial es brindar justicia expedita, lo acusaron falsamente, sin pruebas que sustentaran los cargos. No fue casualidad, no fue una coincidencia: fue una enorme perversión de los atributos de dicha institución.

Mucho se ha discutido sobre los cambios que tienen que llevarse a cabo en la sociedad para que el problema de violencia sistémica en contra de las mujeres se solucione. Y mucho se habla de la educación y sensibilización como elementos fundamentales de cualquier propuesta que llegue a implementarse. Sensibilizar sobre la violencia no se limita a entender las acciones, sino también la manera en que, con nuestras palabras, elegimos justificar o minimizar dichas acciones.

 

#25N Movilización Nacional Contra el Acoso Digital

By | Acoso Sexual, Autocuidado, Autodefensa, Campañas, Ciberactivismo, Denuncia Pública, Difusión, Eco, Feminismo, Legal, Medios, Políticas Públicas, Redes Sociales, Respuesta Pública, Seguridad, Tecnología | No Comments
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Hasta hace relativamente poco tiempo, la idea del acoso digital (en redes y medio electrónicos) y sus efectos parecían ser una más de las “desventajas” que supone ser habitantes de un mundo cada vez más conectado. La realidad es que el respeto a la privacidad, a la imagen pública y, sobre todo, a la seguridad de nuestra información, es un asunto serio, y el vacío legal a su alrededor ha sido aprovechado por algunas personas para ejercer una forma de violencia específica, casi siempre en detrimento de mujeres que dan por terminada una relación, que denuncian acoso “real”, o que, en casos más extremos, se atreven a tener una opinión propia. La difusión de su información personal (dirección, lugar de trabajo, direcciones de correo y números telefónicos privados) ha sido una forma de venganza que busca vulnerar la seguridad de una mujer, asustarla. Conviene aclarar, por si fuera necesario, que aunque no es lo mismo que el llamado cyber-bullying, que es un problema en sí mismo, es un ejemplo todavía más violento y brutal, pues busca dañar toda la imagen pública de la víctima, incluso involucrando a compañeros de trabajo, siempre que sea posible. En cada vez más y más sociedades se ha abordado el tema, y en fechas recientes, se ha buscado en México legislar para controlar el problema. En La Cuarta, nos unimos a la campaña de Movilización Nacional contra el Acoso Digital, que se llevará a cabo a lo largo de este fin de semana, en distintas ciudades del país. Además, habrá la actividad “Tendedero de la Violencia Digital”, para que quienes deseen compartir su experiencia de acoso digital como una forma de concientizar sobre sus implicaciones, o de evidenciar el daño que causa, puedan hacerlo. Estas son unas de las razones:

  • En México no se ha imputado ni sentenciado a ninguna persona que haya violentado a una mujer en espacios digitales, precisamente por las lagunas legales y el escaso conocimiento del derecho digital por parte de las autoridades correspondientes, las mujeres no cuentan con un entorno de confianza para denunciar.
  • Algunos estados de la república no tienen policía cibernética, tampoco capacitación en materia de derechos digitales.
  • Cuando se trata de una menor de edad la tipificación y protección es por el delito de pornografía infantil que es un delito que se persigue de oficio, pero cuando es una mujer mayor de 18 años a la que han obligado a desnudarse, han acosado y exhibido en redes sociales sin consentimiento NO EXISTE NINGÚN DELITO QUE PERSEGUIR.
  • 90% de los contenidos con violencia publicados en redes sociales, tienen como víctima a una mujer o niña.
  • Facebook no tiene reglas de privacidad que protejan la dignidad humana. La última política adaptada por esta red social para contrarrestar el daño por la pornovenganza es realmente alarmante.
  • Nos preocupa que Mark Zuckerberg haya decidido convocar a miles de mujeres con miedo a ser explotadas virtualmente a subir ellas mismas sus contenidos y de esta manera se le entregue nuestra intimidad a Facebook así la red social se apropia del contenido para cifrarlo de manera que nadie más pueda volver a hacerlo púbico, o sea quiere Facebook evadir su responsabilidad y crear el pack más grande del mundo resguardado por el algortimo de esta plataforma.
  • Existen medios de comunicación que reproducen contenidos íntimos sin consentimiento, justifican sus publicaciones bajo la libertad de expresión para dañar la dignidad de las mujeres al meter a su agenda de contenidos, notas como: “Niña de calzones pequeños y apretadita fue violada”, “Lady Oxxo”, “Maestra tiene relaciones con sus alumnos y los graba” que en su mayoría son fake news pero el daño que causa a las mujeres es irreversible.

Galería de carteles por Sede

 

Participa. Lleva tu captura impresa y visibilicemos juntas esta #ViolenciaDigital que #SíExiste y #SiDaña

De víctimas a victimarias cuando se trata de violencia simbólica

By | Acoso Callejero, Autocuidado, Feminismo, Sexismo | No Comments
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Este texto lo compartió ayer una amiga feminista que trabaja desde hace tiempo el tema del acoso callejero. Está inspirado en una ponencia para un congreso llamado “Violencia, maltrato y abuso: víctimas y victimarios” que se realizó a finales del 2011 en Buenos Aires, Argentina.

Diana Maffía, mujer argentina, doctora en filosofía, investigadora y autora de muchas publicaciones lo escribió.


Definitivamente, las feministas somos unas amargas. Vemos machismo, patriarcado, androcentrismo, homofobia, lesbofobia, transfobia y violencia incluso en las situaciones más divertidas. Eso nos pone en un raro lugar: somos víctimas de permanentes ataques simbólicos, y a la vez victimarias por arruinar con nuestras respuestas destempladas las situaciones que gran parte de la sociedad considera entretenidas, glamorosas, seductoras, caballerescas, románticas y hasta corteses. Y lo peor de la confusión es que como pertenecemos a esa misma sociedad, tales situaciones también tienen eficacia simbólica sobre nosotras, también nos reímos y emocionamos con ellas; sólo que un Pepe Grillo feminista nos susurra al oído permanentes advertencias analíticas para que no caigamos en la trampa, para que no seamos literales, para que no sonriamos amablemente –como es de esperar- a los gestos corteses.

