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Sexismo

Visibilizando el sexismo en los titulares de noticias deportivas

By | Medios, Noticias, Redes Sociales, Sexismo, Sororidad es | No Comments
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En el marco del 8 de marzo, la UNESCO lanzó una iniciativa para tomar acciones conjuntas contra el sexismo en los deportes. Con apoyo de la Universidad de Cambridge, crearon una extensión para el navegador Chrome que marca con morado palabras sexistas y con gris posiblemente sexistas (dependiendo del contexto) en las noticias deportivas que debieran centrarse en el desempeño y logros y no en temas como la apariencia, el vestuario, la maternidad o cualquier otra temática que distraiga o minimice su actuación profesional.

Sobre Serena Williams | The New York Times – julio, 2015 | Extracto

Para mostrar su funcionamiento también crearon el micrositio herheadline.com donde se muestran los extractos de noticias con contenido sexista y el medio de comunicación donde se publicaron. Por su parte, UNESCO también cuenta con el micrositio Get Involved donde enlista las acciones conjuntas para erradicar el sexismo en medios (al menos en cuanto a deportes) que tiene seis ejes de acción:

  • Descargar la extensión Her Headline directamente en la Chrome Web Store.
  • Utilizar el hash #HerMomentsMatter para compartir tarjetas de apoyo y videos que UNESCO creó para dejar constancia de los muchos eventos deportivos donde las mujeres se han destacado.
  • Responder un quiz para tomar conciencia de que sólo hay 4% de cobertura en eventos deportivos de mujeres.
  • Iniciar una conversación en redes sociales con el hash #WomenMaketheNews para visibilizar ésta problemática.
  • Descargar la carta preparada previamente y enviarla al Ombudsperson solicitando ver la misma cobertura de deportistas mujeres en los medios.
  • Escribirle una carta al editor del medio a elección para expresarle su opinión sobre el sexismo en el contenido de su medio.

Las consideraciones ante esta iniciativa, son:

  • Solo está disponible en inglés, por lo que el banco de palabras funciona únicamente en sitios con este idioma,
  • Que no se nos olvide que detrás de Chrome está Google y lo desconocido del alcance que tiene al acceder a nuestro historial en internet.

 

#SexismoJudicial el caso de Circe López

By | Denuncia Pública, Eco, Legal, Sexismo | No Comments
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Aquí está la denuncia pública y la convocatoria realizada por la Coordinación de Feministas de Michoacán sobre el caso de la activista Circe López quien a partir de las denuncias realizadas sobre el acoso sexual ejercido por un profesor miembro de la mesa de trabajo sobre la AVG en Michoacán, ahora ella es acusada de “ataques a la moral”, lo que provoca indignación porque esta acción promueve la impunidad entorpeciendo el acceso a la justicia de las jóvenes que sufrieron el acoso.

Es por ello, que las invitamos a sumarse a la acción colectiva en Redes Sociales para fortalecer la denuncia de Circe y exigir debido proceso.

La cita es hoy a las 8 pm tiempo del centro de México con el hashtag #SexismoJudicial

Aquí puedes enterarte y sumarte a la conversación:


Cosas que pasan

By | Análisis, Conversemos, Cultura de la violación, Feminismo, Food for thought, Reflexiones, Sexismo | No Comments
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Aunque no seamos del todo conscientes de ello, nuestras elecciones en el lenguaje que usamos cotidianamente no son casuales. Pueden ser, y a menudo lo son, descuidadas, pero incluso este descuido está relacionado mucho más con la familiaridad que con la casualidad. Por eso mismo, cuando se habla de un crimen, no es una coincidencia la forma en que se habla de la víctima y la forma en que se habla del victimario, incluso si la identidad de este segundo es un enigma. Mucho se ha hablado en otros espacios de la tendencia social a culpar a la víctima de los delitos y acciones criminales a los que una persona decide someterle. Especialmente, cuando se trata de violencia sexual, y cuando las víctimas son mujeres. Es más fácil convencerse de que podemos evitar ser víctimas de la violencia sexual que alguien decida ejercer sobre nuestros cuerpos si creemos que hacemos todo lo necesario para no ponernos en peligro.

Poco importa, en la mentalidad colectiva, que esto último sea una falsedad y que los hechos lo demuestren constantemente. La sensación de seguridad es más urgente que el entendimiento de las complejidades del comportamiento social en torno a la sexualidad. Así, podemos encontrar a menudo que hay dos líneas de pensamiento que orientan la forma en que la gran mayoría de las personas van a hablar de las víctimas de violencia sexual, primordialmente estas víctimas son mujeres adultas. La primera, es la que las hace culpables inequívocamente: desde el “si ya sabe cómo están las cosas, ¿para qué se arriesga?” al “si no quería que la violaran, ¿qué estaba haciendo ahí?”. Poco importan las circunstancias: la víctima tenía conocimiento y experiencia suficiente para prever (o haber previsto) las acciones de su victimario, pero un error de juicio la llevó a jugársela de todos modos. Sobre esto volveremos más adelante.

La segunda línea se presenta como menos prejuiciosa, incluso más “humanitaria”, si se quiere ser generoso. La víctima no tiene la culpa de “lo que le pasó”. Aquí, lo problemático no es que pasara o no pasara algo, sino que al eliminar a un sujeto activo de la expresión, se está de todos modos dejando a la víctima sola, como único elemento humano presente en las acciones que sucedieron. Porque cuando algo malo “le pasa” a alguien, no siempre sucede porque alguien más lo haya hecho, o siquiera porque lo haya querido: fue un accidente sin culpables, un desafortunado suceso que nadie quería que ocurriera. Pero resulta que las violaciones y los feminicidios no son sucesos desafortunados que nadie puede prevenir: son el resultado de decisiones criminales y perjudiciales que alguien toma para ejecutarlas en perjuicio de alguien más. Un hombre decide violar a una mujer; un hombre decide quitarle la vida.

