“Soldados caídos”, derechos y privilegios

Escrito por 7 mayo, 2018Análisis
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El pasado lunes 23 de abril, un hombre de 25 años rentó una camioneta tipo van y se subió a la banqueta en la zona norte de la ciudad de Toronto, con la intención de atropellar a todos y todo lo que se cruzó por su camino. Sus acciones resultaron en 10 personas muertas y 15 heridas, algunas de gravedad. Siendo Toronto una de las ciudades más incluyentes del mundo, cuyas autoridades se enorgullecen en mantener un ambiente (y también, por qué no decirlo, una imagen) de convivencia social pacífica en la que hay cabida para todos y con un nivel de vida alto, hubo mucho cuidado en no saltar a la lógica conclusión del terrorismo como motivo del ataque.

En realidad, el sujeto estaba, según información que él mismo compartió en redes sociales antes de sus acciones, profundamente enojado por el constante rechazo del que era objeto por parte de las mujeres. Se considera a sí mismo un ‘guerrero’ ‘InCel’ (término que deriva de las palabras en inglés Involuntary Celibate, célibe involuntario) y pretendía que su ataque iniciara una rebelión en la cual los sujetos como él (esa horda de pobres ‘Hombres Buenos’ rechazados e incomprendidos, que tienden a formar grupos en internet y redes sociales) reclamarían su derecho a tener mujeres. Sí: hasta en una de las ciudades más liberales y diversas del mundo, la masculinidad tóxica encuentra formas de ejercer violencia para reivindicar lo que algunos individuos, invariablemente hombres, consideran que es un derecho que les corresponde y que la sociedad les niega.

 

 

Aunque en países hispanoparlantes el fenómeno podría parecer completamente inédito, pues no hay memoria colectiva de actividades violentas realizadas de manera similar, el origen del problema no es enteramente extraño, incluso se puede establecer una cierta relación con todos los videos e imágenes que circulan en redes en las que algún joven es rechazado, siempre por una mujer, después de una declaración amorosa o matrimonial, generalmente hecha en público. Claro, la ‘estrategia’ parece brillante: si se agrega la presión social, pues a la mujer no le queda más que aceptar, para no quedar en ridículo. Pero no siempre resulta ser así (de ahí que las imágenes y videos se vuelvan tan populares), el protagonista queda humillado y de inmediato recibe el status de ‘soldado caído’: porque claro, iniciar una relación amorosa, o contraer matrimonio, es equivalente a una guerra. Desde luego, esta ‘soltería involuntaria’ no es exclusiva de los países angloparlantes, aunque la especificidad con que se nombran a sí mismos, sí. Y aunque el fácil acceso a armas de fuego facilite los episodios de violencia en Estados Unidos, el discurso misógino y ultra violento que sustenta a los grupos de ‘InCels’ no es exclusivo de ese país.

Desde luego, los individuos que se identifican a sí mismos como InCels son poco afectos a la introspección: no se les ocurre, ni por error, que haya algo en su carácter, o en las expectativas que construyen sobre las mujeres y sus relaciones con ellas, que les dificulte encontrar lo que aparentemente están buscando, con el resultado de encontrarse cada vez más y más aislados. Además, parte de esta búsqueda implica necesariamente que la mujer que los ‘satisfaga’ tiene que ajustarse a sus preferencias físicas. Ninguna mujer que se salga de la convención estética a la que se adscriben merece siquiera consideración en sus demandas. 

El individuo en Toronto trató de cometer lo que llaman “suicidio por policía”, es decir, amenazar y provocar hasta que algún policía pierda el control y le dispare. Si lo hubiera logrado, se habría sumado a la larga lista de patanes privilegiados que se han vuelto mártires en los foros misóginos que culpan a las mujeres, y en especial a las feministas, de su comportamiento patético y de su ‘soledad’. Y tiene muy poco o nada que ver con salud mental: hay millones de personas genuinamente enfermas que no descargan su ira en desconocidos. Lo he dicho antes: en el fondo de los ataques violentos perpetrados por individuos sin relación con grupos terroristas, a menudo subyace un serio problema de masculinidad tóxica. Son hombres que juegan un juego social impuesto por otros hombres, y que cuando pierden culpan a las mujeres, o a los homosexuales, o a los migrantes, o a las minorías que les ‘arrebatan’ lo que creían que les pertenecía por derecho.

Sobre este atentado específico se ha escrito copiosamente desde que se dio a conocer la motivación del autor. Pero sobre las agrupaciones de InCels se ha venido escribiendo desde antes, pues no es la primera vez que alguno de sus miembros lleva a cabo un ataque. En 2014 Elliot Rodger protagonizó un episodio parecido, asesinando a seis personas después de dar a conocer un manifiesto en el cual exponía su desprecio por las mujeres, tanto las que lo rechazaron, como las que podrían haberlo rechazado en el futuro. Dado que Rodger falleció en el evento, es ‘reconocido’ como un mártir de la causa misógina, y por poner en el mapa a toda una comunidad que ve en la violencia una forma legítima de hacerse notar.

Michel Torres

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