“¿Qué quieren las mujeres?” se preguntaba Freud, y el error de nosotras era estar expectantes a su respuesta. Mi propuesta de hoy es muy modesta. Contar algunas anécdotas, señalar algunas situaciones que encienden mi alarma, procurar tímidamente un puente comunicativo para hacer grietas en los implícitos sociales y generar vínculos que no lesionen con su reiteración a ningunx de lxs participantes en ellos.

Cuando inicié la carrera de filosofía, un profesor llamado Adolfo Carpio me dijo: “¿qué hace usted acá, no sabe que las mujeres no pueden hacer filosofía? Tiene lindos ojos, aprenda repostería y búsquese un novio”. Me ubicaba así en una disyuntiva común a muchas mujeres profesionales: o carrera o familia. La filosofía era un sacerdocio que requería no ocuparse del trajín de la vida cotidiana, por eso era para varones, que como todo el mundo sabe vienen equipados con mujeres que se dedican a las tareas de reproducción y cuidado, entonces ellos no deben renunciar a nada que les corresponda para dedicarse a la vida contemplativa. Esta deliberación es objeto de muchas indagaciones feministas, de excelente nivel, que ponen eje en el quiebre subjetivo de las mujeres que deciden innovar. Como ejemplo diré que en una investigación sobre carreras científicas de varones y mujeres, encontramos como dato significativo que el 25% de los investigadores superiores del Conicet eran solteros (su carrera era un sacerdocio) pero esa cifra trepaba al 75% en las mujeres, además de tener muchas menos oportunidades de llegar a la cima.

Muchos años después, ya doctorada y con el permanente esfuerzo de equilibrar familia y trabajo, ocupo la cátedra que fue de Carpio. Últimamente he pensado si no será un gozo enfermizo estar en este lugar, si fue una aspiración verdadera o movida por el desafío y la revancha. Y eso me lleva a reflexionar sobre los deseos de las mujeres y su concepto de éxito. Tenemos paradigmas que producen indicadores precisos de lo que la sociedad reconoce como éxito personal y profesional, y el costo subjetivo de esos indicadores para las mujeres es doble: si acompañan a un varón exitoso, es posible que tengan a su cargo la parte menos glamorosa de ese éxito vicario; si ellas mismas lo son, es posible que alcanzada la meta no encuentren la felicidad prometida sino una incomprensible insatisfacción. Para las innovadoras, que decidimos desafiar la dicotomía conciliando familia y profesión, la culpa de no alcanzar el ideal de perfección en ninguno de los roles (que obviamente requieren la renuncia al otro) es permanente.

Asi las cosas, claro, no estamos para chistes. Sin embargo ¡nos hacen chistes! Cuando me recibí, el profesor Eduardo Rabossi me felicitó haciéndome el extraño homenaje de contarme un chiste, precisamente este: Un hombre decide contratar una prostituta. Va a su departamento y encuentra que entre los previsibles adornos sugerentes había una pequeña biblioteca. Se acerca curioso y ve en ella libros de Kant, de Hegel, de Wittgenstein… Toma uno de ellos y ve que está subrayado y con acotaciones manuscritas. Le pregunta de quién son esos libros y la prostituta contesta que son de ella, que es filósofa. El hombre, extrañado, le pregunta cómo siendo filósofa trabaja de prostituta, y ella le contesta: “tuve suerte”. Fin del chiste. No me reí. Quedé como una amarga con mi profesor de derechos humanos.

Una brillante alumna mía, muy linda, terminó su carrera y no logró una beca o una plaza docente para comenzar a trabajar. Terminó de mesera en un restaurante muy caro de Puerto Madero, en plena era menemista, al que concurrían políticos y empresarios favorecidos por el gobierno (dicho sea de paso, algunos siguen concurriendo y siguen siendo favorecidos, pero ese es otro tema). Uno de los clientes en particular era muy pesado, con comentarios subidos de tono sobre su aspecto físico dichos a los gritos y festejados por sus contertulios. Un día mi alumna decidió contestarle con una frase de Nietszche. El diputado, sorprendido, le preguntó de dónde había sacado eso y ella le dijo que era filósofa. La pregunta fue inmediata: “¿y qué hacés trabajando aquí?”, y la respuesta de ella también: “esta es la Argentina en la que vivo, yo soy mesera y usted es diputado”. Los contertulios festejaron el chiste, el político no se rió, ella sintió una satisfacción interior que duró poco porque ese mismo día la echaron de su trabajo por hacer comentarios indecorosos a los clientes.

¿Podemos reaccionar a la violencia de los chistes y los comentarios que nos ponen como objeto pasivo de frases soeces bajo la pretensión de ser piropos, cuando todo el sistema opera contra nuestra vivencia de esas situaciones? La observación rompe un código, a veces violentamente, y entonces pasamos de víctimas a victimarias. A veces ni siquiera tenemos la oportunidad de intervenir, porque la frase se refiere a nosotras pero se pronuncia entre machos en un intercambio que nos excluye y que tiene que ver con el derecho de propiedad. Porque como decía Locke en “Dos Tratados sobre el Gobierno”, para justificar filosóficamente la necesidad del pacto social que dio origen al Estado Liberal Moderno, la violencia entre los seres humanos es consecuencia de la lucha por la propiedad; y hay dos cosas que producen el máximo conflicto entre los seres humanos: la propiedad de la tierra y la propiedad de las mujeres. El pacto social, precedido del pacto sexual, reguló ambas propiedades dando origen a la familia nuclear y garantizando así la legitimidad de la progenie para cuidar la herencia en la acumulación de capital.

Los ambientes ilustrados no están libres de estos métodos disciplinadores del lugar de las mujeres. Cuando finalizaba la dictadura, comenzamos en la UBA un movimiento de estudiantes y graduados que permitiera recuperar las autoridades legítimas una vez alcanzada la democracia. Se creó así una Asociación de Graduados que hizo su primera elección. Los candidatos a presidirla éramos Silvio Maresca, un filósofo muy ligado a la política del peronismo , y yo, una pichi. Inesperadamente gané esa elección, y entonces Silvio le dijo a mi marido, también graduado en filosofía: “te felicito, ahora tenés una mujer pública”. No me lo dijo a mí, se lo dijo a él, que recibió así la advertencia de que un hombre que deja que su mujer circule por los espacios de poder de la política debe aceptar que reciba el calificativo con el que se describe a una prostituta: una mujer pública, una mujer de la calle, una mujer que no es de su casa y por eso ha renunciado a ser de un hombre para estar disponible para cualquier hombre.