Un caso muy reciente, y que evidencia completamente el problema discursivo de describir las acciones como “cosas que pasaron” es el que involucra a Karen Grodzinki y Axel Arenas. A lo largo de las últimas dos semanas, tuvieron lugar el feminicidio de la primera, la captura del segundo como presunto culpable, y su liberación al acreditarse, mediante las pruebas presentadas, que no estaba dentro del país al momento del delito. Cabe mencionar que, siendo que se trata de un caso sin resolver, pero en el cual la no culpabilidad del acusado ha sido comprobada, no estamos hablando del delito en sí, sino de la forma en que algunas personas han hablado en torno a las acciones.

Como suele suceder en estos casos, el acusado tiene a su alrededor una red de conocidos y seres cercanos a quienes el señalamiento de su probable culpabilidad indignó y tomó por sorpresa. Nada de malo hay en ello: todos, incluso el más cruel de nosotros, tiene familia, amigos, colegas. Nada de malo tiene, tampoco, que esta red de conocidos haga todo lo que crea conveniente para probar su inocencia, especialmente si están convencidos de ella y tienen forma de comprobarlo. El problema es que uno de estos conocidos, un antiguo colega del acusado, durante una entrevista, lamentó “lo que le pasó a la chica”. Es poco probable que hubiera una intención dolosa detrás de la forma de expresarlo, o que lo dijera con toda consciencia de ello. Pero la hay: cuando se presenta un delito como “algo que le pasó” a la víctima, no estamos diciendo que no sepamos quién lo cometió, estamos menospreciando la intencionalidad detrás de ese delito. Y lo mismo podría decirse de que el joven actor, Axel, haya sido señalado como culpable: no “le pasó” que lo acusaron, sino que una o unas personas concretas, que trabajan en una institución cuya función primordial es brindar justicia expedita, lo acusaron falsamente, sin pruebas que sustentaran los cargos. No fue casualidad, no fue una coincidencia: fue una enorme perversión de los atributos de dicha institución.

Mucho se ha discutido sobre los cambios que tienen que llevarse a cabo en la sociedad para que el problema de violencia sistémica en contra de las mujeres se solucione. Y mucho se habla de la educación y sensibilización como elementos fundamentales de cualquier propuesta que llegue a implementarse. Sensibilizar sobre la violencia no se limita a entender las acciones, sino también la manera en que, con nuestras palabras, elegimos justificar o minimizar dichas acciones.

 

De víctimas a victimarias cuando se trata de violencia simbólica

By | Acoso Callejero, Autocuidado, Feminismo, Sexismo | No Comments
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Este texto lo compartió ayer una amiga feminista que trabaja desde hace tiempo el tema del acoso callejero. Está inspirado en una ponencia para un congreso llamado “Violencia, maltrato y abuso: víctimas y victimarios” que se realizó a finales del 2011 en Buenos Aires, Argentina.

Diana Maffía, mujer argentina, doctora en filosofía, investigadora y autora de muchas publicaciones lo escribió.


Definitivamente, las feministas somos unas amargas. Vemos machismo, patriarcado, androcentrismo, homofobia, lesbofobia, transfobia y violencia incluso en las situaciones más divertidas. Eso nos pone en un raro lugar: somos víctimas de permanentes ataques simbólicos, y a la vez victimarias por arruinar con nuestras respuestas destempladas las situaciones que gran parte de la sociedad considera entretenidas, glamorosas, seductoras, caballerescas, románticas y hasta corteses. Y lo peor de la confusión es que como pertenecemos a esa misma sociedad, tales situaciones también tienen eficacia simbólica sobre nosotras, también nos reímos y emocionamos con ellas; sólo que un Pepe Grillo feminista nos susurra al oído permanentes advertencias analíticas para que no caigamos en la trampa, para que no seamos literales, para que no sonriamos amablemente –como es de esperar- a los gestos corteses.

“¿Qué quieren las mujeres?” se preguntaba Freud, y el error de nosotras era estar expectantes a su respuesta. Mi propuesta de hoy es muy modesta. Contar algunas anécdotas, señalar algunas situaciones que encienden mi alarma, procurar tímidamente un puente comunicativo para hacer grietas en los implícitos sociales y generar vínculos que no lesionen con su reiteración a ningunx de lxs participantes en ellos.

Cuando inicié la carrera de filosofía, un profesor llamado Adolfo Carpio me dijo: “¿qué hace usted acá, no sabe que las mujeres no pueden hacer filosofía? Tiene lindos ojos, aprenda repostería y búsquese un novio”. Me ubicaba así en una disyuntiva común a muchas mujeres profesionales: o carrera o familia. La filosofía era un sacerdocio que requería no ocuparse del trajín de la vida cotidiana, por eso era para varones, que como todo el mundo sabe vienen equipados con mujeres que se dedican a las tareas de reproducción y cuidado, entonces ellos no deben renunciar a nada que les corresponda para dedicarse a la vida contemplativa. Esta deliberación es objeto de muchas indagaciones feministas, de excelente nivel, que ponen eje en el quiebre subjetivo de las mujeres que deciden innovar. Como ejemplo diré que en una investigación sobre carreras científicas de varones y mujeres, encontramos como dato significativo que el 25% de los investigadores superiores del Conicet eran solteros (su carrera era un sacerdocio) pero esa cifra trepaba al 75% en las mujeres, además de tener muchas menos oportunidades de llegar a la cima.