Y así seguramente se lo enseñan a los hombres. Los cuerpos que circulan en la calle son cuerpos disponibles, y si no dan señales inequívocas de recato son cuerpos abordables sin permiso por el solo hecho de estar allí. Abordables físicamente y simbólicamente, con manoseos o con pretendidos piropos que nos ponen en situación de presa y a ellos en situación de dominio.

Salgo de mi casa un día de lluvia para un acto protocolar a la mañana, vestida con más cuidado que de costumbre. En la vereda hay un hombre acostado sobre unos cartones, totalmente borracho, harapiento que daba pena, y cuando paso me dice: “te haría cualquier cosa”. Ese hombre que no podia ni siquiera ponerse en pie, abandonado de todo, no había perdido sin embargo su poder patriarcal sobre mí, su poder de incomodarme y ubicarme en una situación pasiva que sólo podía ser respondida de modo desagradable o cambiando el código. Otras veces lo he hecho, ante ese habitual comentario “decime qué querés que te haga, mamita” pararme, mirarlo y decir: “recordame el teorema de Göedel”, o “recitame la Odisea en griego”. La respuesta produce pavor, la mirada del piropeador se llena de espanto: la violenta soy yo.

Los comentarios sobre nuestro aspecto físico nos desvían de nuestro lugar de interlocutoras a objeto. Incluso cuando pretenden ser amables nos están sacando de la relevancia del argumento para poner de relevancia nuestro cuerpo sexuado. A veces la violencia es más explícita, y cuesta menos verla. En una manifestación docente donde hay represión policial encuentro a un diputado kirchnerista con sus asesores. Me pregunta con ironía qué hago allí, y yo le digo qué hace él que no está procurando que su gobierno no reprima la protesta social. El, molesto y bajando un poco la mirada de mi cara me dice “¿por qué te pusiste ese escote?”, sus compañeros se ríen, yo le repregunto “¿qué te pasa, extrañás a tu mamá?”, sus compañeros se ríen más. La violenta soy yo que lo pongo en ridículo ante sus subordinados.

Otras veces el comentario es menos burdo, y simplemente nos retrae del lugar donde nos habíamos instalado. En una sesión legislativa salgo de mi banca y me acerco a un diputado del hemiciclo opuesto para reprocharle uno de los mil modos de mala praxis legislativa que acostumbran. Mientras le estoy diciendo que faltó a su palabra me interrumpe: “ahora que te veo de cerca, qué lindos ojos tenés”. ¿Tengo que alegrarme, sentirme orgullosa de algo en lo que no tengo ningún mérito, cambiar mi enojo por un agradecimiento a su observación gentil? Opto por reprocharle doblemente su falta de palabra y el comentario desubicado y quedo como una amarga. La víctima es él: dijo algo agradable y se encontró con mi respuesta destemplada.

La filósofa mexicana Graciela Hierro, especialista en ética feminista, nos advertía sobre estos modos que toma el patriarcado para imponerse a los que llamaba “el trato galante”. Socialmente aparecen como un signo de caballerosidad, pero nos ubican en un papel de debilidad, de objeto de tutela, de incapacidad, de pasividad superlativa. Los usos sociales están llenos de mandatos que los varones pueden tomar como lo que se espera de ellos, y muchas mujeres como signos de protección masculina.

Mañana se cumplen 60 años del voto femenino. Quizás sea oportuno recordar que hasta ese momento el código civil nos ponía con los incapaces, los presos, los dementes y los proxenetas para fundamentar nuestras ineptitudes para la política. Cuando luego de muchos años de lucha del socialismo feminista, y por expresa voluntad de Eva Perón, la ley de sufragio femenino finalmente llega a un recinto formado exclusivamente por varones, los argumentos en contra cubrieron  todo el arco: desde señalar la natural incapacidad de las mujeres para la vida pública, a decir que íbamos a votar lo que nos dijera el cura y la iglesia iba a aumentar así su poder político, o ensalzar las más altas virtudes femeninas que nos destinan a la excelsa tarea divina de cuidar a nuestras crías (lo que lógicamente está reñido con la disputa electoral), o describir la política como un pantano donde no debería posarse el delicado pie que cual pétalo de rosa sostiene nuestra gracia, y como último recurso generar pánico recordando que nos volvemos locas una vez por mes y así existía la alta probabilidad de que en ese estado de enajenación temporal una cuarta parte de nosotras esté a la vez menstruando y decidiendo los destinos de la patria.

Para esos patriarcas de la democracia, que ya contaba con una “ley del voto universal y obligatorio” que no sólo nos excluía del universal sino que no registraba siquiera la exclusión, eso éramos las mujeres. Ellos sí tenían una respuesta, no como Freud que nos dejó esperando.

Procurando hacer un ejercicio de empatía, comprender cuál es la reacción de quien tiene esta visión de las mujeres ante los avances que el feminismo nos ha procurado en tantos órdenes de la vida, pienso que hay una percepción de cierta masculinidad de estar en retroceso. Una vivencia del poder sustancial y del territorio que torna amenazante el ingreso de las mujeres a las instituciones y a la vida pública, todavía ahora. La pérdida del monopolio de la palabra no alcanza para abrir el diálogo. El diálogo tiene condiciones lógicas, semánticas, éticas y políticas, no se trata de hablar por turno y menos aún de arrebatar el micrófono. ¡Y ni hablar si se usan dos micrófonos, como hace la presidenta desde el atril!

Eso es lo que llamo “el síndrome del macho acorralado”, que es victimario violento y a la vez víctima, que me desvela cuando pienso en las formas de lograr una sociedad incluyente de verdad, y que me inspira para decir toda vez que puedo a modo de letanía pedagógica que “cuando una mujer avanza, ningún hombre retrocede”.