Muchos años después, ya doctorada y con el permanente esfuerzo de equilibrar familia y trabajo, ocupo la cátedra que fue de Carpio. Últimamente he pensado si no será un gozo enfermizo estar en este lugar, si fue una aspiración verdadera o movida por el desafío y la revancha. Y eso me lleva a reflexionar sobre los deseos de las mujeres y su concepto de éxito. Tenemos paradigmas que producen indicadores precisos de lo que la sociedad reconoce como éxito personal y profesional, y el costo subjetivo de esos indicadores para las mujeres es doble: si acompañan a un varón exitoso, es posible que tengan a su cargo la parte menos glamorosa de ese éxito vicario; si ellas mismas lo son, es posible que alcanzada la meta no encuentren la felicidad prometida sino una incomprensible insatisfacción. Para las innovadoras, que decidimos desafiar la dicotomía conciliando familia y profesión, la culpa de no alcanzar el ideal de perfección en ninguno de los roles (que obviamente requieren la renuncia al otro) es permanente.

Asi las cosas, claro, no estamos para chistes. Sin embargo ¡nos hacen chistes! Cuando me recibí, el profesor Eduardo Rabossi me felicitó haciéndome el extraño homenaje de contarme un chiste, precisamente este: Un hombre decide contratar una prostituta. Va a su departamento y encuentra que entre los previsibles adornos sugerentes había una pequeña biblioteca. Se acerca curioso y ve en ella libros de Kant, de Hegel, de Wittgenstein… Toma uno de ellos y ve que está subrayado y con acotaciones manuscritas. Le pregunta de quién son esos libros y la prostituta contesta que son de ella, que es filósofa. El hombre, extrañado, le pregunta cómo siendo filósofa trabaja de prostituta, y ella le contesta: “tuve suerte”. Fin del chiste. No me reí. Quedé como una amarga con mi profesor de derechos humanos.

Una brillante alumna mía, muy linda, terminó su carrera y no logró una beca o una plaza docente para comenzar a trabajar. Terminó de mesera en un restaurante muy caro de Puerto Madero, en plena era menemista, al que concurrían políticos y empresarios favorecidos por el gobierno (dicho sea de paso, algunos siguen concurriendo y siguen siendo favorecidos, pero ese es otro tema). Uno de los clientes en particular era muy pesado, con comentarios subidos de tono sobre su aspecto físico dichos a los gritos y festejados por sus contertulios. Un día mi alumna decidió contestarle con una frase de Nietszche. El diputado, sorprendido, le preguntó de dónde había sacado eso y ella le dijo que era filósofa. La pregunta fue inmediata: “¿y qué hacés trabajando aquí?”, y la respuesta de ella también: “esta es la Argentina en la que vivo, yo soy mesera y usted es diputado”. Los contertulios festejaron el chiste, el político no se rió, ella sintió una satisfacción interior que duró poco porque ese mismo día la echaron de su trabajo por hacer comentarios indecorosos a los clientes.

¿Podemos reaccionar a la violencia de los chistes y los comentarios que nos ponen como objeto pasivo de frases soeces bajo la pretensión de ser piropos, cuando todo el sistema opera contra nuestra vivencia de esas situaciones? La observación rompe un código, a veces violentamente, y entonces pasamos de víctimas a victimarias. A veces ni siquiera tenemos la oportunidad de intervenir, porque la frase se refiere a nosotras pero se pronuncia entre machos en un intercambio que nos excluye y que tiene que ver con el derecho de propiedad. Porque como decía Locke en “Dos Tratados sobre el Gobierno”, para justificar filosóficamente la necesidad del pacto social que dio origen al Estado Liberal Moderno, la violencia entre los seres humanos es consecuencia de la lucha por la propiedad; y hay dos cosas que producen el máximo conflicto entre los seres humanos: la propiedad de la tierra y la propiedad de las mujeres. El pacto social, precedido del pacto sexual, reguló ambas propiedades dando origen a la familia nuclear y garantizando así la legitimidad de la progenie para cuidar la herencia en la acumulación de capital.

Los ambientes ilustrados no están libres de estos métodos disciplinadores del lugar de las mujeres. Cuando finalizaba la dictadura, comenzamos en la UBA un movimiento de estudiantes y graduados que permitiera recuperar las autoridades legítimas una vez alcanzada la democracia. Se creó así una Asociación de Graduados que hizo su primera elección. Los candidatos a presidirla éramos Silvio Maresca, un filósofo muy ligado a la política del peronismo , y yo, una pichi. Inesperadamente gané esa elección, y entonces Silvio le dijo a mi marido, también graduado en filosofía: “te felicito, ahora tenés una mujer pública”. No me lo dijo a mí, se lo dijo a él, que recibió así la advertencia de que un hombre que deja que su mujer circule por los espacios de poder de la política debe aceptar que reciba el calificativo con el que se describe a una prostituta: una mujer pública, una mujer de la calle, una mujer que no es de su casa y por eso ha renunciado a ser de un hombre para estar disponible para cualquier hombre.

Y así seguramente se lo enseñan a los hombres. Los cuerpos que circulan en la calle son cuerpos disponibles, y si no dan señales inequívocas de recato son cuerpos abordables sin permiso por el solo hecho de estar allí. Abordables físicamente y simbólicamente, con manoseos o con pretendidos piropos que nos ponen en situación de presa y a ellos en situación de dominio.

Salgo de mi casa un día de lluvia para un acto protocolar a la mañana, vestida con más cuidado que de costumbre. En la vereda hay un hombre acostado sobre unos cartones, totalmente borracho, harapiento que daba pena, y cuando paso me dice: “te haría cualquier cosa”. Ese hombre que no podia ni siquiera ponerse en pie, abandonado de todo, no había perdido sin embargo su poder patriarcal sobre mí, su poder de incomodarme y ubicarme en una situación pasiva que sólo podía ser respondida de modo desagradable o cambiando el código. Otras veces lo he hecho, ante ese habitual comentario “decime qué querés que te haga, mamita” pararme, mirarlo y decir: “recordame el teorema de Göedel”, o “recitame la Odisea en griego”. La respuesta produce pavor, la mirada del piropeador se llena de espanto: la violenta soy yo.

Los comentarios sobre nuestro aspecto físico nos desvían de nuestro lugar de interlocutoras a objeto. Incluso cuando pretenden ser amables nos están sacando de la relevancia del argumento para poner de relevancia nuestro cuerpo sexuado. A veces la violencia es más explícita, y cuesta menos verla. En una manifestación docente donde hay represión policial encuentro a un diputado kirchnerista con sus asesores. Me pregunta con ironía qué hago allí, y yo le digo qué hace él que no está procurando que su gobierno no reprima la protesta social. El, molesto y bajando un poco la mirada de mi cara me dice “¿por qué te pusiste ese escote?”, sus compañeros se ríen, yo le repregunto “¿qué te pasa, extrañás a tu mamá?”, sus compañeros se ríen más. La violenta soy yo que lo pongo en ridículo ante sus subordinados.

Otras veces el comentario es menos burdo, y simplemente nos retrae del lugar donde nos habíamos instalado. En una sesión legislativa salgo de mi banca y me acerco a un diputado del hemiciclo opuesto para reprocharle uno de los mil modos de mala praxis legislativa que acostumbran. Mientras le estoy diciendo que faltó a su palabra me interrumpe: “ahora que te veo de cerca, qué lindos ojos tenés”. ¿Tengo que alegrarme, sentirme orgullosa de algo en lo que no tengo ningún mérito, cambiar mi enojo por un agradecimiento a su observación gentil? Opto por reprocharle doblemente su falta de palabra y el comentario desubicado y quedo como una amarga. La víctima es él: dijo algo agradable y se encontró con mi respuesta destemplada.

La filósofa mexicana Graciela Hierro, especialista en ética feminista, nos advertía sobre estos modos que toma el patriarcado para imponerse a los que llamaba “el trato galante”. Socialmente aparecen como un signo de caballerosidad, pero nos ubican en un papel de debilidad, de objeto de tutela, de incapacidad, de pasividad superlativa. Los usos sociales están llenos de mandatos que los varones pueden tomar como lo que se espera de ellos, y muchas mujeres como signos de protección masculina.

Mañana se cumplen 60 años del voto femenino. Quizás sea oportuno recordar que hasta ese momento el código civil nos ponía con los incapaces, los presos, los dementes y los proxenetas para fundamentar nuestras ineptitudes para la política. Cuando luego de muchos años de lucha del socialismo feminista, y por expresa voluntad de Eva Perón, la ley de sufragio femenino finalmente llega a un recinto formado exclusivamente por varones, los argumentos en contra cubrieron  todo el arco: desde señalar la natural incapacidad de las mujeres para la vida pública, a decir que íbamos a votar lo que nos dijera el cura y la iglesia iba a aumentar así su poder político, o ensalzar las más altas virtudes femeninas que nos destinan a la excelsa tarea divina de cuidar a nuestras crías (lo que lógicamente está reñido con la disputa electoral), o describir la política como un pantano donde no debería posarse el delicado pie que cual pétalo de rosa sostiene nuestra gracia, y como último recurso generar pánico recordando que nos volvemos locas una vez por mes y así existía la alta probabilidad de que en ese estado de enajenación temporal una cuarta parte de nosotras esté a la vez menstruando y decidiendo los destinos de la patria.

Para esos patriarcas de la democracia, que ya contaba con una “ley del voto universal y obligatorio” que no sólo nos excluía del universal sino que no registraba siquiera la exclusión, eso éramos las mujeres. Ellos sí tenían una respuesta, no como Freud que nos dejó esperando.

Procurando hacer un ejercicio de empatía, comprender cuál es la reacción de quien tiene esta visión de las mujeres ante los avances que el feminismo nos ha procurado en tantos órdenes de la vida, pienso que hay una percepción de cierta masculinidad de estar en retroceso. Una vivencia del poder sustancial y del territorio que torna amenazante el ingreso de las mujeres a las instituciones y a la vida pública, todavía ahora. La pérdida del monopolio de la palabra no alcanza para abrir el diálogo. El diálogo tiene condiciones lógicas, semánticas, éticas y políticas, no se trata de hablar por turno y menos aún de arrebatar el micrófono. ¡Y ni hablar si se usan dos micrófonos, como hace la presidenta desde el atril!

Eso es lo que llamo “el síndrome del macho acorralado”, que es victimario violento y a la vez víctima, que me desvela cuando pienso en las formas de lograr una sociedad incluyente de verdad, y que me inspira para decir toda vez que puedo a modo de letanía pedagógica que “cuando una mujer avanza, ningún hombre retrocede”.


 

Gracias, Brigada Feminista

By | Desastres Naturales, Noticias, Sexismo, Sororidades | No Comments
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El pasado 19 de septiembre, apenas unas horas después del simulacro que año con año se realiza en conmemoración del terremoto de la misma fecha pero de hace 32 años, otro sucedió, intempestivo e inesperado.

El recuerdo de 1985 a muchos les cayó encima como balde de agua helada, a otros, esas narraciones de quienes lo vivieron dejaron de ser escenarios imaginarios para volverse comprensibles. El miedo y la angustia hicieron presencia; la incomunicación por la falta de energía eléctrica sumada a la saturación en los proveedores de telecomunicaciones donde no había línea de voz ni de datos, hacían que creciera.