 

A Sergio Zurita le molestan las mujeres o de cómo la ignorancia es atrevida

By | Análisis, Autodefensa, Cultura de la violación, Feminismo, Medios, Redes Sociales, Sexismo | No Comments
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Una queja constante de un gran segmento de la población contemporánea, más o menos ilustrada y más o menos con preocupaciones intelectuales/sociales/políticas, es el advenimiento de la muy temida “corrección política”. Como con muchas cosas a lo largo de la historia, y como con muchas ideas y movimientos, la llamada “corrección política” suele ser fuente de enojo y de temor por parte de individuos que ven una amenaza directa a sus circunstancias de vida, incluso si tales circunstancias no le favorecen en realidad. Además, esta molestia es profundamente flexible: mientras en un país como los Estados Unidos, con una población migrante que está a punto de ser mayoría, la queja de quienes ostentan un número de privilegios sociales, educativos, raciales y de identidad sexual contra la corrección política es que les impide usar un vocabulario que anteriormente les permitía referirse a las minorías con una serie de epítetos en contra de los cuales no protestaba nadie, porque no había suficientes voces en contra de tales prácticas, y porque ninguna queja, si la hubiera, tenía suficiente autoridad para imponerse. Pero que en México no haya una población tan diversa en lo racial como la hay más al norte, no quiere decir que haya menos personas que se lamenten de la imposición de la “corrección política” y las aparentes limitantes que le impone en la vida. Por ejemplo, “ya no” le permiten al individuo heterosexual, mestizo, con cierto poder adquisitivo, burlarse abiertamente del indígena, del homosexual, del pobre. Y aparentemente, esta “prohibición”, lejos de ser una cuestión de la más elemental cortesía o del más fundamental respeto, en realidad se trata de una imposición arbitraria, de una conspiración para acabar con su derecho a la disminución, la burla y la discriminación.

Pero hay otra arista en este prisma de persecución paranoica del individuo privilegiado: la que se refiere al profundo cambio social que, lenta pero indudablemente, se está gestando gracias al feminismo. Y en este sentido, abundan en México las voces que, cobijadas por la seguridad que otorga el privilegio, y bien entonadas por la valentía que otorga la ignorancia, decretan la muerte de la sociedad a manos de esas mujeres que se atreven a discordar, a protestar, a rebelarse, a no dejarse matar en silencio, a no dejarse abusar, ni controlar. Las mujeres, y especialmente las mujeres feministas, vamos a lograr acabar con el mundo antes de que los estragos del cambio climático lo hagan, o eso pareciera que temen todos aquellos pobres infelices que, temblando por el cambio que se gesta ante sus propios ojos, lanzan un grito desesperado para volver al status quo, a las buenas costumbres, a ese pasado idílico cuando las mujeres sabíamos cuál era nuestro lugar y lo aceptábamos serenamente.

Un muy nefasto ejemplo de estas actitudes se puede encontrar en el programa radiofónico “Dispara, Margot, dispara”  en la emisión del 7 de septiembre del año en curso, en el que Sergio Zurita, uno de los conductores, emite una serie de juicios, de tono burlón y profundamente ofensivo, en contra, inicialmente, de “cierto tipo” de mujeres, para seguirse en contra de todas, porque claro, las mujeres somos un colectivo uniforme, que nos comportamos y movemos en grupo, y que tenemos la misma intención detrás de nuestras acciones. El asunto que trae a colación las “quejas” del locutor es una imagen que se hizo viral en días pasados, la del cartel pegado afuera de una escuela, presumiblemente pública, que pide a las madres de familia que conserven “el decoro” en la vestimenta a la hora de recoger a sus hijos a la salida. Firmada cobardemente por “sus hijos”, el cartel en cuestión suplica “atentamente” a las madres se abstengan de vestir en shorts, faldas cortas, camisetas de tirantes y otras prendas reveladoras, pues además de que provocarán que los compañeros se burlen de sus hijos, se pueden hacer acreedoras a que se les falte al respeto. Porque como sabemos, el respeto no es un valor que un individuo otorgue a los demás en virtud de su simple existencia: no, el respeto, y sobre todo hacia las mujeres, es un premio al cual una se hace acreedora sólo si pasa las pruebas que los demás le ponen.

En una lección magistral de cómo empeorar una profunda muestra de sexismo y discriminación, y de cómo el hecho de ser hombre y no conocer del feminismo ni su definición en el diccionario más básico,  Zurita se queja de que las mujeres estamos a punto de declarar que es nuestro derecho dispararle en la cara a quien nos de la gana. Claro, siempre se podrá argumentar que es una exageración para demostrar un punto, pero incluso discutiéndolo, el punto que se pretende demostrar es una construcción muy pobre: que las mujeres nos atribuimos derechos que no nos corresponden. En una sociedad donde la violencia sexual contra las mujeres se ejerce casi sistemáticamente, donde el feminicidio se sigue cuestionando incluso frente a los siete asesinatos de mujeres al día, a Zurita le molesta que las mujeres nos salgamos del huacal y nos atribuyamos el derecho de matar a quien nos de la gana.

Y continua con su exposición de prejuicios y de ignorancia:

«Ya por ser mujeres creen que todo es su derecho, hasta vestirse como quieren»
«Eso no es feminismo, es estupidismo»
«Si tienen hijos su felicidad es lo más importante, y si van vestidas como pirujas, ellos sufren»
«Quieren ir vestidas como golfas y los niños de sexto ya traen las pilas bien puestas, obvio les van a decir cosas»
«o las van a insultar por guangas o por verse como pirujas»

Ahora bien: siendo México, por lo menos en el nombre, una democracia, es verdad que, dentro de ciertos parámetros legales, un individuo puede decir en público lo que le de la gana. Y en lo privado, puede pensar lo que quiera y también expresarlo. Pero cuando quien se ostenta como comunicador emite un mensaje que normaliza la violencia sexual, que degrada a una parte de la población, y que muestra con tanta claridad su enorme desconocimiento de un tema que pretende conocer (el feminismo), cabe preguntarse si está ejerciendo su profesión con la responsabilidad que amerita. Porque el señor Zurita puede opinar lo que quiera, pero su opinión no va a cambiar el derecho de las mujeres, y de todos los individuos para el caso, a vestirse como les de la gana, y a esperar que se respete la mínima garantía social de que se respete su decisión.