De inmediato, las mayoría de las personas se alistaron para ver en qué podían ayudar y las brigadas empezaron a emerger. La brigada feminista estaba organizándose: la convocatoria, la colecta de fondos y la comunicación sobre los hechos en diversos puntos empezaron a surgir. Cuando se conoce que uno de los inmuebles dañados alojaba una fábrica textil donde muchas mujeres podrían estar entre los escombros, acudieron a brindar apoyo. Ahí, en el lugar, a pesar de que al inicio las actividades fueron estereotipadas por los voluntarios presentes, con el transcurrir del tiempo, las compañeras de la brigada empezaron a lograr espacios para que mas mujeres se sumaran a la ayuda, mas allá de preparar alimentos y llevarles bebidas a los voluntarios. Fueron las primeras en exigir la nómina para tener una lista de las víctimas y nunca fue entregada. Pese a ello, la organización empezó a fluir.

Acudí a varios inmuebles afectados llevando insumos diversos, en Chimalpopoca en específico entregué diesel. Ahí notaba que era uno de los lugares mejor organizados, había dos cercos para acceder hacia donde estaban los trabajos de rescate y nadie podía pasar a trabajar sin equipo de seguridad ni nadie salía con el equipo puesto.

El 22 de septiembre la suma de la desconfianza en las instituciones y la fallida comunicación con el exterior, generó que se crearan fricciones y enfrentamientos en el lugar entre voluntarios y la brigada con los policías ya que alrededor de las 5:30 pm, se decidió que ingresara maquinaria pesada para la remoción de escombros. La decisión fue tomada por sorpresa, casi todas esperábamos que hubiera vida debajo de esas piedras, sin embargo, tanto los binomios caninos presentes, así como rescatistas extranjeros y las abogadas y defensores de DDHH, coincidieron en que ya no había señales de vida. Los granaderos llegaron al lugar y durante la revuelta provocada, militares entraron y decomisaron todo el equipo de rescate donado. La furia colectiva, apareció de nuevo.

Esta acción que se percibió como injusta y atropellada, generó que se dispersara el rumor de un supuesto sótano que no había sido revisado y casi en la madrugada ya del 23 de septiembre, otra fracción de la brigada feminista, acudió al lugar con equipo y voluntarios que acordonaron con valla humana. No hubo tal sótano. La esperanza se esfumó y las actividades de rescate habían terminado.

Foto: Agencia de Noticias Xinhua

Durante el 23 se organizó y convocó a través de redes sociales a preparar un Memorial en el lugar programado para el 24 al mediodía. Este evento sirvió para dejar de nuevo en manifiesto, las condiciones laborales desfavorables de las trabajadoras y demás irregularidades con sus situaciones migratorias: No existe un registro de identidad o prestaciones hacia ellas, apenas una muy breve lista de posibles nombres y un silencio de parte de vecinos y la sorprendente ausencia de familiares reclamando cuerpos.

La participación de esta brigada, fue mas allá de cargar piedras, proporcionar alimentos y bebidas o asistir en labores de organización del lugar. Su mas grande logro fue la visibilización de la corrupción e impunidad en la que operaba dicha fábrica textil sin registro y con un dueño desaparecido.

Gracias por tanto, gracias por todo.

A Sergio Zurita le molestan las mujeres o de cómo la ignorancia es atrevida

By | Análisis, Autodefensa, Cultura de la violación, Feminismo, Medios, Redes Sociales, Sexismo | No Comments
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Una queja constante de un gran segmento de la población contemporánea, más o menos ilustrada y más o menos con preocupaciones intelectuales/sociales/políticas, es el advenimiento de la muy temida “corrección política”. Como con muchas cosas a lo largo de la historia, y como con muchas ideas y movimientos, la llamada “corrección política” suele ser fuente de enojo y de temor por parte de individuos que ven una amenaza directa a sus circunstancias de vida, incluso si tales circunstancias no le favorecen en realidad. Además, esta molestia es profundamente flexible: mientras en un país como los Estados Unidos, con una población migrante que está a punto de ser mayoría, la queja de quienes ostentan un número de privilegios sociales, educativos, raciales y de identidad sexual contra la corrección política es que les impide usar un vocabulario que anteriormente les permitía referirse a las minorías con una serie de epítetos en contra de los cuales no protestaba nadie, porque no había suficientes voces en contra de tales prácticas, y porque ninguna queja, si la hubiera, tenía suficiente autoridad para imponerse. Pero que en México no haya una población tan diversa en lo racial como la hay más al norte, no quiere decir que haya menos personas que se lamenten de la imposición de la “corrección política” y las aparentes limitantes que le impone en la vida. Por ejemplo, “ya no” le permiten al individuo heterosexual, mestizo, con cierto poder adquisitivo, burlarse abiertamente del indígena, del homosexual, del pobre. Y aparentemente, esta “prohibición”, lejos de ser una cuestión de la más elemental cortesía o del más fundamental respeto, en realidad se trata de una imposición arbitraria, de una conspiración para acabar con su derecho a la disminución, la burla y la discriminación.