TELENOVELAS: El héroe violador

By | Cultura de la violación, Feminismo | 2 Comments
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Entre los muchos recuerdos de mi infancia tengo presente a mis tías y madre viendo las telenovelas; y no voy a negarlo, muchas veces se me permitió verlas en compañía de las mujeres adultas de mi familia siempre y cuando ante ciertas escenas acatara la orden de darme la media vuelta porque pues decían mi madre y mis tías “hay escenas que una niña no debe ver”; sin embargo, esa prohibición  lejos de asustarme picaban mi curiosidad, y más de una vez me las apañé para ver esas escenas prohibidas donde los personajes aparecían haciendo cosas que años más tarde, cuando comenzaba a entrar en la pubertad entendí que era tener relaciones sexuales.

No voy a negar que ver telenovelas me entretenía; sin embargo, pese a que me gustaran, más de una vez me encontré irritada ante ciertas situaciones ocurridas en la trama y preguntándome porque todas las mujeres de las novela,  tanto si eran las buenas o las villanas, eran lo que para mí era una “vieja pendeja”. Me molestaba ver a la protagonista buena mostrada siempre como virgen, creyéndose menos valiosa si la violaban (o creía que había sido violada), me molestaba ver que siempre le perdonara sus puterias al protagonista masculino y que al final después de que este follara con casi todo el elenco femenino e  incluso que este la culpara y dudara de ella por chismes ajenos siempre terminara perdonándolo y casándose con él; me molestaba también ver a las villanas sin razón de ser, haciendo cosas estúpidas o postergando proyectos personales sólo por enfocarse en “quitarle” el galán a la buena. Siempre me hice preguntas como: ¿Por qué la villana pendeja se niega a salir de ese pueblo e irse a Europa sólo por quedarse cerca del protagonista? Ya quisiera yo poder ver los lugares que ella con su dinero puede visitar mientras yo me tengo que conformar con verlos en el libro de Geografía ¿Por qué la estúpida protagonista lo perdona después de que le dio la espalda en los peores momentos?

Muchas preguntas me hice en mi mente; pero la gota que derramó el vaso e hizo que esas preguntas en mi mente fueran expresadas fue aquella telenovela transmitida entre 1997 y 1998 llamada “LEONELA”.

La transmisión de LEONELA, fue de esas que por casualidad me vi toda, y que esto sucediera y comenzara a cuestionarme coincidió con ciertas cosas que estaban ocurriendo en mi vida: Yo ya tenía 10 años así que comenzaban a hablarme de sexualidad en la escuela, mi madre en casa comenzaba a hablarme de la sexualidad y ya no me prohibía que mirara esas escenas, y pues a esa hora en que estaba la telenovela al aire por casualidades de la vida no había ningún anime que yo quisiera ver; así que nada se interponía para que mirara esa novela; ese bodrio que hace apología a la violación, y creo poder decir es la más machista y misógina de entre todas las telenovelas habidas y por haber.

Así pues, en LEONELA se nos presenta como protagonista a una chica (cuyo personaje se llama como la telenovela) millonaria que acaba de terminar sus estudios en el extranjero y está por casarse con su prometido quien pertenece a la misma clase social que ella. El día de su fiesta de compromiso, su prometido que es un rico prepotente golpea y humilla al protagonista; el cual, por casualidades del destino y todavía estando bajo los efectos del alcohol, más tarde se encuentra con Leonela quien a altas horas de la noche camina sola por la playa, y como un acto de venganza contra el novio de esta decide violarla.

Una vez habiendo pasado aquel suceso, el protagonista se arrepiente y entonces busca a la protagonista (quien al principio parece estar en negación ante lo ocurrido) para ofrecerse a casarse con ella como una manera de  “reparar su error”. Para colmo de males, Leonela queda embarazada y su violador comienza a acosarla por todos lados para impedirle que aborte al fruto de la violación; por lo cual la familia de Leonela para ponerle fin a lo que era un acoso constante (aunque el televidente no lo quería ver así) manda matar al protagonista violador pero este en defensa propia termina matando a uno de los sicarios y es ahí que la protagonista aprovecha para ser la abogada en su contra y encargarse de que el tipo vaya a prisión aunque sea pagando un delito que no cometió, ya que por el que dirán Leonela no se atreve a hacer del conocimiento público que fue violada; y para que el tipo sufra más decide que una vez que el hijo nazca lo dará en adopción.

Hasta ese momento de la telenovela, todos los televidentes parecían minimizar el delito de la violación por cómo se nos presenta a los personajes: Por un lado, la protagonista es una chica millonaria a la nos muestran como un mujer superficial, frívola, que nunca ha pasado carencias, vive según las normas sociales, en un primer momento quiere abortar, refunde en la cárcel al protagonista por un crimen que no cometió y finalmente decide que en cuanto tenga al fruto de la violación lo dará en adopción en vez de entregarlo a la familia del violador como una manera de vengarse. Por otro lado, en la telenovela se trata de glorificar al violador encarnándolo en la piel de un actor bastante atractivo, nos lo muestra como un tipo humilde, trabajador, que quiere a su familia, está arrepentido, quiere casarse con la protagonista o que mínimo le entreguen al hijo producto del crimen que cometió. Y es así como entonces los televidentes comenzaron a odiar a la “malvada” de Leonela y compadecerse del “pobrecito” de Pedro Luis. Aún puedo recordar a mis tías y a las señoras que miraban esa novela maldiciendo a la desnaturalizada Leonela por no poder sentir amor por el hijo que llevaba en las entrañas y reivindicando al violador porque pues “Pobrecito, se arrepintió y aparte está bien guapo”, mientras yo, sin haber vivido muchos años les preguntaba: ¿Pero por qué tiene que querer a un hijo que le hicieron a la fuerza? ¿Por qué no la dejan abortar en paz? ¿Por qué ese idiota violó a Leonela para vengarse del novio y no le hizo el daño directamente al novio de ella? No, que ella sea mamona y creída no justifica que la violen ¿Por qué ese idiota (y me vale que sea guapo) se cree con el derecho de seguirla? ¿Por qué ese idiota la odia por el daño que según ella le hizo? ¿Por qué cree el pendejo que lo que hizo es una nimiedad?