Pero hay otra arista en este prisma de persecución paranoica del individuo privilegiado: la que se refiere al profundo cambio social que, lenta pero indudablemente, se está gestando gracias al feminismo. Y en este sentido, abundan en México las voces que, cobijadas por la seguridad que otorga el privilegio, y bien entonadas por la valentía que otorga la ignorancia, decretan la muerte de la sociedad a manos de esas mujeres que se atreven a discordar, a protestar, a rebelarse, a no dejarse matar en silencio, a no dejarse abusar, ni controlar. Las mujeres, y especialmente las mujeres feministas, vamos a lograr acabar con el mundo antes de que los estragos del cambio climático lo hagan, o eso pareciera que temen todos aquellos pobres infelices que, temblando por el cambio que se gesta ante sus propios ojos, lanzan un grito desesperado para volver al status quo, a las buenas costumbres, a ese pasado idílico cuando las mujeres sabíamos cuál era nuestro lugar y lo aceptábamos serenamente.

Un muy nefasto ejemplo de estas actitudes se puede encontrar en el programa radiofónico “Dispara, Margot, dispara”  en la emisión del 7 de septiembre del año en curso, en el que Sergio Zurita, uno de los conductores, emite una serie de juicios, de tono burlón y profundamente ofensivo, en contra, inicialmente, de “cierto tipo” de mujeres, para seguirse en contra de todas, porque claro, las mujeres somos un colectivo uniforme, que nos comportamos y movemos en grupo, y que tenemos la misma intención detrás de nuestras acciones. El asunto que trae a colación las “quejas” del locutor es una imagen que se hizo viral en días pasados, la del cartel pegado afuera de una escuela, presumiblemente pública, que pide a las madres de familia que conserven “el decoro” en la vestimenta a la hora de recoger a sus hijos a la salida. Firmada cobardemente por “sus hijos”, el cartel en cuestión suplica “atentamente” a las madres se abstengan de vestir en shorts, faldas cortas, camisetas de tirantes y otras prendas reveladoras, pues además de que provocarán que los compañeros se burlen de sus hijos, se pueden hacer acreedoras a que se les falte al respeto. Porque como sabemos, el respeto no es un valor que un individuo otorgue a los demás en virtud de su simple existencia: no, el respeto, y sobre todo hacia las mujeres, es un premio al cual una se hace acreedora sólo si pasa las pruebas que los demás le ponen.

En una lección magistral de cómo empeorar una profunda muestra de sexismo y discriminación, y de cómo el hecho de ser hombre y no conocer del feminismo ni su definición en el diccionario más básico,  Zurita se queja de que las mujeres estamos a punto de declarar que es nuestro derecho dispararle en la cara a quien nos de la gana. Claro, siempre se podrá argumentar que es una exageración para demostrar un punto, pero incluso discutiéndolo, el punto que se pretende demostrar es una construcción muy pobre: que las mujeres nos atribuimos derechos que no nos corresponden. En una sociedad donde la violencia sexual contra las mujeres se ejerce casi sistemáticamente, donde el feminicidio se sigue cuestionando incluso frente a los siete asesinatos de mujeres al día, a Zurita le molesta que las mujeres nos salgamos del huacal y nos atribuyamos el derecho de matar a quien nos de la gana.

Y continua con su exposición de prejuicios y de ignorancia:

«Ya por ser mujeres creen que todo es su derecho, hasta vestirse como quieren»
«Eso no es feminismo, es estupidismo»
«Si tienen hijos su felicidad es lo más importante, y si van vestidas como pirujas, ellos sufren»
«Quieren ir vestidas como golfas y los niños de sexto ya traen las pilas bien puestas, obvio les van a decir cosas»
«o las van a insultar por guangas o por verse como pirujas»

Ahora bien: siendo México, por lo menos en el nombre, una democracia, es verdad que, dentro de ciertos parámetros legales, un individuo puede decir en público lo que le de la gana. Y en lo privado, puede pensar lo que quiera y también expresarlo. Pero cuando quien se ostenta como comunicador emite un mensaje que normaliza la violencia sexual, que degrada a una parte de la población, y que muestra con tanta claridad su enorme desconocimiento de un tema que pretende conocer (el feminismo), cabe preguntarse si está ejerciendo su profesión con la responsabilidad que amerita. Porque el señor Zurita puede opinar lo que quiera, pero su opinión no va a cambiar el derecho de las mujeres, y de todos los individuos para el caso, a vestirse como les de la gana, y a esperar que se respete la mínima garantía social de que se respete su decisión.

Pienso, luego tengo derechos (2)

By | Autocuidado, Conversemos, Sexismo | No Comments
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En la columna pasada, mencionaba el desprecio que la actividad intelectual parece generar en algunos grupos sociales. Hay muchos matices a este desprecio, por ejemplo, el resentimiento y la desconfianza que generan las llamada élites intelectuales entre grupos de población cuyo acceso a la educación no está garantizado, ya sea por escasez de planteles escolares, ya por falta de recursos. Ese es un aspecto del desprecio por ciertos comportamientos que se asocian con “lo intelectual” que es innegable y que tiene unas características y causas bien definidas. Pero el problema en el que quiero centrarme se parece en mucho al primero, pero tiene, como mencioné anteriormente, otros aspectos. No se trata de condenar a quien piensa, pues con todo, la ignorancia sigue sin considerarse del todo un valor. Se trata de normar “qué tanto” o en qué manera piensan las mujeres. Y se trata de que las mujeres no piensen demasiado, principalmente porque va en detrimento de una supuesta condición natural: la de ser sentimental. En su novela autobiográfica Rito de iniciación, Rosario Castellanos rememora un momento de su adolescencia, en el que empieza a darse cuenta de que la misma característica que le ganó la simpatía entre sus familiares: el ser inteligente, articulada, “sabidilla”, al llegar a la adolescencia provoca que seres queridos y amistades escolares la rechacen, la critiquen, se alejen de ella. Aunque se trata de una experiencia obviamente personal, no deja de ser llamativo cómo el fenómeno se reproduce hasta nuestros días. A menudo, quien piensa demasiado puede resultar insolente, insoportable. Y también, aparentemente, deshumanizado.