En verdad me daba coraje ver como las televidentes parecían idiotizadas y no querer darse cuenta: Señoras orgasmeandose con el protagonista, señoras juzgando a Leonela por rechazar la maternidad producto de una violación, señoras odiando a Leonela porque mandó a violador a la cárcel por un crimen que no cometió (y cierto, el asesinato fue en defensa propia, pero parecía que se les olvidaba que el tipo era un VIOLADOR que encima la acosaba y que igual merecía el peor de los castigos).

Sin embargo ahí no termina la cosa, la familia del tipo, la cual estaba bien hundida en la miseria logra adoptar al bebé (yo no sabía que hubiera un país donde fuera tan fácil adoptar y encima escoger cual niño quieres como si se tratara de elegir peluches en la juguetería, pero en LEONELA así ocurre) y pasados pocos años, antes de lo esperado el protagonista logra que le reduzcan la condena y sale convertido en un abogado millonario (porque tuvo la suerte de conocer a un prisionero de celda que le heredó sus bienes) con el propósito de vengarse de Leonela; mientras que la protagonista se ha convertido en una mujer amargada,  incapaz de tener una relación sexo-afectiva y además está arrepentida de haber dado al hijo en adopción.

Para no hacer el cuento largo, quien sabe cómo los protagonistas se terminan enamorando, se casan, y después de muchos intentos fallidos de tener sexo porque ella está traumada, finalmente el tipo recrea la escena de la violación y entonces como por arte de magia parece que los traumas de la protagonista desaparecen como si nada.

En fin, a la fecha cada que recuerdo esa telenovela y a las televidentes (en su mayoría eran mujeres) reivindicando y solidarizándose con el protagonista se me revuelven las entrañas. Y sin temor a equivocarme creo que es ahí cuando sin saberlo y a corta edad comenzó mi devenir feminista, aunque ese sólo fue el inicio pues todavía me faltaba mucho camino por recorrer en mi proceso de construcción.

Pienso, luego tengo derechos (1)

By | Autocuidado, Feminismo, Sexismo | No Comments
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Hace ya varios años, mantuve, o creía que estaba manteniendo, una conversación con alguien. Argumentábamos sobre las formas en que “el feminismo” ha sido representado en los medios de comunicación en México. Como un par de días antes leí un artículo muy interesante sobre la ‘designación’, allá por los años 20 del siglo pasado, del 10 de mayo como el día “oficial” de las madres y cómo, por lo menos en México, esta efeméride se inventó para contrarrestar el impulso que estaba teniendo el entonces todavía novedoso feminismo, consideré pertinente mencionar la lectura y relacionarla con casos específicos en los que la representación de las mujeres ‘feministas’ en el cine y la televisión se usaban como una forma de comedia, como una “moraleja” sentimental, como una lección “moral”. Como respuesta obtuve lo siguiente: “te encanta el rollo”, una frase que me dejó tan completamente perpleja, pero principalmente, tan decepcionada de mi interlocutor, que sólo alcancé a responder “es un resultado de mi formación académica”. Y lo es, honestamente. Y sigue siendo, para mí, profundamente revelador que una persona que aspiraba a estudiar Literatura usara un recurso tan pedestre, tan aparentemente inocente, con el claro y transparente fin de concluir una conversación que no le estaba gustando.

Desafortunadamente, no es la primera vez que se me acusa de ‘gustarme el rollo’, o de ‘pensar demasiado’ o de ‘cerebral’. Y todavía peor, no soy la única mujer a quien se le achaca ‘pensar demasiado’ como un vicio de carácter y no cómo un hábito intelectual o académico. Lo digo porque sí hay una circunstancia en la que ‘pensar demasiado’ es contraproducente, y se trata del momento en que nos impide hacer cosas que podrían beneficiarnos, pero el miedo (que es la motivación detrás de considerar tantas posibilidades y dedicarle tanto espacio neuronal al asunto) nos detiene. La razón detrás de este desprecio por la mujer que piensa es, como muchas otras cosas en el mundo, la suposición de que hay un código de comportamiento femenino y uno masculino, y que los individuos deberían mantenerse dentro de esos márgenes para que el mundo siga funcionando. Así, lo que se contrapone a “pensar”, cuando se trata de una mujer, no es necesariamente “actuar”, sino “sentir”. Porque esta visión del mundo no requiere tampoco que la mujer “haga” mucho, sino que “sienta” mucho. Y todo esto que siente, a su vez, es la piedra angular de su construcción social: la mujer que siente es comprensiva, cariñosa, maternal, etérea. Claro, podría parecer que quiero ver la realidad a través de mi experiencia y no sólo eso: a través de un momento en particular. Pero para desengañarse, basta con asomarse a ciertas corrientes de pensamiento que podrían considerarse new age… si no fuera porque repiten como novedoso un prejuicio tan antiguo como el menosprecio por las mujeres.

Hay muchísimas personas informadas, con diversos niveles de educación formal, que están convencidas de una de las variantes del pensamiento mágico que propone que la verdadera esencia de lo femenino es obligatoriamente pasivo y “espiritual”. Con la mejor de las intenciones (aparentemente) en su mente, consideran que es un status quo que se va borrando y que, por consiguiente, genera los conflictos de violencias, en sus distintas formas, hacia las mujeres. Si las mujeres le hiciéramos más caso al corazón y menos a la cabeza, estaríamos en paz. Recuerdo la certeza con que una conocida me dijo alguna vez “bueno, es que los hombres siempre son más de pensar y nosotras de sentir, ¿no?”. No: pensar, en todas sus formas, lo mismo como un hábito que como un ejercicio casual, es una actividad que debería practicarse ante todo momento de decisión, e incluso si no se está ante una disyuntiva. Pensar no carece de humanidad, todo lo contrario, es nuestra capacidad de pensamiento una de las principales características de la especie. Y no está restringida a un solo sexo. (Continua la próxima semana)

Acciones para existir de manera sana y segura en los espacios digitales

By | Autocuidado, Autogestión, Ciberactivismo, Educación, Feminismo, Guías, Redes Sociales, Seguridad, Tecnología | No Comments
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El pasado 27 de julio asistí al FemHack, un evento impulsado por SocialTIC a través de Ciberseguras. El arranque fue maravilloso: mediante un ejercicio de introspección compartimos nuestras experiencias, miedos y prácticas de uso en Facebook. Entre los relatos de las asistentes hubieron grandes coincidencias y se revelaron algunas prácticas –un tanto complicadas– como mantener 2 o mas perfiles para filtrar contactos y contenido.