Es aparentemente inocuo, o de plano profundamente inútil, discutir el daño resultante de mantener una cierta forma de pensamiento mágico cuando este no impide que la persona se desarrolle de manera funcional en la sociedad. Pero, como en todas las suposiciones sociales que se dan por sentado, y que tienden a establecer el marco normativo tácito dentro del cual se espera que ciertos individuos se comporten, achacar esta supuesta naturaleza marcadamente sentimental al género femenino constituye una tremenda desventaja no sólo para las mujeres, sino también para los hombres. Si unas tienen que luchar contra el estigma de sabihondas a lo largo del tiempo, a otros se les restringe justamente ese aspecto emocional y sentimental, relacionado con “sentir en vez de pensar”, lo que genera un serio desequilibrio psíquico. Mutilar sentimentalmente a los hombres es una más de las manifestaciones de la masculinidad tóxica cuyos daños se padecen no sólo entre mujeres, también entre los hombres. Suprimir, o por lo menos intentarlo, la compleja red de sentimientos que nos motivan en aras de una pretendida estoicidad mental, en realidad es muy poco inteligente. A menudo se malinterpreta el origen detrás de acciones tan inocentes como evidenciar de manera física el cariño entre los niños, por ejemplo, y especialmente si es hacia otro miembro del sexo masculino. La hombría es fría, seca, contenida: el agrado, el afecto, la solidaridad, no deben nunca dejarse ver, y mucho menos su prima fea, la debilidad, la tristeza, el descontento.

Como mencioné en un texto anterior, el impacto del deterioro de la salud mental de los hombres en los últimos años es un problema al cual no se le ha brindado todavía la atención que merece. Reprimir los sentimientos puede desencadenar serios problemas de salud mental. Del mismo modo, reprimir la curiosidad natural y su ejercicio intelectual degrada sistemáticamente a las personas. Y ninguna de esas actitudes debería definir a las personas y su género: todos somos por igual complejamente inteligentes y complejamente sentimentales.

Pienso, luego tengo derechos (1)

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Hace ya varios años, mantuve, o creía que estaba manteniendo, una conversación con alguien. Argumentábamos sobre las formas en que “el feminismo” ha sido representado en los medios de comunicación en México. Como un par de días antes leí un artículo muy interesante sobre la ‘designación’, allá por los años 20 del siglo pasado, del 10 de mayo como el día “oficial” de las madres y cómo, por lo menos en México, esta efeméride se inventó para contrarrestar el impulso que estaba teniendo el entonces todavía novedoso feminismo, consideré pertinente mencionar la lectura y relacionarla con casos específicos en los que la representación de las mujeres ‘feministas’ en el cine y la televisión se usaban como una forma de comedia, como una “moraleja” sentimental, como una lección “moral”. Como respuesta obtuve lo siguiente: “te encanta el rollo”, una frase que me dejó tan completamente perpleja, pero principalmente, tan decepcionada de mi interlocutor, que sólo alcancé a responder “es un resultado de mi formación académica”. Y lo es, honestamente. Y sigue siendo, para mí, profundamente revelador que una persona que aspiraba a estudiar Literatura usara un recurso tan pedestre, tan aparentemente inocente, con el claro y transparente fin de concluir una conversación que no le estaba gustando.

Desafortunadamente, no es la primera vez que se me acusa de ‘gustarme el rollo’, o de ‘pensar demasiado’ o de ‘cerebral’. Y todavía peor, no soy la única mujer a quien se le achaca ‘pensar demasiado’ como un vicio de carácter y no cómo un hábito intelectual o académico. Lo digo porque sí hay una circunstancia en la que ‘pensar demasiado’ es contraproducente, y se trata del momento en que nos impide hacer cosas que podrían beneficiarnos, pero el miedo (que es la motivación detrás de considerar tantas posibilidades y dedicarle tanto espacio neuronal al asunto) nos detiene. La razón detrás de este desprecio por la mujer que piensa es, como muchas otras cosas en el mundo, la suposición de que hay un código de comportamiento femenino y uno masculino, y que los individuos deberían mantenerse dentro de esos márgenes para que el mundo siga funcionando. Así, lo que se contrapone a “pensar”, cuando se trata de una mujer, no es necesariamente “actuar”, sino “sentir”. Porque esta visión del mundo no requiere tampoco que la mujer “haga” mucho, sino que “sienta” mucho. Y todo esto que siente, a su vez, es la piedra angular de su construcción social: la mujer que siente es comprensiva, cariñosa, maternal, etérea. Claro, podría parecer que quiero ver la realidad a través de mi experiencia y no sólo eso: a través de un momento en particular. Pero para desengañarse, basta con asomarse a ciertas corrientes de pensamiento que podrían considerarse new age… si no fuera porque repiten como novedoso un prejuicio tan antiguo como el menosprecio por las mujeres.

Hay muchísimas personas informadas, con diversos niveles de educación formal, que están convencidas de una de las variantes del pensamiento mágico que propone que la verdadera esencia de lo femenino es obligatoriamente pasivo y “espiritual”. Con la mejor de las intenciones (aparentemente) en su mente, consideran que es un status quo que se va borrando y que, por consiguiente, genera los conflictos de violencias, en sus distintas formas, hacia las mujeres. Si las mujeres le hiciéramos más caso al corazón y menos a la cabeza, estaríamos en paz. Recuerdo la certeza con que una conocida me dijo alguna vez “bueno, es que los hombres siempre son más de pensar y nosotras de sentir, ¿no?”. No: pensar, en todas sus formas, lo mismo como un hábito que como un ejercicio casual, es una actividad que debería practicarse ante todo momento de decisión, e incluso si no se está ante una disyuntiva. Pensar no carece de humanidad, todo lo contrario, es nuestra capacidad de pensamiento una de las principales características de la especie. Y no está restringida a un solo sexo. (Continua la próxima semana)

Suicidio y masculinidad tóxica

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Antes que nada, tengo que decir que no tengo ninguna formación profesional en el ámbito de lo psicológico. Sin embargo, no es necesario saber de los procesos de la mente y las emociones para notar lo susceptibles que somos ante sus múltiples desajustes.