Punto de partida.

Ya usamos la plataforma, es parte de nuestras actividades cotidianas desde hace varios años, por eso la importancia de conocer y comprender cómo funciona, identificar los cambios que se le realizan y aprender a usar la configuración del perfil de acuerdo a nuestras necesidades, porque la autogestión y el autocuidado son nuestras acciones para existir de manera sana y segura en los espacios digitales.

Como parte del ejercicio principal de revisión sobre nuestros hábitos de uso y evaluar la depuración del contenido que tenemos en ese servicio, iniciamos con identificar qué es lo que nos preocupa de usarla hasta medir qué tanto de lo publicado debería continuar ahí.

Acá les compartimos el ejercicio:

Puedes descargarlo aquí.

Tómate un tiempo para revisar tu perfil y tu actividad para que elijas qué dinámicas modificar y cuáles conservar.  Visita frecuentemente la sección de configuración, las aplicaciones a las que les has dado autorización para que usen tus datos personales otorgados a Facebook y las sesiones que tengas abiertas. Compártenos tus tips de seguridad también.

La buena noticia, es que hay mas opciones para socializar que FB y en próximas notas las describiremos.

Por qué me volví feminista

By | Feminismo, Sororidades | One Comment
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He contado esta historia muchas veces, escrito otras tantas, pero creo que siempre es pertinente volver a contarla, al menos para empezar, para presentarme. Así como la mayoría de mujeres que conozco, no me asumí feminista de primera, la pura palabra hace creer que se intenta separar por sexos a la humanidad, que opone a éstas contra aquellos. En cierto modo es verdad, pero más que a mujeres contra hombres, es a mujeres contra un sistema que privilegia a los hombres, que les da ventajas sociales, que les permite explotarnos como cuidadoras y nos usa como objetos de disponibilidad sexual. Mientras tanto, nosotras enfrentamos la vida cotidiana entre acosos, violaciones y feminicidios, entre injusticias laborales sexistas, con menos oportunidades de desarrollo, etc.

El camino de las mujeres a la dignidad es uno con muchos obstáculos. No es que los hombres tengan un gen de maldad innato y que las mujeres seamos victimas intachables sólo por serlo, es que el mundo se configuró así desde hace civilizaciones atrás y se consolidó con toda fuerza y violencia en el capitalismo, en el muy mentado heteropatriarcado. Aquí víctimas del sistema somos todos, pero unas más que otros. Así que yo no me hacía feminista, en todo caso me consideraba progresista, me asumía una mujer de izquierdas, de formación humanista, pero no feminista. Nunca feminista. El mundo femenino me era incomprensible y victimista. Me crié entre tíos-hermanos, de la mano de un papá-abuelo, corriendo y saltando a la par que mis primos, siempre con más amigos que amigas, siendo un cuate más entre los bros. Prácticamente no tuve que competir con otras mujeres por atención masculina porque se me había regalado siempre, pero sí cultivé tal atención, sí me esmeré en “no ser como las otras chavas”. Sí competí y no quise verlo. Competir entre nosotras es casi “natural”, así nos educaron a tal grado que no lo notamos y crecemos con el recelo de la otra. No confiamos del todo en las amigas cuando podría interponerse el afecto de un hombre. Seguí mi camino ufana de no ser una más y de que el feminismo no tenía que ver conmigo, ese movimiento era una lucha que había quedado en el pasado, allá con las sufragistas y las que quemaron brassieres en pos de la “igualdad”, un movimiento innecesario porque yo era tan brillante y audaz como ellos. Yo sí, yo no.

Mi vida transcurrió bien. Mi mamá soltera, doctora, había triunfado en el mundo masculino laboral de la medicina para darnos lo mejor; ella tampoco era feminista, para qué. A ella y a mí, así como a mi abuela, nos habían acosado y toqueteado, pero nada grave porque a todas les pasa y nomás había que aprender a cuidarse, a “darse a respetar”, a rodear el paso. A mi mamá, a mi abuela y a mí se nos enseñó que nuestro cuerpo puede ser transgredido por los hombres, pero pues “así son ellos”. A mí mamá, a mi abuela y a mí nos enseñaron que ser como éramos no era suficiente, que había que trabajar para ser más atractivas para “mejorar la raza”, que si no te pones al tiro, llega otra a comerte el mandado. Que como chaparritas teníamos que destacar de otro modo, pero no mucho para no ser blanco de acosos y para no ser unas “cualquiera”. Y la ropa bonita no nos quedaba porque siempre era estrecha, había que confeccionarla a medida, había que estrecharse una, había que ejercitarse y ser longilínea, usar un aparato de tracción para lograr una postura correcta y ganar estilización, unos centímetros, ser chaparritas pero espigadas. Ni mi mamá ni yo lo logramos. Pero nuestra verdadera belleza estaba en el interior. Y competimos con las otras con nuestra inteligencia. Mi mamá tenía pocas amigas, ella era mamá soltera, exitosa, inteligente e independiente, una amenaza. Y pocos amigos, porque resultaba intimidante. Tenía muchos pacientes leales porque no era como los demás doctores, ella era comprensiva y maternal, cuidadosa, una doctora mujer.

Pasó mucho, mucho tiempo. Mucho. Y el feminismo seguía sin ser para mí. A los veinte años decidí no ser madre porque las mujeres empoderadas y competitivas no se entregaban al sacrificio, porque ser mamá es sinónimo de renuncia, porque los hombres eran libres pues la paternidad es opcional aún engendrando, así lo había aprendido. A los 35 me sorprendió un embarazo no planeado, pero afortunado, decidí que podíamos con esa tarea, que podría confiar mi vida y la de mi hijo a mi compañero, a mi marido. Estaba aterrada, pero las mujeres fuertes no renuncian. A los seis meses de embarazo nos dijeron que esperábamos una niña y no cupe de alegría, yo deseaba más ser madre de una niña que de un niño, una hija mía sería una mujer diferente como yo lo fui, sin ropa rosa, “sin estereotipos”.

La noche de la buena nueva no pude dormir del llanto inconsolable, una a una se me vinieron todas las crueles verdades de ser mujer en este mundo, ella, la niña que traía en el vientre, tendría que superar los acosos y manoseos que inevitablemente le pasan a las mujeres desde el preescolar, debía aceptar su cuerpo aún cuando los medios nos dicen que ninguna es lo suficientemente perfecta ni delgada, que la “fealdad” es algo inaceptable, que debía ser muy inteligente para no ser frívola y para lograr competir en el mundo laboral de ellos. Me morí de miedo de que ella, mi niña, pudiera ser violada sólo por ser mujer; que pudiera amar tanto a un mal hombre que no se diera cuenta de que la estaban violentando, que su pareja pudiera golpearla. Morí de terror y tristeza de que mi niña pudiera ser secuestrada para la trata. Morí de miedo que se sintiera fea y gorda la mayor parte de su vida, como yo lo sentí la mayor parte de la mía. Morí de miedo que ella fuera hermosa porque el acoso y peligro sería mayor. Mi niña, mi hermosa bebé era mujer y tendría que vencer sola a la tragedia.

Empecé a leer obsesivamente sobre crianza de niñas buscando desesperadamente una certeza, una alternativa, algo que nos ayudara a aligerarle la carga de haberle tocado la suerte de tener esa genitalidad que condena. Y me encontré el feminismo, había ahí reflexión sobre todo y más, palabras que hacían resonancia a mi angustia; había mujeres luchando por un mundo más justo para nosotras, pero también había muchas otras feas verdades que se me agolparon en la cara y que me mostraban toda la misogínia que yo misma tenía interiorizada y normalizada, que yo había despreciado a otras mujeres sólo por serlo y así, a mí misma. Empezó mi deconstrucción en un proceso doloroso e incómodo. Empecé a vencer el miedo de estos nuevos conceptos que me presentaba el feminismo, a reconocer las desventajas de ser mujer frente a los privilegios de ser hombre, a reconocerme como militante de un movimiento ante todo político que busca la dignidad de los cuerpos de las mujeres y justicia en el acomodo sexuado de nuestra sociedad. Comprendí que muchas de las verdades que tenía como dogmas no eran más que verdades parcializadas por el grupo dominante, reinventarse a partir de esto, de aquí, fue y es realmente difícil porque ya no hay vuelta atrás. También reconocí mis privilegios frente a las desventajas de otras mujeres que la tienen mucho más difícil que yo y que los feminismos son tantos como tantas son las problemáticas particulares de cada grupo.

Seis años después de haber recorrido este camino sé que esto es inabarcable porque el feminismo muta con cada reflexión y autocrítica, que cada concepto se reinventa con cada nuevo obstáculo pero también con cada logro conseguido. Me inicié con el feminismo liberal porque es el más abierto y accesible, me enriquecí con los conceptos de las académicas americanas y europeas, después con las brillantes teóricas latinoamericanas y hasta he leído un par de feministas africanas, sus textos me sirvieron para comprender muchas cosas y para participar del movimiento. Luego me seguí con el feminismo radical, le perdí miedo a conceptos como separatismo y sororidad. Incluso ahora celebro la existencia del lesbofeminismo como una maravillosa alternativa para cambiar el sistema por medio del amor político entre mujeres y no como mera utopía, sino como una posibilidad tangible para construir comunidades más justas y seguras. Aún siento mucha frustración y enojo por que la violencia contra las mujeres sigue reproduciéndose día a día en este mundo, pero nunca antes había experimentado tanta esperanza como ahora. Ahora sé que no estoy sola y que mi hija nunca estará sola.

Somos legión. Soy feminista.

Norma Alegre: Fundadora de WishiApps

By | Difusión, Feminismo, Social, Sororidad es, Tecnología | No Comments
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Fortalecer a los movimientos sociales a través de la tecnología

En una nota anterior, escribimos sobre la importancia de las acciones que contribuyen a eliminar la brecha digital e impulsar el empoderamiento de las personas en esta materia. Es por ello, que en esta ocasión, esta sección está dedicada a Norma Alegre, feminista mexicana y fundadora WishiApps, una iniciativa que busca contribuir al desarrollo de aplicaciones móviles para fortalecer a los movimientos sociales.

La gran mayoría de las aplicaciones móviles están dirigidas hacia la comunicación, la educación y el entretenimiento y existe un gran vacío de iniciativas sociales y ciudadanas que contribuyan  a la transformación social, por ello, Norma busca contribuir a cerrar la brecha tecnológica a través de sus aplicaciones, aportando herramientas a los grupos, comunidades, movimientos sociales y activistas para  facilitar o favorecer su labor.

Empower una aplicación que suma todo lo anterior y está dirigida al movimiento feminista hispanohablante a través de la cuál es posible tener al alcance de la palma de la mano un feed de noticias sobre las temáticas de la Agenda Feminista, la posibilidad de consultar de manera inmediata el Marco Normativo Internacional y Nacional que sustenta los Derechos Humanos de las Mujeres y la Perspectiva de Género, facilita la difusión de eventos, talleres, cursos, así como la comunicación y el vínculo por mencionar algunas de sus funciones.

Esta aplicación es una herramienta colaborativa que se va alimentando con contenido que va fortaleciendo la comunicación y la participación de cada una de sus usuarias. Su instalación es gratuita y por el momento está disponible en Google Play. Acá puedes descargarla:  https://play.google.com/store/apps/details?id=com.empower.com

Para inicios del 2018, Wishiapps, tiene planeada la liberación de una nueva herramienta. Si quieres mantenerte al día con lo que Norma y su equipo nos tiene preparado, sigue su página en Facebook: https://www.facebook.com/wishiapps/