Hace unos días el cantante de un grupo famoso de música de rock se suicidó. Desafortunadamente, no es el primero ni será el último. Mucho puede discutirse sobre si tenía una causa o una razón para suicidarse, y aunque haya miles de personas que pongan en duda la validez de sus acciones, o la justificación de su decisión, incluso su pertinencia, es incuestionable que el peso de experiencias pasadas llegó a un punto avasallador, imposibilitándole toda esperanza en el futuro. Lamentablemente, somos una sociedad que cuestiona la fortaleza de los individuos y su ‘temple’ cuando se quiebran ante condiciones síquicas y emocionales que, aunque comunes, no son universales necesariamente. En este caso especial, el joven había sido víctima de abuso sexual durante la infancia, y aunque una vez adulto encontró un canal para ventilar toda la situación y sus ramificaciones en su vida y en sus sentimientos, mientras sucedía el abuso e inmediatamente después, optó por el silencio, cobijado por su familia. Esta es, tristemente, una situación demasiado común. El abuso sexual infantil es un problema mucho mayor y mucho más añejo de lo que parece. Millones de personas lo han padecido a lo largo de la historia, y sin embargo, poco se ha venido haciendo para prevenirlo, y desde muy recientemente.

Pero hay un detalle importante que cabe acotar en esta problemática y su impacto social: la enorme diferencia que se establece cuando se habla de víctimas del sexo femenino y del sexo masculino. Y estas diferencias están enraizadas en conceptos profundamente sexistas, cuyas consecuencias son innegablemente devastadoras no sólo para las víctimas, sino para toda la sociedad en tanto que afecta las relaciones que los sobrevivientes del abuso establecen con otras personas a lo largo de su vida.

“Los chicos no lloran” es una expresión y, desafortunadamente, un sentimiento demasiado común. La idea tóxica de la masculinidad como una columna de piedra impenetrable, resistente a todos los embates de la vida, en realidad es una construcción social imposible y extremadamente dañina.

Es verdad que el estigma del abuso sexual infantil se trata de evitar a toda costa, independientemente del género, pero es también verdad que una enorme mayoría está más dispuesta a recibir con compasión y con entendimiento a una sobreviviente que pertenezca al género femenino que a uno del masculino. Y es que, en el imaginario colectivo, una víctima de violencia sexual infantil es débil y desprotegida, y un niño está en una especie de entrenamiento permanente para no caber en ninguna de esas descripciones. Además, en el orden “normal” de las relaciones, el sexo es algo que “se le hace” a una mujer, pero no a un hombre. Puede parecer tremendamente descabellado hablar así de una relación sexual, pero para acallar dicha incredulidad, me gustaría remitirme a un ejemplo clarísimo en la cultura mexicana: consúltese la parte correspondiente a Los hijos de la Chingada en El Laberinto de la Soledad, de Octavio Paz. A pocas personas les queda claro que la violencia sexual no es una cuestión de deseo, sino de poder, y por consiguiente, el entendimiento que debería extenderse hacia los sobrevivientes suele estar manchado por el prejuicio de qué tanto la persona lo permitió o, en casos tristemente enfermizos, lo provocó.

Desde hace por lo menos cinco años, algunos especialistas han detectado una alarmante tendencia en las estadísticas: en ciertas sociedades, especialmente las más ‘desarrolladas’, la tasa de suicidio masculino es mucho mayor que la de los suicidios de mujeres, y aunque muchas personas tratan de desestimar las causas de esta tendencia, es evidente (para quienes estamos en la disposición de reconocerlo) que tiene sus orígenes en la fractura que sucede entre lo que se espera de los hombres y su comportamiento y lugar en la sociedad, y lo que sucede en la realidad. Ese muro insondable detrás del cual se espera que se escondan no es tal, y no es sano. Cuando a un individuo se le niega la posibilidad de expresar sus sentimientos en general, pero especialmente, cuando se le condiciona a reprimir las devastadoras consecuencias del abuso sexual en su comportamiento y en su desarrollo emocional y psíquico, cuando se le educa a “portarse como hombrecito”, en realidad no se está atendiendo el problema.

Nuestras sociedades sienten un profundo malestar con respecto a la salud mental y su importancia en la salud pública. La depresión a menudo suele confundirse con “enorme tristeza” y se quiere hacer ver como un estado pasajero del ánimo, y no como un malestar profundo y devastador para la vida de los individuos que la padecen. La ansiedad es otra de las “enfermedades del ánimo” que son incomprendidas y menospreciadas por muchas personas, y hay muchas otras condiciones de la mente humana que, para muchas personas, es mejor ignorar y pretender que se trata de una debilidad de carácter, incluso si esas personas están relacionadas directamente con alguna otra persona que las padezca. Pero además de la capa de incomprensión sobre la salud mental, está el enorme obstáculo de las expectativas de género que permean la forma en que debería comportarse un hombre y la forma en que debería comportarse una mujer. Mientras no se atienda el cada vez más evidente impacto que la concepción machista de los géneros tiene en la salud mental de los individuos, la tendencia al suicidio, entre muchas otras formas de lidiar con estos desajustes, seguirá creciendo.